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CRÍTICA | POLTERGEIST

Perdidos en la casa encantada

Un fotograma de 'Poltergeist'. Ampliar foto
Un fotograma de 'Poltergeist'.

Una pantalla de televisión encendida en plena noche mientras sonaba el himno nacional americano proporcionaba la imagen de partida de Poltergeist (1982), película que marcó un deslumbrante punto de encuentro entre la retórica explosiva del blockbuster y los sobresaltos sin filtros del terror de serie B. La pantalla de una tablet en la que se está jugando a un videojuego de exterminar zombis proporciona la imagen de partida de este remake: un oportuno guiño referencial, pero con la transparente intención de dejar claro que ha llovido mucho desde esos años 80 hasta esta segunda década del nuevo milenio. Entre otras cosas, donde antes había una familia firmemente establecida en una supuesta Arcadia residencial en tiempos de bonanza económica, ahora hay una familia cuya mudanza es daño colateral de la crisis económica y del fin de la cultura del trabajo. Hay muchos otros cambios visibles: ahora las casas encantadas se limpian con insistente uso de mapeado vía GPS y drones vigilantes, mientras que los espiritistas sustituyen la inquietante fragilidad de la gran Zelda Rubinstein por la vehemencia mediática de una suerte de Iker Jiménez 2.0, con algunos rasgos del cazador de tiburones que encarnara Robert Shaw en el clásico de Spielberg. Jared Harris, cuyo personaje es uno de los escasos alicientes de esta reformulación, presume de cicatrices y mordeduras de ectoplasma con el viril orgullo de un viejo lobo de mar presumiendo de haber sobrevivido a voraces mordeduras de escualo.

POLTERGEIST

Dirección: Gil Kenan.

Intérpretes: Sam Rockwell, Rosemarie De Witt, Jared Harris, Kyle Catlett, Kennedi Clements, Jane Adams, Saxon Sharbino, Susan Heyward.

Género: terror.

Estados Unidos, 2015.

Duración: 93 minutos.

La película original marcó un improbable matrimonio de conveniencia entre la sensibilidad del productor Steven Spielberg y la impetuosa energía de Tobe Hooper. El equilibrio de fuerzas estuvo, al parecer, regido por la tensión, pero el resultado fue único: una súper-producción con forma de laberíntica e inagotable casa encantada, capaz de aglutinar miedos infantiles –de los árboles antropomórficos a los payasos diabólicos- y de formular una nueva pirotecnia de efectismos que, sin duda, invitaba a pensar en el concepto de Terror de Discoteca. En efecto, la casa de los Freeling tenía más luces, ruido y furia que la pista de Studio 54 en sus días de gloria. Después de ese hito, Hooper seguiría dando rienda suelta a ese barroquismo histérico en su inolvidable etapa para Cannon Films.

El nuevo Poltergeist cuenta con Gil Kenan en la dirección, cineasta cuya opera prima –el imaginativo ejercicio de terror en motion capture Monster House (2006)- debió de pesar como argumento a favor de su elección. No obstante, en ese simulacro de película animada había un planteamiento de estilo y aquí los hallazgos son sólo ocasionales en un conjunto dominado por la funcionalidad. Es brillante la idea de mostrar en plano secuencia la abducción del niño por parte del árbol viviente. También destaca la decisión de evocar una de las imágenes más escabrosas de la película original como pesadilla reflejada sobre la superficie de un grifo de cocina. Por desgracia, son notas aisladas, condicionadas por visibles torpezas como la de convertir el reino de los muertos en una orgía de toscas imágenes de síntesis o como la de comprimir la respiración del original en un metraje mucho más condensado que obliga a acelerar acciones y a destruir los tempos de la inquietud. Este Poltergeist recuerda a su modelo, pero no lo respeta. O quizá lo respeta tanto que, en lugar de invertir tiempo en reflexiones creativas, Kenan ha decidido sacárselo de encima de manera bastante expeditiva.

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