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COLUMNA

Un adiós

Rafael Chirbes era el que tuvo desde el principio una vocación más recta, una presencia literaria y personal más invariable

El escritor Rafael Chirbes, en su estudio de Beniarbeig (Alicante) en 2008.
El escritor Rafael Chirbes, en su estudio de Beniarbeig (Alicante) en 2008.

Hay estupor y tristeza al enterarse en una tarde de sábado silencioso de agosto que acaba de morir Rafael Chirbes. A uno le cuesta todavía pensar que la muerte pueda llevarse así a personas que conoce y que son más o menos de su edad, a las que ha visto hacerse al mismo tiempo que se hacía uno, dedicarse al mismo oficio, ir escribiendo libros a lo largo de los años. De todos los que empezábamos a publicar novelas hacia finales de los ochenta, Rafael Chirbes era el que tuvo desde el principio una vocación más recta, una presencia literaria y personal más invariable. Otros tanteábamos posibilidades narrativas diversas, incluso a veces impostábamos la voz, llevados por un impulso de búsqueda que podía estar contaminado por la moda, por los aires de época. Rafael Chirbes, desde que irrumpió con Mimoun, adoptó una manera de escribir y de estar en el mundo que resaltaba doblemente por su integridad y su discreción. La memoria literaria es tan corta en España como la política, de modo que no hay nada más fácil que inventarse pasados a la medida de las conveniencias del presente. Por eso habrá que recordar que el Rafael Chirbes que tuvo tanto y tan merecido éxito con las novelas testimoniales de los últimos años venía ejercitando las mismas convicciones estétivas desde unos tiempos, no tan lejanos, en los que podían provocar indiferencia y hasta desdén.

No me refiero solo al filo de denuncia social de sus novelas, sino a una concepción completa de la literatura. Chirbes tenía, desde el principio, una idea de la novela como narración honda de la vida humana enraizada en su tiempo: No un juego postmoderno de broma ingeniosa o autoindulgencia narcisista, pero tampoco reportaje ni crónica, sino construcción soberana hecha de estilo y de habla, empeñada en contar lo que quizás sabe contar mejor la novela, el modo en que las vidas y las conciencias se hacen en el tránsito de unos tiempos a otros, los lazos muchas veces ocultos que conectan el pasado y el presente. Ahora no se recuerda, pero la victoria del Partido Socialista en 1982 y sus largos años de gobierno propiciaron la celebración de un presente al parecer cegador de tan luminoso que volvía inapropiada cualquier mención del pasado. En los tiempos de la Expo de Sevilla y de la Olimpiada de Barcelona mirar atrás, políticamente o literariamente, o empeñarse en ver los filos sórdidos de la época, o su dosis de espectáculo y fantasmagoría, no estaba de moda. Tal vez por eso las novelas que publicaba entonces Rafael Chirbes tuvieron menos resonancia de la que merecían: a algunos críticos le parecían rancias, anticuadas, culpables de ese realismo al que enseguida llaman galdosiano.

Libro a libro, Chirbes construía un mundo, reconocible para muchos de nosotros, pero que él hizo, ejerciendo la potestad suprema del novelista, exclusivamente suyo. Sus límites no eran geográficos, sino temporales: el mundo de las novelas de Chirbes es el de los que fueron jóvenes al final de franquismo y participaron en la resistencia clandestina, y quedaron para siempre fijados en una escisión en el tiempo: hacia atrás alcanzaban el recuerdo de la pobreza y la persecución, testigos y herederos de la generación devastada por la derrota republicana en la Guerra Civil; hacia adelante, sus vidas se proyectaban en el choque entre lo deseado o esperado y lo vivido, entre la claudicación a la indignidad o al cinismo y la persistencia de las lealtades, su descrédito lento, vinculado al declive personal, al aprendizaje del paso del tiempo.

El único patrimonio de un novelista es su experiencia íntima y completa de la parte del mundo que el azar de su biografía le ha hecho accesible. Esa experiencia Rafael Chirbes la transmutó en personajes y en historias de una variedad, una hondura y una ambición que parecen más propias de otras épocas en las que la novela era la forma suprema de la expresión de lo real. Él mismo explicó con admirable precisión sus ideas sobre el oficio en dos libros excelentes de ensayos. La intensidad sintética de las primeras novelas se fue volviendo más abarcadora y expansiva con el paso de los años. La construcción y el estilo los cuidó tantos en sus novelas de cuatrocientas páginas como en las de cien. A su manera austera y algo áspera estoy seguro de que disfrutó de ese éxito que él no habría hecho nunca nada por cortejar.

En su trato había una ternura sobria que se parecía a la que se respira entre algunos personajes de sus novelas. De vez en cuando nos intercambiábamos cartas a la antigua, con sobre y sellos, manteniendo la costumbre de nuestros primeros años de lecturas mutuas y atentas. Llevaba tiempo sin verlo, y nos encontramos brevemente en la Feria del Libro de Madrid, el año pasado. Nos dimos un abrazo entre el barullo y el polvo. Nos despedimos quedando vagamente en vernos y ya no pudo ser. Quién imagina que un abrazo normal puede ser una despedida para siempre.

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