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Macondo o la justicia pendiente

Cuando tuve la tentación de abandonar la política me llamó para decirme que aguantase

Me pregunto cuántas tesis doctorales se habrán escrito sobre la idea de justicia en la obra de García Márquez. A estas alturas deben de ser tan incontables como las criaturas que pueblan la noche de Macondo. Pero lo que cualquier lector puede atestiguar es que se trata sobre todo de una justicia pendiente, o, todo lo más, una justicia poética, que cuando se consuma restituye el orden lógico y estético al que sus personajes pertenecen, generando así el falso consuelo de un cierto sentido, el sentido narrativo, que solo por el hecho de contar Vivir para contarla parece abrir un resquicio de esperanza, sin que por eso la mirada de Gabo deje de mostrarnos un mundo violento y atrabiliario, un mundo injusto a la espera de redención. Pienso en la estructura perfecta, circular, de Crónica de una muerte anunciada, o en la brutal explotación de la cándida Eréndira por su abuela desalmada, o en la pequeña satisfacción retrospectiva que supuso sacar a la luz, con no poco escándalo, el Relato de un náufrago, pero satisfacción para el autor y su público, no para su protagonista, quien, si no me falla la memoria, terminó “desbarrancado –así creo que decía el prólogo– en el olvido de la vida común”. Quién sabe, en fin, si no sería lo que, además de recordar la tarde en que conoció la nieve, mascullaba muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía.

Es posible que los fantasmas de su abuela Tranquilina le rondasen, pero Gabriel García Márquez conocía muy bien la diferencia entre ficción y realidad, y si alguna vez se atrevió a convocar a vivos y muertos en torno a un mismo ámbito fue solo para hablar más libre y completamente de todo lo que está mal, de la irrealidad verdadera, que es el sinsentido de lo que nos rodea. Es algo que nos suena de antiguo: el viejo y cervantino subterfugio de penetrar en las cosas fingiendo que todo es un sueño, un cuento, una historia que nosotros elegimos creer o no creer, pero que una vez oída no podemos ya ignorar. Robándole el título a otro grande preocupado por el tema –Alejo Carpentier, que tenía su propia formulación del asunto: lo real maravilloso, en lugar del realismo mágico– podemos decir que el suyo era El reino de este mundo. Porque esa es a fin de cuentas la marca de los grandes. De aquellos que son capaces de tomar la miseria humana en sus manos y trascenderla en una fábula que sirve de negativo de nuestras aspiraciones.

Fue Jesús Polanco quien me introdujo en el mundo mágico de Gabo. Comíamos en Los Bravos en Valdemorillo, alguna foto debe quedar por ahí colgada, para luego recibir su regalo largo de horas y horas de fascinación. El almuerzo se fundía con la cena en casa de Jesús y solo la madrugada me devolvía a la realidad. Cuando hace seis años tuve la tentación de abandonar la política, al verme excluido de la candidatura al Congreso, me llamó para decirme que aguantase. Guardo esa llamada en mi memoria como uno de los privilegios que justifican y compensan las amarguras de la gestión del poder político.

El periodista Jon Lee Anderson ha dedicado un reportaje en profundidad a estos últimos años de García Marquez y dice ahí que todas sus casas son iguales: estancias austeras y semivacías, dominadas por una blanca luz. En esta hora de los funerales del Papá Grande, me pregunto si por ellas seguían vagando los espectros de tantas figuras atormentadas, componiendo quién sabe qué novelas en su imaginación, o si por fin logró atisbar algo de justicia.

Alberto Ruiz-Gallardón es ministro de Justicia.

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