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Una enciclopedia rodeada de canales

La ciudad se convierte en un museo del conocimiento para ‘los mundiales’ del arte contemporáneo La propuesta del comisario Gioni se revela como un acierto

Pieza de Jeremy Deller en el pabellón británico en la Bienal de Venecia.
Pieza de Jeremy Deller en el pabellón británico en la Bienal de Venecia. gabriel bouys (afp)

El manuscrito de El libro rojo de Carl Gustav Jung, cedido por sus herederos, se exhibe como una joya en una vitrina, arropado por impresiones digitales de las páginas, con su peculiar caligrafía y sus dibujos en los que el psiquiatra reflejó algunas de sus visiones y fantasías. Su particular sentido del cosmos inaugura la muestra del Pabellón Central de la Bienal de Venecia que mañana se abre al público hasta noviembre, en los Giardini y el Arsenal. La escritura y el dibujo como mecanismo para expresar las obsesiones y dar rienda suelta a la imaginación ejercen como hilo conductor de buena parte de los trabajos expuestos en el pabellón, en los que alternan artistas contemporáneos consagrados con outsiders.

Una colección de diagramas de los bocetos del filósofo Rudolf Steiner, realizados en pizarras, amueblan la siguiente sala, en la que dos artistas, sentados en el suelo realizan una performance a base de sonidos guturales. Se admiten espontáneos. Parece como si todo estuviera orientado a explorar el modo en que contamos diferentes historias para descubrir nuevos puntos de vista. Como ejemplo, el trabajo de los austriacos Oliver Crog y Oliver Elser, dos artistas que, en una incursión a la tienda de un anticuario, descubrieron un pequeño tesoro: tres centenares de casas en miniatura, realizadas con cajas de cerillas, celo y papel de empapelar. Las 378 casas de Peter Fritz, un homenaje al contable que había dedicado su vida a ese delicado trabajo en secreto, quedaron grabadas en las cámaras de los móviles de buena parte de los visitantes que ayer recorrían los escenarios de la Bienal, preguntándose dónde se encuentra el arte ¿en la intención del artista original o en la del que lo saca de su contexto habitual y lo convierte en obra?

Massimiliano Gioni (Busto Arsicio, 1973), director artístico de la Fundación Trussardi, crítico de arte contemporáneo arriesgado al que le gusta salirse de los carriles habituales, ejerce en esta edición como comisario de la Bienal. Su elección se considera como un intento de insuflar vida a lo que algunos consideran un escaparate a espaldas a la ciudad. El título elegido para la exposición oficial, El palacio enciclopédico, evoca un diseño del arquitecto Marino Auriti, que trató, sin éxito, de diseñar algo capaz de acoger todo el conocimiento de la humanidad. El proyecto nunca se llevó a cabo, pero Gioni ha recogido ese testigo o, al menos, se ha servido de esa idea para hablar de la voluntad de entender el conocimiento, organizarlo y gestionarlo.

Ha elegido personalmente los nombres y las obras de los 155 artistas de 37 países que están presentes en la que durante seis meses será la capital del arte contemporáneo. En un espacio pequeño y oscuro se expone The path of totality (el recorrido de la totalidad), una colección de 79 diapositivas, sobre las expediciones científicas que se llevaron a cabo en los siglos XIX y XX para avistar y documentar eclipses. La autora de esta pieza es Paloma Polo (Madrid, 1983) la única española seleccionada por Gioni comparte el discurso curatorial que preside la Bienal: “Me llamó personalmente, tenía muy claro qué pieza quería mostrar y cómo. Nunca se había hecho una exposición con tantos artistas. Materialmente no es fácil que haya coherencia y diálogo entre tantas obras”.

La maqueta de Marino Auriti preside la muestra del Arsenal, como un estandarte que abre paso a un museo de la imaginación. Los bocetos originales del libro del Genesis de Robert Crumb se exhiben junto a piezas de Walter de Maria, Tacita Dean o la instalación de Danu Vo que muestra los cimientos de madera una iglesia vietnamita, con los frisos y cortinajes de hace 200 años. El mensaje del Arsenal es idéntico. Pasado y presente sirven para ilustrar la enciclopedia diseñada por Gioni.

El arte parece haber traspasado ya todas las fronteras. Nick Hayek, presidente de Swatch, gran patrocinador de la cita, anunciaba ayer que “las obras de arte son prisioneras de los museos” y que su compañía las saca de esos espacios. La relojera suiza ha elegido al artista madrileño José Carlos Casado, como diseñador del reloj oficial de la Bienal.

El recorrido entre el edificio principal de los Giardini al Arsenal se ve salpicado por los pabellones de los países representados que, este año, se ha visto aumentado con la presencia, entre otros, de Dubái, el Vaticano, Paraguay, Kosovo y Angola. El potente discurso de El palacio enciclopédico ha restado cierto protagonismo mediático a los pabellones, aunque no les ha faltado la presencia de público. Y es que en el arte los gestos también son importantes. En junio de 2011, el yate de Roman Abramovich, anclado cerca de la plaza de San Marcos, bloqueaba la vista de caminantes. Semejante ostentación inspiró la obra del británico, Stuart Sam Hugues, Nos sentamos hambrientos sobre nuestro propio oro, que ahora preside una de las salas del pabellón británico. Pintado directamente sobre la pared, la imagen del diseñador victoriano William Morris, imaginado como un coloso, levanta una embarcación de lujo y la devuelve airado a la laguna. No ha servido de mucho la protesta, nuevos y flamantes yates, algunos con bandera británica, permanecen anclados junto a la Bienal, mientras sus propietarios se mezclan con los coleccionistas, periodistas y críticos que abarrotan Venecia. El recorrido por el pabellón británico concluye con una taza de té, cortesía de la casa, que anima a reflexionar sobre si sirven para algo los pasaportes en el mundo del arte. Desde la puerta se contemplan las enormes colas para visitar los pabellones alemán y francés que, en esta edición, han intercambiado contenidos en un guiño cómplice y acogen artistas de diferentes lugares del mundo.

Como Ai Weiwei, que siempre es noticia, tanto si está como si no. Bang se exhibe en el pabellón alemán, pero hay que visitar el francés para verla. El polifacético artista no ha sido autorizado a salir de China, pero ha enviado a su madre y a su hermana. Su obra nueva, un alegato sobre su cautiverio, y la ampliación de la instalación escultórica Straight, se exponen en Zitelle y la iglesia de San Antonino.

También el pabellón ruso ofrece su particular protesta. Un trajeado maniquí humano se sienta a horcajadas sobre una de las vigas, frente a una pared en la que se lee: “Ha empezado el tiempo de confesar: rudeza, narcisismo, falsedad, lujuria, cinismo, robo, especulación, seducción, envidia, estupidez”. Como colofón al discurso unos rudimentarios sacos, cargados de monedas. En otro espacio, reservado exclusivamente para mujeres, una instalación de Vadim Zakharov muestra su particular visión del mito griego de Dánae. Armadas con paraguas, las visitantes reciben un baño de oro de Zeus en forma de monedas.

Alrededor de las piezas y trabajos que se exponen en la Bienal emerge un palacio enciclopédico alucinante: donde los críticos solo ven caos de innumerables obras mezcladas, otros encuentran un espacio para la reflexión.

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