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'IN MEMORIAM'

José Emilio, ya no eres de aquí

El gran poeta mexicano dedicó toda su vida al cuento de nunca acabar que es escribir

José Emilio Pacheco, con Elena Poniatowska, en 1969.
José Emilio Pacheco, con Elena Poniatowska, en 1969.

“La verdad que los muertos tampoco duran / Ni siquiera la muerte permanece / Todo vuelve a ser polvo / Pero la cueva preservó su entierro. / Aquí están alineados / Cada uno con su ofrenda / Los huesos dueños de una historia secreta / Aquí sabemos a qué sabe la muerte / Aquí sabemos lo que sabe la muerte / La piedra le dio vida a esta muerte / La piedra se hizo lava de muerte / Todo esta muerto / En esta cueva ni siquiera vive la muerte”.

En el anillo periférico de la inmensa ciudad de México, por el que pasan a diario miles de automóviles, se hizo hace unos días un enorme bache, una oquedad, un agujero que paralizó la circulación durante dos días. Así, la muerte de José Emilio, un agujero negro, un pozo oscuro, una cueva de lava que no sabíamos que teníamos adentro porque nunca imaginamos que nos dolería tanto. La muerte de José Emilio ha sido un golpe a la mandíbula, un knock-out, un recordatorio de que vamos a irnos y tenemos que cederle el lugar a los otros. Como dijo su hija Laura Emilia —también escritora— en su último día de vida, que resultó domingo, José Emilio se habría disculpado por echar a perder el domingo a los que habían ido al hospital a preguntar por él.

José Emilio fue un joven alto, delgado y espiritual, pálido, con una fuerte mata de pelo castaño. Caminaba a zancadas con Carlos Monsiváis todas las calles del centro de la ciudad para ver si encontraba a Octavio Paz o al autor de Muerte sin fin, José Gorostiza. A veces, cuando podía, José Emilio tomaba un taxi. Conocía bien esta ciudad que no amaba pero por la que habría dado la vida. En una ocasión, al bajarse y querer pagar al chofer, este le dijo: “No me pague, padrecito, mejor deme la bendición”. Creyó que José Emilio era cura. (José Emilio protestaba: “Ya no cuentes este invento tuyo, eso no me sucedió a mí, sino a Ramón Xirau”).

En José Emilio, desde muy joven, había un aura de bondad, de vocación de servicio, de preocupación por los demás, de devocionario con puras flores del mal prensadas entre las hojas. Toda la vida, José Emilio, el poeta, vestido de luto, caminó, leyó y se dedicó al cuento de nunca acabar que es escribir. Y sobre todo reescribir, porque corregía hasta en las planas finales para la desesperación de sus editores, Neus Espresate, Vicente Rojo y, más tarde, Marcelo Uribe. Implacable consigo mismo, no solo corregía poemas y novelas sino que reescribía libros enteros, como sucedió con Sangre de medusa. Para él ningún texto era definitivo, había que corregir hasta la muerte, desde los primeros poemas de Tarde o temprano de 1958 hasta los últimos, porque creía que toda obra es una obra en construcción y que la suya siempre estaba en lo que los albañiles llaman ‘obra negra”.

En 1968 fui a llevarle a su casa en la esquina de Reinosa el manuscrito de La noche de Tlatelolco, sobre la masacre de los estudiantes del 2 de octubre. Cerró las cortinas de su cuarto de trabajo y después las de toda la casa. “No te das cuenta del peligro, alguien puede vernos”. El único artículo sobre La noche de Tlatelolco que salió en toda la prensa mexicana fue el suyo. Después (como si José Emilio no tuviera trabajo) le llevé otro libro sobre Octavio Paz, pero ya no cerró las cortinas aunque el libro corría el peligro de ir a dar a la basura. José Emilio siguió diciendo que él no era nada ni nadie y que el Yo, es el fascista que todos llevamos dentro. Así como me ayudó a mí, José Emilio, discreto y caballeroso, recogió la obra de Rosario Castellanos, todos sus artículos, y les hizo un prólogo. Por eso a sus conferencias llegaban mujeres que lo aplaudían a rabiar. Se sentían respetadas.

De quienes colaboramos con verdadera pasión en el semanario México en la Cultura, de Fernando Benítez, José Emilio Pacheco, que era el jefe de redacción, sufría tormentos ignotos cuando rechazaba algún artículo del que Carlos Monsiváis se pitorreaba, solo quedamos Vicente Rojo, quien formaba e ilustraba el periódico, y yo, que hacía entrevistas y crónicas. Nunca pensé que les sobreviviría y tendría que recordar con palabras a dos figuras centrales de la literatura en español. Con razón, José Emilio dijo al recibir el Premio Cervantes que la lengua en la que nació constituye su única riqueza.

“En la estación final / Todas las cosas / Muestran / Su virtud de cambiar / De no permanecer / Todo se viene abajo / Y se despide. / Nos dice el mundo: / ‘Ya no eres de aquí, / No te reconocemos / Como nuestro. / Lo que creíste tuyo / Era solo un préstamo: / Ahora mismo / Tienes que devolverlo”.

José Emilio todo lo devolvió. Así como Carlos Fuentes, el jarocho, donó su biblioteca a Veracruz. José Emilio declaró en 1997, “Mientras viva, no me iré de aquí. Veracruz vive en mis páginas y ya que no pude nacer aquí pido a su mar que se apiade de mis cenizas”, y así lo harán, con devoción, Cristina, su mujer, Laura Emilia y Cecilia.

Elena Poniatowska es escritora.

 

 

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