¿Intelectuales como políticos?

Los pensadores acuden a suministrar una dosis de legitimidad a unas democracias cada vez más escépticas respecto a la función de los partidos

Miguel de Unamuno.
Miguel de Unamuno.

La Pluma, la palabra, y...

Por Santos Juliá

“La poesía es el germen de la sabiduría política”, escribió Pérez Galdós ante el espectáculo de jóvenes poetas que abandonaban sus escritorios y salían a la calle para participar en la revolución de julio de 1854, cuando aún no habían irrumpido los intelectuales y estaba vivo el recuerdo de un autor dramático, Martínez de la Rosa, que había estrenado, 20 años antes, La conjuración de Venecia y presentado en las Cortes el Estatuto Real, todo en la misma semana. Luego, hacia finales de siglo, irrumpieron los intelectuales, una nueva clase investida de la misión de iluminar a la opinión pública e influir en la política por la escritura y la palabra: con mi pluma y mi lengua, como lo dijo Unamuno. Regeneradores de la patria en trance de descender al sepulcro, Maeztu los imaginó empuñando el látigo de domador de masas mientras Ortega los convocaba a formar una liga para la educación política. Así que pasaron 30 años y llegó el tiempo de las utopías mesiánicas, al intelectual se le exigió que pusiera su pluma al servicio de las ideas: “Con los comunistas hasta la muerte, pero ni un paso más”, dijo famosamente Bergamín, ejemplo sin par de compañero de viaje. El compromiso los llevó hasta Siracusa, consejeros áulicos del tirano, aplicados a nacionalizar a las masas mientras transformaban la sociedad. Y como constructores de nación, no pocos intelectuales se rindieron ante el nacional-fascismo, al tiempo que los compañeros de viaje se rendían ante el nacional-bolchevismo, soñada dictadura de la clase obrera, que lo fue en realidad del partido, enseguida del comité ejecutivo y finalmente del secretario general.

Malheridos por esas derivas que Mark Lilla bautizó como filotiránicas, los intelectuales regresaron de Siracusa para limitar su trabajo al de observadores críticos de la política, preludio de su muerte, gran tópico del último fin de siglo. Y en esas estábamos, con los intelectuales, si no en la tumba que Lyotard había labrado para ellos, en la columna del periódico, cuando se ha producido, en Madrid al menos, el sorprendente incremento de su demanda por partidos en crisis o déficit de credibilidad, unos por viejos y otros porque, de tan nuevos, nadie sabe qué traen en sus alforjas. Aureolados del prestigio que han acumulado en el desempeño de sus respectivas artes, es curioso que los tres investidos como candidatos sean mayores, incluso muy mayores; y más curioso aún que los tres sean o hayan sido funcionarios. Escribir, hablar y… gobernar: la pluma, la palabra y… el bastón de mando: he aquí la nueva manera de ser intelectual destinada a suministrar una dosis de legitimidad a unas democracias cada vez más escépticas respecto a la función de los partidos políticos. Si esta tendencia prospera y se consolida, los partidos acabarán por convertirse en agencias especializadas en la búsqueda de profesores, poetas, jueces y otros prestigiosos profesionales para invitarles a que entren en el juego de la política, un juego de poder en el que todos ganan: los partidos, un puñado de votos, y los intelectuales, un bastón de mando.

Santos Juliá es historiador, autor de Nosotros, los abajo firmantes (Galaxia Gutenberg).

¿Fin de un divorcio?

Por Gioconda Belli

Difícil saber cuando empezó en América Latina el divorcio entre intelectuales y política. Hasta los años noventa más o menos, la política invitaba a los intelectuales a comprometerse. Las revoluciones coqueteaban con ellos y los escuchaban con respeto y no poca reverencia. Viene a la mente la amistad de Fidel con García Marquez, la relación de Julio Cortázar con Nicaragua. Muchos y muy prestigiosos pensadores se jugaron sus carreras cuando no el pellejo por causas políticas. La indiferencia manifiesta de algún escritor a las causas sociales era mal vista, un estigma que hizo que algunos dejaran de leer a Borges, y se quedaran más ciegos que el propio escritor.

La Gran Desilusión del Socialismo, así con mayúsculas, desconcertó y desbandó a la intelectualidad de izquierda y restó beligerancia al debate ideológico. Los intelectuales escarmentados por el apoyo brindado a sueños utópicos que acabaron siendo cajas de Pandora, se retiraron quietamente de la praxis.

En la arena política, las ideas se homogenizaron también en Europa. Las izquierdas al intentar alejarse de las prácticas fallidas del derrotado socialismo, adoptaron discursos que en nada o en muy poco se diferenciaban del discurso de centro o incluso del de una derecha moderada. El resultado de este discurso político poco diferenciado y el carácter cada vez más frívolo de las campañas electorales, desgastó la confianza de la masa votante que se vio sin alternativas frente a un status quo aparentemente entronizado e inalterable. Llegadas al poder las dirigencias, sea cual fuera su discurso de campaña, se rendían ante las limitaciones impuestas por los márgenes de acción de las democracias constitucionales. Un gobierno de izquierda terminaba pareciéndose a uno de derecha, tanto en sus vicios como en la incapacidad de dar solución a los problemas de las mayorías. Esta situación originó cuestionamientos esporádicos sobre si no era acaso la misma democracia la que requería modificaciones, ¿no debía la democracia adaptarse al siglo XXI? La respuesta no surgió, ni de la Tercera Vía, ni de los intelectuales; la respuesta pragmática más clara fue la promulgación por Hugo Chávez en Venezuela de lo que llamó Socialismo del Siglo XXI. Los gobiernos surgidos bajo esta insignia en América Latina modificaron a su antojo las reglas del juego, instituciones y constituciones, aludiendo a la necesidad de empoderar a las masas. Con fórmulas vistosas como los Consejos de Poder Ciudadano, o slogans como “el pueblo Presidente,” el chavismo en Venezuela, el Orteguismo en Nicaragua, los gobiernos de Evo Morales, Rafael Correa y Cristina Kirchner reinventaron la democracia y la justicia social, decretando la zanahoria para sus partidarios y el garrote para sus críticos. Sonaron las trompetas anunciando la Tierra Prometida pero también los tambores de una declaratoria de guerra a los intelectuales díscolos. Se centralizó el poder y se montaron hábiles maquinarias de propaganda que satanizaron el disenso y excluyeron a los que tildaron de enemigos. En este Socialismo del Siglo XXI el que no es “leal” es peligroso. Sin duda que hay muchos aspectos positivos en la gestión de estos gobiernos, pero la aparición de una nueva nomenclatura dispuesta a imponer su verdad absoluta en nombre de la necesidad de los pueblos trae consigo el olor de viejas dictaduras. Acallar la crítica tiene consecuencias. Ya pasó, en América Latina, la época dorada de los intelectuales-políticos. Veremos qué pasa en España donde los intelectuales han vuelto a la palestra. Hay que cuidar que el sueño de la razón no produzca monstruos.

Gioconda Belli es escritora nicaragüense. En los años 70 y 80 formó parte del Frente Sandinsita.

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