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Las contradicciones de Donald Rumsfeld, señor de la guerra, al descubierto

El documental 'The Unkown Known' sobre el exsecretario de Defensa de EE UU se presenta en Venecia e inaugura la era de este género en la Mostra

El exsecretario de Defensa, durante una rueda de prensa en 2006.
El exsecretario de Defensa, durante una rueda de prensa en 2006. REUTERS

Donald Rumsfeld "es el gato de Alicia en el país de las maravillas, que desaparece pero queda su sonrisa". Así define el cineasta Errol Morris al exsecretario de Defensa de Estados Unidos en el documental The unknown known, que ha protagonizado la octava jornada de la Mostra de Venecia. Se trata de una larga entrevista al arquitecto de la “guerra global al terrorismo”, desencadenada como respuesta al atentado sufrido por Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. La proyección del filme marca un hito: es el primer documental que irrumpe en la selección oficial en los 70 años de vida del certamen cinematográfico italiano. Y lo hizo con la cabeza bien alta y la espalda recta.

“Existe el conocido conocido, es decir lo que sabemos que sabemos. Existe el conocido desconocido, es decir lo que sabemos que no sabemos. Luego tenemos el desconocido desconocido, lo que ni quiera sabemos que no sabemos”. Es un juego de palabras, una broma listilla para confundir a los interlocutores. De esta forma, en 2002, Donald Rumsfeld, entonces secretario de la Defensa de EE UU, contesta a los periodistas que le preguntan si tiene la certeza de que Saddam Hussein esté preparando armas nucleares. Es el principio de 2002, en la Casa Blanca está sentado George W. Bush y su gabinete está buscando pruebas para atacar Irak. La ambigüedad de su lenguaje y de su pensamiento centra el documental The unknown known, del maestro norteamericano del género.

El director Errol Morris.
El director Errol Morris. efe

El título sigue el razonamiento de Rumsfeld, que hoy tiene 81 años y está retirado, en la rueda de prensa del Pentágono, poco antes del ataque a Irak. “Tengo que añadir ahora que también existe el desconocido conocido" - contesta a Morris, que le pregunta si no cree haberse equivocado, ya que ningún arma nuclear fue encontrada: "La ausencia de pruebas no prueba su ausencia”, responde el militar que sigue jugando, escapándose.

Los 105 minutos de The Unknown Known se organizan con fechas, grabaciones y material de repertorio, documentos oficiales. Todo construye un retrato del protagonista, héroe turbio y huidizo, que en 1962, con solo 30 años, fu elegido a la Cámara de los representantes de Washington y siempre ocupó cargos importantes hasta llegar a ser Secretario de Estado para la defensa en 2001 y dimitir en 2006.

Vivió la historia como protagonista, bajo varios presidentes, desde Richard Nixon, no muy amado (“Me quería liquidar”) hasta Bush con la guerra, pasando por Gerald Ford, a cuyo lado estaba el día en el que le dispararon. Pero son los últimos seis años de su fulgurante trayectoria política lo que interesa al director. En aquel periodo Rumsfeld se transformó en el señor de la guerra. Las notas, casi apuntes, que dictó durante su trabajo como Secretario de la Defensa son la percha a la que se aferra la narración. Morris le pide que las lea en voz alta. Algunas por supuesto, porque Rumsfeld es famoso por la avalancha de “copos de nieve” - como los empleados del Pentágono llamaban a sus notas, un verdadero alud, 20 mil durante su cargo: peticiones, órdenes, reflexiones. Por ejemplo: “dadme la definición de terrorismo, de guerrilla, de resistencia”. Luego vemos cómo utiliza con habilidad los pliegues del lenguaje para contestar -sin hacerlo- a los periodistas.

La ambiguedad de “un personaje por antonomasia” -le definió Morris- es la cifra de todo este documental - estupendo, inteligente aunque no a la altura de algunas precedentes pruebas del director, como Standard operating procedure (2008) o The fog of War, que ganó un merecido Oscar en 2003. Morris investiga las decisiones más controvertidas de la carrera política de Rumsfeld. Su retórica lo0 esconde, lo mantiene alejado, “a veces te preguntas si estaba actuando o interpretando un papel”, se preguntó el drector presentando la película en Venecia. Palabra tras palabra, su lenguaje se atornilla sobre sí mismo, se pierde en la nomenclatura y llega a una paradoja: “Rumsfeld está acostumbrado a utilizar un lenguaje que quiere manipular al prójimo, pero acaba manipulándose a sí mismo. Es un personaje que no es conciente de sí mismo, 'sin indicios', como diríamos en Estados Unidos,  sobre quién en realidad', conlcuye Morris.

Rumsfeld está acostumbrado a utilizar un lenguaje que quiere manipular al prójimo, pero acaba manipulándose a sí mismo. Es un personaje que no es conciente de sí mismo, 'sin indicios', como diríamos en Estados Unidos, sobre quién en realidad

Rumsfeld no ha sacado conclusiones ni ha hecho mea culpas de lo que representó su cargo como Secretario de Defensa de EE UU y sus consecuencias para el mundo entero. "Es el gato de Alicia en el país de las maravillas, que desaparece pero queda su sonrisa", los decribe Morris. En esto es muy distinto de Robert Mc Namara, retratado en The fog of war, que acaba casi pidiendo perdón frente a la cámara por la ofensiva en Vietnam.

La pregunta que el espectador acuna antes de entrar a la sala y sigue haciéndose durante la proyección es: ¿Quién es Donald Rumsfeld? ¿Qué piensa de lo que hizo? ¿De la guerra en Afganistán, de la de Irak, de Guantánamo, de Abu Ghraib, del Patriot Act? Sobre todo ahora, cuando hace una semana, en una entrevista al Huffington Post, declaró ser contrario a la intervención militar en Siria. “¿Por qué ahora no y hace diez años sí?”, arroja la cuestión Morris en la rueda de prensa.

Su película no da respuestas. La entrevista deja solo en el escenario a ese hombre encorbatado, con los labios tan finos y la broma siempre lista, que se pierde en el humo de sus mismos juegos de palabras, definiciones, contradicciones. Morris es el anti Michael Moore simpre visible en sus documentales.

Errol Morris no aparece nunca; es una voz que pregunta, pero lo menos posible, prefiere que su personaje cuente y se cuente. “Me preparé muchísimo. Cuando él mentía o se contradecía al contestarme, yo volvía a preguntar. Pero no insistía más. No quiero insistir al infinito. Prefiero que sus contradiciones emerjan por sí solas”. Es su manera de desaparecer tras la cámara, es el rasgo de fabricación de todos los trabajos de este documentalista consagrado.