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CRÍTICA | EN LA FLOR DE LA VIDA

Y entonces llegó ella

'En la flor de la vida', primer largo de ficción de Nick Quinn, luce todos los signos externos de esa comedia francesa, inocua y "buenista"

Un fotograma de 'En la flor de la vida'. pulsa en la foto
Un fotograma de 'En la flor de la vida'.

Primer largometraje de ficción de Nick Quinn, director comprometido hasta el momento con el documental, En la flor de la vida luce todos los signos externos de esa comedia francesa, inocua y "buenista", que tan a menudo suele colarse en los circuitos de versión original subtitulada como rentable sucedáneo del cine de autor: ese mainstream subtitulado tras el que con frecuencia se parapetan mensajes mucho más mansos, conservadores y previsibles que en el territorio blockbuster. La película de Quinn no contiene hallazgos de lenguaje, ni parece aspirar a ningún tipo de inmortalidad, pero sería injusto no subrayar su poder para brillar y destacarse por encima del grueso del modelo de producto en el que se inscribe sin la ambición de romper sus costuras.

Pierre Arditi, el actor fetiche de Alain Resnais capaz de construir todo un lenguaje del gesto con su estoicismo otoñal, encarna a un presentador televisivo, con conflictos en el entorno laboral, que se ve obligado a convivir con su anciano, y áspero, padre: un espléndido y enérgico Jean-Pierre Marielle que borda el arquetipo de patriarca terrible con ribetes de convaleciente sumamente puñetero. Tras una sucesión de airados rechazos a diversas candidatas a cuidar al padre, el guión del bonaerense nacionalizado francés Santiago Amigorena (colaborador habitual de Cédric Klapisch) y la debutante Andreia Barbosa introduce un nuevo personaje que, en su primera aparición, hace temer que la película se venga definitivamente abajo: Zana Kotnic —encarnada por una deliciosa Julie Ferrier—, una empleada de limpieza que se presenta haciendo malabarismos con pompas de jabón y, con ello, dispara todas las alarmas de encontrarnos ante una versión de Mary Poppins para el público de mediana edad.

Quinn pone, así, su película en peligro para reconstruirla a partir de ese punto y lograr que el heterodoxo triángulo propuesto se cargue de matices: no, esta no es la historia de una cuidadora mágica capaz de limpiar los circuitos de amor paterno-filial taponados por el tiempo y las cuentas afectivas pendientes, sino otra cosa más estimulante y más cargada de verdad. Aunque el final de la ecuación sea el mismo (o muy parecido). En la flor de la vida cuenta una extraña historia de amor (no carnal) a tres bandas, apostándolo todo al trabajo de su terceto protagonista, cuyos miembros acaban resplandeciendo con idéntico fulgor. Quinn reserva trazos más sintéticos para describir el entorno familiar de Zana y logra que su acercamiento a cierta intemperie social no suene condescendiente. El desenlace -ni sorpresa, ni baboso- acaba cerrando el discurso con justeza de tono.

EN LA FLOR DE LA VIDA

Dirección: Nick Quinn.

Intérpretes: Pierre Arditi, Jean-Pierre Marielle, Julie Ferrier, Audrey Fleurot, Artus de Penguern, Rasha Bukvic, Thibault Vinçon.

Género: comedia. Francia, 2013.

Duración: 83 minutos.