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crítica | alguien a quien amar

Culebrón carismático

La historia nunca consigue escapar de su planteamiento, las relaciones son superficiales

Mikael Persbrandt y Trine Dyrholm, en la película. pulsa en la foto
Mikael Persbrandt y Trine Dyrholm, en la película.

A veces las películas estilosas sobre seres carismáticos y con pinta de auténticos son las más complicadas de analizar. Sobre todo cuando bajo su manto de gusto exquisito, de modernidad incontestable, al menos en la superficie, no se esconde más que un culebrón. El juicio del ojo, en pleno engaño al juicio del intelecto. Un peligro.

ALGUIEN A QUIEN AMAR

Dirección: Pernille Fischer Christensen.

Intérpretes: Mikael Persbrandt, Trine Dyrhom, Birgitte Hjort Sorensen, Eve Best.

Género: drama. Dinamarca, 2014.

Duración: 95 minutos.

Cuando en febrero de este mismo año se estrenó la película belga Alabama Monroe, varios críticos advertimos sobre la posibilidad de que tras su capa de estilo (música molona, protagonistas de presencia poderosa, barbas, tatuajes, actitud contestataria), unida a su desestructuración narrativa, sólo hubiera un folletín lacrimógeno sobre la muerte infantil. Un pensamiento que vuelve a la cabeza en muchos instantes de la danesa Alguien a quien amar, cuarto largometraje de Pernille Fischer Christensen, inédita hasta ahora en nuestros cines, sobre una madura estrella de la música, un tipo arisco, distante y ex adicto a todo lo que se menea, a aquello que enciende la vida para corroerla poco a poco, aunque de enorme personalidad, que debe hacerse cargo de un hijo apenas en la pubertad al que no conoce de nada, todo ello mientras graba su nuevo disco.

Musicalmente a medio camino entre el Leonard Cohen más eléctrico y el Richard Hawley más melancólico, el protagonista, interpretado con solemnidad por Mikael Persbrandt, tiene un gran carisma. Así, si unimos la fuerza visual de su primer plano y el sonido de sus canciones, ya sea en ensayos o en el estudio, la película se viene arriba. Sin embargo, la historia nunca consigue escapar de su planteamiento, las relaciones son demasiado superficiales, los diálogos más bien obvios y el desarrollo y su desenlace van por el camino de baldosas amarillas de la elementalidad, el que siempre espera el espectador más acomodaticio. Y en su recorrido, apenas logra dotar de fuerza a la relación con su manager, mano derecha, criada, mayordomo y psicóloga; nunca a la esencial, a la que da título a la película, la del chico.