OPINIÓN
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

‘Interruptus’

Sabemos que los recortes están asumidos por la sociedad. Pero es indecente el cambio anunciado con las becas Erasmus. Bienvenida sea la rectificación

Estudiantes de Erasmus en Roma.
Estudiantes de Erasmus en Roma.Rubén Caramazana (efe)

Que el Gobierno hace trampas no lo duda nadie. Basta verificar cómo inyecta dinero en la banca, en el automóvil, en los peajes, mientras se lo niega a sectores también necesitados. Basta comprobar cómo utiliza el drama cuando le resulta menester y, sin embargo, recurre a la esperanza y la recuperación cuando se trata de aplacar la depresión generalizada. A ratos uno tiene la sensación de que es tal el nivel de trampantojo con el que envuelve a los ciudadanos que hasta un magnate de la ruleta como Sheldon Adelson se está pensando si instalarse acá, no sea que se tope con alguien más tramposo que él. Pero la peor de las trampas es aquella que se practica sobre las reglas de juego. A mitad de una mano de póquer tu rival decide que los sietes tendrán el valor de los ases.

Algo así les ha estado a punto de pasar a los erasmus españoles. Sabemos que los recortes están asumidos por el conjunto de la sociedad sin la menor crítica. Basta con enseñar los agujeros contables como quien enseña media teta en los carteles de un teatro. Pero lo que resultaba indecente es que tal cambio se perpetrara con los estudiantes desplazados y sus familias en plena ejecución de los presupuestos del hogar. Bienvenida, pues, la rectificación. Si lo que se perseguía es que la beca respondiera a un medido esfuerzo social podría hasta aceptarse. Es volver a perjudicar, por enésima vez, a las clases medias, convertidas en España en el payaso de la lavadora. Ni son lo suficientemente pobres para recibir una beca, ni lo suficientemente ricos para mantener al hijo un año en alguna ciudad europea.

Lo interesante es detenerse a observar las estrategias. La rectificación es posible cuando en otras ocasiones nos imponen la fatalidad. El escándalo era insostenible, parece. Y eso que ya había funcionado la otra estrategia habitual, la del desprestigio. En ella los medios se dejaron utilizar de manera soez. Se dibujó a los becados como vagos, vividores, aprovechados del sistema, privilegiados a los que se puso el mote de orgasmus. Hasta los padres aceptaron que sus hijos eran unos caraduras. Por suerte ahora todo queda interruptus. Vuelve, quizá por Navidad, el sentido común. O no. Veremos.

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