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Madrid sucumbe al sueño surrealista

Dos exposiciones coinciden en la Fundación Juan March y el museo Thyssen en una celebración del grito subversivo del movimiento artístico y sus antecedentes

'Objeto que sueña II (Objet qui rêve II)' (1938), obra de Victor Brauner expuesta en la muestra de la Fundación Thyssen.
'Objeto que sueña II (Objet qui rêve II)' (1938), obra de Victor Brauner expuesta en la muestra de la Fundación Thyssen.

Y el verano daliniano dejó paso al otoño surrealista. Dos exposiciones coinciden en Madrid en celebrar (sumadas a la retrospectiva de Magritte en el MoMA) los logros del movimiento artístico que nos mostró el camino, culpable como los deseos más íntimos, hacia la convivencia entre lo cotidiano y lo inconcebible. La feliz coincidencia, lejos de colocar al visitante de exposiciones en la disyuntiva, ofrece una visión amplia y complementaria de la que tal vez sea la vanguardia más popular. Dicho de otro modo, El surrealismo y el sueño empieza hoy en el museo Thyssen, con su predominancia de pintura, cine y escultura, más o menos donde lo deja Surrealistas antes del surrealismo, muestra abierta en la Fundación Juan March en torno a “la fantasía y lo fantástico en la estampa, el dibujo y la fotografía”, medios predilectos de los practicantes de aquel credo subversivo. Ambas se clausuran el 12 de enero.

El viaje parte en la March de los antecedentes del movimiento, que hunde sus raíces, siempre dentro de los límites del arte occidental, en el Medievo tardío. Así al menos lo entiende la comisaria Yasmin Doosry, directora del Gabinete de Obra Gráfica del Germanisches Nationalmuseum de Núremberg. Entidad colaboradora del proyecto, aporta la mayoría de las casi 200 piezas de pequeño formato expuestas. La última parada aguarda, al final del recorrido propuesto en la Thyssen por José Jiménez, con las obras tardías de Magritte, Max Ernst, Dorothea Tanning o Remedios Varo, cantos de cisne de un movimiento cuya mecha ya había prendido en todos los órdenes de la vida y languidecía a mitad del siglo XX plenamente asimilado y acosado por nuevas revoluciones como el arte pop o el minimalismo.

Los sospechosos habituales comparecen en ambas citas: Man Ray, Masson, Tanguy, Dora Maar, Óscar Domínguez o el mismísimo Dalí, cuyo Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar, joya de la colección del barón, ejerce de poderoso imán en la propuesta del Thyssen, que es, por sorprendente que resulte, la primera “exposición temática monográfica sobre la relación del sueño con las artes plásticas”, según Jiménez, veterano exégeta del movimiento.

'El ojo eterno' (1950), fotomontaje de Grete Stern, expuesto en la Fundación Juan March. ampliar foto
'El ojo eterno' (1950), fotomontaje de Grete Stern, expuesto en la Fundación Juan March.

Por lo demás, las ambiciones de una y otra cita, alentadas por la vieja aspiración surrealista de mostrar la maravilla, apuntan, fieles al espíritu de cada institución (popular una, exquisita la otra) en direcciones bien distintas.

La de la March quiere ser un homenaje a la legendaria exposición Fantastic Art, Dada, Surrealism, inaugurada en el MoMA en diciembre de 1936 por Alfred H. Barr, sumo sacerdote de la moderna museografía. Entonces, como ahora, se da por buena la idea de Borges según la cual un movimiento cultural cuenta tanto por los epígonos que consigue inspirar como por los antecedentes cuyo fogonazo de novedad contribuye a esclarecer. Y entonces, como ahora, las arquitecturas imposibles de Piranesi no difieren tanto después de todo de las formas de De Chirico. Tampoco la fotografía tomada por Brassäi de un tubérculo en germinación resulta tan distinta de las variaciones que las caras hechas de frutas por Archimboldo inspiraron a Heinrich Göding el Viejo, grabador alemán del siglo XVI.

Manuel Fontán del Junco, director de exposiciones de la March, achaca esta capacidad del surrealismo para la “retroactividad” sin esfuerzo a su carácter “inclusivo”. Una cualidad que permitió que sus desafíos intelectuales resultaran apreciados con rapidez por la cultura de masas: “Su parte destructiva es mucho menos radical que en otras vanguardias, como el suprematismo”, dice Fontán en la penumbra expositiva.

