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CRÍTICA | BLUE RUIN

Yo (no) soy la justicia

Una imagen de 'Blue Ruin'. pulsa en la foto
Una imagen de 'Blue Ruin'.

Si Tarantino utilizó el esquema narrativo del thriller de venganza para construir una catedral posmoderna y el coreano Park Chan-Wook lo puso al servicio de su barroquismo expresivo, Jeremy Saulnier lleva la contraria a ambos en Blue ruin. Su película plantea un contrapunto de desnudez formal y vocación clásica, extrayendo una poderosa elocuencia de sus imágenes, con frecuencia libres de diálogos que faciliten el posicionamiento moral del espectador. El título de una película de Park Chan-Wook, Sympathy for Mr. Vengeance, ayudaría a definir la médula del interesante problema que plantea Blue ruin: ¿podemos sentir simpatía con el ejecutor de una venganza, aunque este sea un individuo frágil?

BLUE RUIN

Dirección: Jeremy Saulnier.

Intérpretes: Macon Blair, Devin Ratrair, Amy Hargreaves, Kevin Kolack, Eve Plumb.

Género: thriller. EE UU, 2013.

Duración: 90 minutos.

En la mirada de cachorro abandonado bajo la lluvia del actor Macon Blair —reforzada cuando el personaje se afeita la desaliñada barba de excluido social— está el alma de la película: su identidad y, también, su autoconsciente naturaleza problemática.

Cuando arranca Blue ruin, Dwight (Blair) es un tipo que vive en el interior de su destartalado coche e incursiona en hogares ajenos para darse algún baño reparador. La película va desvelando su información a fuego lento, pero el espectador no tarda en saber el origen de la desamparada situación del personaje: el cruel asesinato de sus padres, perpetrado por un individuo que está a punto de salir de la cárcel. Lo que sigue tiene poco que ver con esa ritualización de la venganza a la que tanto ha recurrido el imaginario del género: no es sino la crónica hiperrealista de ese desquite ejecutado no tanto por un tipo común, sino por un sujeto falible y aterrorizado, cuyos actos tienen fatales consecuencias, pero cuyo imperativo de acción obliga a seguir adelante.

Antihéroe perplejo, Dwight, a quien no hay que confundir con una figura cómica, es el perfecto aliado del director, que acredita su confianza en el poder de las imágenes y el control absoluto de un registro lacónico libre de manierismos. Las conversaciones que el personaje mantiene con su hermana, un viejo amigo o sus víctimas aportan la información precisa en el momento justo y demuestran que Saulnier no ha querido hacer un ejercicio de estilo, sino construir y revelar un brutal microcosmos.