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El diluvio del amor

La lluvia impregna de épica la isla de Wight, uno de los festivales más populares, en el que Hendrix impartió su última lección

Luke Spiller, de The Struts, actúa entre el público en el festival de Wight en medio de la lluvia.
Luke Spiller, de The Struts, actúa entre el público en el festival de Wight en medio de la lluvia. wireimage

La recoleta y distinguida Isla de Wight, esa en la que un veinteañero McCartney ya soñaba con retirarse cuando escribió When I’m sixty-four, se transforma durante todo este fin de semana en un divertido reducto jipi (o en un gigantesco parque de atracciones, que también) con motivo de un festival de resonancias míticas en la historia del rock. Hace justo ahora 45 años que el trío del maestro Jimi Hendrix impartió aquí su última lección magistral, como se encargaron de recordar ayer por la tarde las decenas de miles de asistentes que portaban una careta con el rostro del fugaz pero imborrable genio londinense. Los herederos de aquellos melenudos contumaces ya no asustan a los afables pobladores de esta islita vacacional al sur de Gran Bretaña, pero los 65.000 asistentes a la inmensa pradera de Newport hubieron de hacer frente a un pertinaz sirimiri que derivó en aguacero monumental para aderezar el rock adolescente de You Me At Six y el psicodélico de The Black Keys. A falta del verano del amor, y puesto que el astro rey, por mucho que se avecine el solsticio, es reacio a estas latitudes, la chavalería se sometió a un amoroso diluvio generosamente salpicado en barro.

Las chicas lucen flores en el pelo, así sean de mentirijilla y nos encontremos a muchos miles de kilómetros de San Francisco. Los muchachos evidencian una irresistible querencia por descamisarse, aunque no pare de chispear y los termómetros se estanquen en los 17 grados. Pero existen rasgos unificadores: las pinturas faciales, las bolsitas de plástico en la cabeza y, sobre todo, esas katiuskas verdes de jardinero con las que unos y otras hacen frente al barrizal. Porque Wight ofrece dos escenarios grandes y 12 de tamaño más reducido, pero también muchas hectáreas para la socialización y el recreo, diversos artefactos recreativos para girar muy deprisa a muchos metros sobre el suelo, una nutridísima oferta de comida para una nutrición deplorable y simpáticas excentricidades como un Oxygen Bar que oferta chutes de oxígeno burbujeante para “revitalizar la mente” y “prevenir la resaca”.

Jornada regular

A la espera de dos citas tan colosales como las de Blur y Fleetwood Mac, el primer día empezó solo regular. Los irlandeses Kodaline son unos émulos modositos de Coldplay, aunque en directo ganan en carnalidad, y lo de Counting Crows bordeó, por desgracia, el disparate, con un Adam Duritz decidido a lapidar su propio legado (lo que hizo con Mr Jones no fue deconstrucción, sino descuartizamiento) y aparentemente más preocupado por mascar chicle que por la afinación. Pero estos gatillazos siempre estimulan los hallazgos por los escenarios adyacentes. Fue curioso comprobar, por ejemplo, el creciente predicamento de que gozan por estos lares los jovencísimos Ruen Brothers, un moreno y un rubio (teñido) con tanta facilidad para enhebrar estribillos eufóricos y coreables como otros hermanos ilustres, The Proclaimers, y el mismo gusto retro por los años cincuenta que otro bisoño compañero de pupitre, Jake Bugg.

La sorpresa creció en varios grados de fascinación con los recién nacidos Man & The Echo, a los que se les nota el magisterio de Paul Weller

La sorpresa creció en varios grados de fascinación con los recién nacidos Man & The Echo, a los que se les nota el magisterio de Paul Weller pero también, en estos tiempos de desprejuicios, ¡los falsetes de Hall & Oates! O con Signals, tres chicos y una chica saltarina que parece dulzona como Natalie Imbruglia pero acaba arañando y asombrando como una Björk en proceso de formación. Y en esas sucedió lo inesperado. Con You Me At Six al frente de las operaciones, el orvallo derivó en chaparrón y la multitud decidió que no se había movilizado hasta el último confín del Canal de la Mancha para que Zeus y demás dioses de la lluvia les tocaran las narices. Y es cierto que el quinteto inglés practica una especie de punk-rock tolerado, una especie de cruce entre Foo Fighters y (ejem) Maroon 5, pero la tormenta lo empapó todo de épica y el común de los mortales se echó en brazos de Josh Franceschi, que no tiene culpa de ser guapo pero sí de haberse dejado la piel cuando comprobó que el personal, lejos de amilanarse, pedía más árnica.

Es curioso que una banda infinitamente más solvente, The Black Keys, no propiciase luego ni la tercera parte de excitación. Quizás porque la rutina se vaya imponiendo sobre la química entre Auerbach y Carney. Y quizás, o muy probablemente, porque no hay cuerpo ni atuendo que resistan seis horas de jarreo ininterrumpido.