Los espacios de la fundación se han pintado para la ocasión de un azul onírico, cuyo efecto queda subrayado por los centenares de hamacas que cuelgan del techo en un gesto de resonancias también históricas: remiten tanto a la mítica escenografía de la exposición de surrealismo de París de 1938, con sus inquietantes sacos de carbón en suspensión, como a las 16 millas de hilo del Duchamp comisario de First papers of surrealism (1942). La muestra de la March, que ya se vio en Núremberg, cuenta con 11 secciones, que siempre abre una obra moderna antes de entrar en el vaivén espacio-temporal; de Francia o Alemania, países predominantes, a España, que aporta nombres de urgente reivindicación en el extranjero como Maruja Mallo, José Caballero, Benjamín Palencia o Nicolás Lecuona.

Las obras se agrupan en torno a temáticas como Perspectivas cambiantes (algo así como el trampantojo a través de la historia), El (des)orden de las cosas o Metamorfosis de la naturaleza. Y curiosamente, estas secciones se tocan con la otra muestra madrileña por el principio y por el final. Si los ojos de Odilon Redon sobrevuelan el arranque de una y otra propuesta, el sueño despide al visitante de la March antes de cruzar los pesados cortinajes de terciopelo de vuelta a la vida real, del mismo modo en que el aduanero Rousseau invita en la Thyssen a franquear la frontera que nos separa de lo onírico.

En la March, se rastrean sus antecedentes desde el Medievo

Es precisamente ese terreno más allá de la vigilia el acotado por José Jiménez para su selección de 163 piezas. “No se trataba de escoger cualquier obra surrealista, sino solo aquellas que propusiesen una representación plástica del sueño”, explica el comisario. Muchas de ellas remiten al tema de un modo literal: tanto por lo mostrado (caso de la serie de fotografías de hombres durmiendo en las calles de París, de Brassäi), como por sus mismos títulos: el ensamblaje que Breton llamó en 1935 Sueño-objeto o el lienzo Sueño, de Paul Delvaux, de 1925. Y si no, como en El arte de la conversación I (1950) de Magritte, y su Rêve tallado en letras de ruina, por la vía del puro eslogan, tan eficazmente manejado por Miró en Este es el color de mis sueños (1925), a los que, no sin cierta lógica, teñía un azul mediterráneo.

La relación con el sueño centra la propuesta del mueso Thyssen

La selección se precia de haber prestado especial atención al arte hecho por mujeres: de Claude Cahun a Kay Sage, de Ángeles Santos a Leonora Carrington, 11 creadoras vienen a demostrar que “en el marco del surrealismo encontraron por primera vez una posición protagonista más allá del papel que desempeñaron en los inicios del movimiento como musas, objetos de deseo o compañeras”.

Con afán exhaustivo, la exposición ocupa por entero los dos espacios dedicados a las exhibiciones temporales. Una sobredosis de pechos (dislocados y amontonados en Hans Bellmer; amorfos y culposos en Dalí) despide al visitante camino de la última sección, donde la imagen en movimiento es protagonista. Ambas muestras prestan la atención debida al cine. Quizá porque, como recuerda Jiménez, “el medio cobró mayoría de edad más o menos cuando el primer manifiesto de Breton de 1924”. O tal vez porque, dado su poder para atrapar al espectador en la oscuridad, el nuevo arte vino a colmar todas las aspiraciones surrealistas. La selección resulta más imprevisible en el caso de la March, aunque las dos coincidan en proyectar Emak bakia, de Man Ray.

Y cuando el otoño surrealista madrileño (completado con ciclos de cine, congresos o cursos) deje paso al invierno de nuestro descontento quedarán al menos los catálogos de ambas muestras (especialmente, el de Surrealistas antes del surrealismo), la recopilación temática de escritos de David Sylvester Los surrealistas, en Elba, así como la admonición de Alfred H. Barr, recogida en el prefacio a la primera edición de otro catálogo, el de la histórica muestra del MoMA: “Hay que decir que el surrealismo como movimiento artístico es un asunto serio, y para muchos es más que un movimiento artístico: es una filosofía, un modo de vida, una causa a la que se entregan con devoción consumidora algunos de los más brillantes pintores y poetas de nuestro tiempo”.