CRÍTICA | QUÉ DIFÍCIL ES SER UN DIOS
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Inmersión en la barbarie

Fotograma de 'Qué difícil es ser un Dios'.
Fotograma de 'Qué difícil es ser un Dios'.

En Qué difícil es ser un dios, los hermanos Arkadi y Boris Strugatsky, cuyo Picnic junto al camino inspiró Stalker(1979) de Andrei Tarkovski, convirtieron en perdurable materia literaria los desvelos de un historiador terrícola, observador en un planeta extraterrestre anclado en una perpetua Edad Media. En los tormentos interiores de ese protagonista obligado a no intervenir en una realidad oscura se podía leer una clara metáfora del dolor del intelectual atado de pies y manos bajo un estado totalitario.

QUÉ DIFÍCIL ES SER UN DIOS

Dirección: Aleksei German.

Intérpretes: Yaonid Larmodnik, Dmitri Vladimirov, Laura Pitskhelauri, Aleksandr Ilyin.

Género: ciencia-ficción. Rusia, 2013.

Duración: 170 minutos.

En 1989, para desesperación de los Strugatsky, que siempre soñaron con una adaptación firmada por el radical Aleksei German, el alemán Peter Fleischmann llevó la novela a la pantalla en El poder de un dios, una superproducción tan aparatosa como académica que los escritores se encargaron de repudiar públicamente. Ni los Strugatsky, ni el propio director de la película han vivido para verlo, pero, finalmente, el sueño de los autores —y (casi) el titánico proyecto de una vida para German: un proceso creativo de trece años— es, finalmente, una realidad: con sus cerca de tres horas de exigente metraje, Qué difícil es ser un dios, con la imponencia de documento hallado entre las ruinas de un pasado remoto, avasalla al espectador y demuestra la vigencia del mensaje del libro, escrito en 1964, en unos tiempos en los que, como en una versión de andar por casa del protagonista, cualquiera puede seguir en tiempo real el avance de una nueva Edad Oscura contemplando un telediario.

Si en Blanche (1972), Walerian Borowczyk creó la ilusión de una película rodada en plena Edad Media a través de movimientos de cámara y composiciones de plano inspirados en retablos medievales, German tomó como referencia las pinturas de Brueghel el viejo para convocar un universo orgánico, agobiante, emético e inabarcable, capturado en crudo y texturizado blanco y negro, que su cámara recorrió en virtuosos y abigarrados planos secuencia, habitados por el embrutecimiento de una masa cómplice, en su brutal inercia, de un poder en perpetua guerra contra la inteligencia y la sensibilidad. Qué difícil es ser un dios propone una incómoda inmersión en la barbarie sin bombona de oxígeno: una obra mayor que pide (y merece) entrega incondicional.

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