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CRÍTICA | MATAR EL TIEMPO

Ventana indiscreta 2.0

Rodada casi íntegramente en inglés, aunque ambientada en Madrid, es una reformulación de la película de Alfred Hitchcock

Un momento de 'Matar el tiempo'.
Un momento de 'Matar el tiempo'.

Las ventanas ya no dan a la mar ni a la calle sino a otras vidas, en directo, en primer plano, una realidad quizá pixelada, quizá multiplicada, pero tan interesante para los mirones como las vistas de antaño. Así que la indiscreción ya no reside en el vecindario de enfrente sino en cualquiera que quiera abrir su vida, que somos casi todos, incluso su cuerpo, que son algunos. Lo supo ver Nacho Vigalondo en su virguera Open windows, y lo ha sabido ver de un modo menos ambicioso Antonio Hernández en Matar el tiempo, reformulación 2.0 de La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock, rodada casi íntegramente en inglés, aunque ambientada en Madrid, con otro voyeur que observa delitos por los que se siente concernido. Esta vez no en el edificio de los vecinos sino en el contacto que habita por iniciativa propia en su ordenador personal.

MATAR EL TIEMPO

Dirección: Antonio Hernández.

Intérpretes: Ben Temple, Esther Méndez, Yon González, Luisa Martín, Frank Keys.

Género: thriller. España, 2015.

Duración: 110 minutos

La soledad del hotel, las aburridas conversaciones con sus cercanos, esta vez lejanos, a través de Skype, los deseos de libertad sin mover el culo de la silla y la adictiva tentación pornográfica a un golpe de clic son relatados por Hernández con efectividad, sobre todo porque para hacer verosímil la actitud posterior del protagonista debe presentar un panorama desesperanzador anterior. El director de En la ciudad sin límites lo hace sin aspavientos formales pero con ritmo, y las situaciones, aun en el alambre de lo creíble, resultan interesantes.

Película posiblemente de corto alcance pero irreprochable, Matar el tiempo acude a la tecnología moderna para volver a contar lo de siempre: el irrefrenable poder de la mente para no despegar los ojos de aquello que, por definición, por moral y por ley, le resulta vedado.

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