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“Estamos bocabajeados, muy divididos. México está sin fe”

La ganadora del Cervantes recibe a EL PAÍS en su casa de la Ciudad de México

Elena Poniatowska, esta mañana en su casa de México DF. Ampliar foto
Elena Poniatowska, esta mañana en su casa de México DF.

El día que ganó el premio Cervantes, José Emilio Pacheco se levantó a las cinco de la mañana y no probó bocado hasta bien entrada la tarde. En eso le llevaba ventaja este martes Elena Poniawtoska (París, 1932), que bajó las escaleras de su casa, en el sur del DF, bañada y recién terminada de desayunar. A la nueva ganadora del premio más prestigioso de las letras en español, una preguntona irreverente, ejemplo de valentía para las escritoras y periodistas mexicanas que intentaban desenvolverse en un contexto machista, le llovían a esas horas los elogios: “Mi hijo Felipe me dice que soy una chingona”.

A la escritora le sonó el teléfono a primera hora de la mañana y pensaba que se trataba de un editor de EL PAÍS con alguna queja sobre el texto que había enviado el día anterior acerca de la obra de Doris Lessing. Al otro lado de la línea estaba el presidente del galardón. Lo primero que le vino a la mente, como mujer que no se calla ante nada, fue la compleja situación social que vive su país. “Me da muchísimo gusto por México. Como ahora estamos bocabajeados, muy divididos. El país está sin fe en sí mismo y un premio así, sobre todo si lleva el nombre de Cervantes, levanta el ánimo”, dice.

La mexicana, autora de la célebre obra La noche de Tlatelolco (1971), pone su nombre al lado de otros ilustres compatriotas como Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Sergio Pitol. Lo hace rodeada de su familia, los gatos, el perro, los libros y un cojín con la caricatura de Andrés Manuel López Obrador, el candidato de izquierdas a las elecciones generales del año pasado que le ofreció formar parte de su gabinete en caso de que llegase a presidente. Eso no llegó a ocurrir pero ella tampoco hubiese dado el paso.

Llegados hasta este punto, tocaba el momento de reflexionar sobre el éxito.

-Es algo en lo que no hay que creer. Hay que creer en la vocación, el amor en lo que haces. Hay que amar el oficio. Me acuerdo que en la tele mexicana había un payaso mexicano que se llamaba Cepillín que todo el mundo lo veía mucho. Un día, pum, desapareció.

-Pero su éxito no es para nada efímero…

-El mío no porque yo estoy a punto de ser efímera. Yo ya tengo 81 años. El año que entra tengo 82. Ocho años para 90. Soy un pollito.

¿Con quién viajará a España a recoger el galardón? “Iré con toda mi familia, que es muy numerosa. Felipe es el que más se preocupó. Con Mane, el científico, y mi hija Paula, que es muy bonita. Mira esa foto, te va a gustar pero ya está casada y tiene tres hijos. Su marido es el camarógrafo de la película Heli (México, 2013)”. ¿Le gustó el filme? “No, me espantó. Muy violento”.

La memoria de la escritora se alimenta de las anécdotas que vivió al lado de algunos de los personajes más importantes que vivieron durante el siglo pasado en México: “Buñuel si se enterara diría: ‘ay, la muchacha de la leña se sacó un premio’. Hacía muchísimo frío en su casa y tenía una chimenea. Yo siempre le llevaba leña que compraba en la calle. Ya no venden leña en la calle”. En este rato la tranquila callecita empedrada con aire provinciano en la que vive se ha llenado de periodistas.

La también ensayista sufre por los reporteros que esperan en la puerta. “¡Ay, pobrecita!”, exclama cuando ve, por la ventana, a una con los brazos cruzados y nerviosa. Ella, al fin y al cabo, insiste en que es ante todo periodista. “Los que más contentos se pueden poner por este premio son los periodistas. Yo hago lo mismo que tú pero no tengo un aparato tan maravilloso (teléfono inteligente), tengo un aparato del año de la canica y hago entrevistas. A los periodistas se les trata feo, se les hace esperar. Pon todo eso”, sigue.

El último rey de Polonia se llamó Estanislao II Poniatowski. Hija de un príncipe polaco, se trata casi un pariente para ella. “¡Qué bueno que las aristócratas sí hagamos algo! Lo único que hacen ellos es rascarse la panza. Yo por los menos traté de rascarme el coco”. Lo que es seguro es que en todos estos años no dejó de preguntar. De respuestas ha llenado un relato que bien merecido se lleva un Cervantes.