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FESTIVAL ARTES ESCÉNICAS 3,2,1

13 rue del Percebe cultural

Azkuna Zentroa de Bilbao celebra el último año del festival 3, 2, 1 dedicado a la performance

Fotografía de Elssie Ansareo, pieza de la exposición <CF1123>321 maneras de decir tresdosuno.
Fotografía de Elssie Ansareo, pieza de la exposición <CF1123>321 maneras de decir tresdosuno.

En el sótano se amontonan ocho salas de cine. En el atrio, ahora ocupado por una instalación en forma de gigantesco globo ocular, comparten espacio los juegos de los niños, las lecturas de sus padres, los restaurantes. En un bloque hay salas de ensayo; en el otro, una mediateca; en el último, un gimnasio. La Alhóndiga de Bilbao (rebautizada como Azkuna Zentroa) es un híbrido. “Su propia estructura ya condiciona la actividad”, admite Fernando Pérez, responsable de programación. El Festival 3, 2, 1 celebra desde ayer y hasta el 30 de mayo esa naturaleza bastarda mezclando performance, teatro y danza en un marmitako llamado “nuevas formas escénicas”.

La nave de producción vinatera, recuperada por el arquitecto Philippe Starck, es un hormiguero. Un 13 Rue del Percebe cultural. La comunidad de vecinos, heterogénea pero bien avenida, son los artistas del 3, 2, 1, aunque no por mucho tiempo. Este será el tercer y último año del ciclo, que ya venía con fecha de caducidad: “No queríamos ir sumando ediciones y restando presupuesto. Es algo vivo, con nacimiento, desarrollo y muerte”. El éxito de asistencia (la última edición reunió a 4.500 personas) pronostica, sin embargo, un más allá. “Quizás se transforme en algo nuevo”, aventura Pérez. “Como si fuera una cuenta atrás”.

Imagen del espectáculo 'Lur Away' de Ruemaniak.
Imagen del espectáculo 'Lur Away' de Ruemaniak.

La portera es la fotógrafa Elssie Ansareo, que ha elaborado un álbum familiar del festival. Sus tomas, protagonizadas por 100 artistas y espectadores, mezclan grandes momentos de la cita con recreaciones de hitos de la historia del arte. “¿Cómo se ha conseguido esto? Con un equipo capaz, creativo, al que se le deja serlo”, dice, rodeada de sus homenajes a Sophie Calle o a Marina Abramovic. Con 90.000 euros de presupuesto se han organizado 18 obras y talleres. “No sé cómo nosotros sí hemos resistido, cuando hay tantos que han desaparecido. Sí sabemos que, como servicio público, tenemos que incidir en lo que no es fácil de difundir”, subraya Pérez.

Ahí, tras unas espesas cortinas oscuras vive el vecino del sótano, el músico Llorenç Barber. Ha preparado un íntimo festín musical para 25 comensales. Crea “una lluvia de armónicos” agitando dos platillos. Hace sonar unas “alas de enfermo” (radiografías). Golpea 16 oxidadas tapas de caldera hasta arrancarles gemidos de campana. “La música no es de composición, sino de lugar”, apunta. Él lo comparte con “el vecino holandés”, una grabación del videoartista Pé Okx que hace sonar La Pasión de J. S Bach usando un cristal como amplificador.

En el bajo derecha vive la coreógrafa Tânia Carvalho, demasiado tímida para salir al rellano mientras prepara su espectáculo 27 ossos. En el primero, las creadoras vascas Alaitz Arenzana y María Ibarretxe (el dúo Sra. Polaroiska) transforman un espacio de ensayo en un extraño congreso científico, Lur away, en el que los espectadores aprenderán seis enseñanzas prácticas para la vida, desde cómo evitar un ahogamiento físico a uno emocional. ¿Su disciplina? “El límite entre lo fílmico y lo escénico”. Algo tan heterogéneo como el espacio que habitan.

Algo más allá, Rosa Casado y Mike Brooks se empeñan en metamorfosear una habitación vacía en una casa de campo en Gales. Y solo con sonidos (el canto de los pájaros, niños jugando), reproducidos en 40 pequeñas grabadoras. Lo explica ella: “Con pocos elementos, das otra dimensión al espacio. Va sobre cómo las cosas pueden ser diferentes, o mejores. Es magia”. Sus palabras resuenan en la sala diáfana. El uso hace al espacio. La Alhóndiga lo sabe.