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ANÁLISIS

Series: el triunfo de la narración

“Veo series y pienso en novelas y teatro”, afirma el escritor y crítico Marcos Ordóñez

La actriz protagonista de 'The Good Wife', Julianna Margulies, en una imagen promocional de la serie.
La actriz protagonista de 'The Good Wife', Julianna Margulies, en una imagen promocional de la serie.

Me parece que somos unos cuantos los que necesitamos narraciones como agua de mayo: escritas, representadas y filmadas. Y me encanta cuando confluyen y se fusionan los tres negociados. La otra noche, viendo Five-0, el sexto episodio de Better Call Saul, de Vince Gilligan, babeaba de admiración. En cuarenta minutos, Gordon Smith (era su primer guión, para más rabia) contaba un relato sensacional, que consagraría a cualquier escritor. ¡Y el momento, teatralísimo (sin proximidad, lástima) de la conversación nocturna entre el viejo y la nuera, cuando él le confiesa toda la verdad! Un dramaturgo escribe eso y le dan el Tony. Y dos Tonys más se llevarían las interpretaciones de Jonathan Banks y Kerry Condon.

Jonathan Banks es Mike Ehrentraum, un personaje secundario de Breaking Bad, que aquí se engrandece porque conocemos, completa y tremenda, su tragedia anterior. Sí, en las series se puede hacer eso. Como en las grandes novelas. Veo series y pienso en novelas y teatro. Veo a Saul Goodman, el protagonista de Better Call Saul, y pienso en una versión humilde y pícara de Mickey Haller, elLincoln Lawyer creado por Michael Connelly. O me imagino a un autor de novela negra pillando un filón como el de Ray Donovan, de Ann Biderman, que daría para un ciclo completo. Hablando de Connelly, las series ofrecen la posibilidad de desarrollar una novela entera (o más).

Ahí está Bosch, la primera producción de Amazon, que adapta Ciudad de huesos, con incrustaciones de Echo Park. La serie del detective de Los Angeles tuvo un despegue de andadura calmosa, muy a la manera del cine policial americano de los setenta, y tensó el nervio a partir de Fugazi, el cuarto episodio, no en vano firmado por el propio Connelly y George Pelecanos.

Si hablamos de “novelas enteras”, en ese negociado reina (nunca mejor dicho) el gran ciclo de Juego de tronos, y basta, por obvio, con mencionar el maridaje entre Tolkien y el maestro Shakespeare, ya presente en la vasta obra original de George R.R. Martin, que no pudo soñar con una adaptación mejor: en cine no hubiera cabido ni de lado.

Hablemos de influencias (o de ecos). El pasado domingo, Enrique Vila-Matas evocaba en estas páginas una feliz certeza: el perfume y la intensidad de los relatos de John Cheever permeaban las primeras temporadas de Mad Men, de Matthew Weiner, y la serie se convertía “en una aula para recordarnos qué es narrar”. ¡Santa verdad! Antes se decía de un director de cine que era “muy cinéfilo”. Ahora salta a la vista que los creadores de series han leído lo suyo, y así les luce.

Tras la fundacional Los Soprano, de David Chase, estaban la saga de El Padrino, de Coppola, y Uno de los nuestros, de Scorsese, pero también Honrarás a tu padre, de Gay Talese. Y era palmaria la estirpe balzaquiana de The Wire, concebida por David Simon como una “novela visual” que vinculaba todos los estratos sociales de Baltimore a través del equipo de polis (¡gloria a McNulty!) enfrentados a las redes del narcotráfico y a la corrupción de políticos, burócratas y magistrados.

En una clave más inesperada, con toques de alta comedia, el Chicago imaginado por Michelle y Robert King en The good wife, una de mis series de cabecera, tiene un poderoso sustrato dickensiano: por su núcleo jurídico, que concentra los principales conflictos de su sociedad, y por la exuberante riqueza de su censo de personajes, con una docena de protagonistas y un centenar largo de secundarios, de los que hasta el más episódico posee un perfil dibujado con pinceladas certeras.

Las series permiten también singulares homenajes y veladas reescrituras que a veces superan el original. En la primera temporada de The Good Wife, sin ir más lejos, descolló Duda, claustrofóbico episodio centrado en las deliberaciones de un jurado a la caza de veredicto, que a mis ojos batía a Doce hombres sin piedad, de Reginald Rose, uno de los clásicos televisivos de la primera edad de oro.

Hay puentes más soterrados. Daniel Holden, el protagonista de Rectify, es un cruce entre el Seymour Glass de J.D. Salinger y el Boo Radley de Matar un ruiseñor de Harper Lee: una criatura atormentada, con un pie en la mística y otro en el abismo. Y puro Chejov la historia de los amantes de El ascensor, el relato arborescente de la cuarta temporada de Louie, otra clase magistral de escritura, interpretación y puesta en escena: no costaba imaginar a Louis C.K. y Eszter Balint como los protagonistas ideales para La dama del perrito.

La lista de fusiones y vínculos posibles sería interminable.

A guisa de colofón, venga un éxito español reciente, que ya ha cosechado una enfervorizada tropa de seguidores. Si El ministerio del tiempo resulta tan seductora, entre muchas y muy gozosas razones, puede deberse a su desinhibido y orgulloso cóctel de ingredientes: para la gente de mi quinta, la emoción que brota cuando el personaje de Rodolfo Sancho adopta el nombre de Curro Jiménez en un lance ochocentista va mucho más allá de la simple y académica “referencia”.

Apostaría a que en la doble marmita de los hermanos Olivares bullían por igual series como Doctor Who y, sobre todo, Torchwood (apuesta sencilla), pero igualmente muchas, muchas pasiones lectoras, desde el Alatriste de Pérez-Reverte y Las puertas de Anubis, de Tim Powers, pasando por La torre de los siete jorobados, de Carrere/Neville, El armario del tiempo de Mortadelo y Filemón y (envite arriesgado, pero ahí va) La otra vida del capitán Contreras, de Luca de Tena.

Hay una señal inequívoca para saber si una serie funciona: la mezcla de placer y energía que provoca su virtuosismo narrativo, algo semejante a contemplar el trabajo de un malabarista que mantiene, casi mágicamente, varias bolas en el aire. Todavía es pronto para aventurar qué series perdurarán, pero apostaría por aquellas que, liberadas de la serialidad compulsiva, hayan crecido en nuestra memoria a lo ancho y a lo hondo, como grandes ríos, grandes funciones, grandes novelas.