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COLUMNA

La “mística” del conocimiento

Mi relación con lo fantástico es bastarda y cruel. Admiro la literatura, el cine y la filosofía idealista por cobardía e inoperancia, por carecer de las herramientas precisas que el realismo científico proporciona a los expertos, a la gente seria, a fin de que con ellas puedan desentrañar los misterios que la realidad, en su áspero devenir, nos presenta. No soy un fan de Bunge, por ejemplo. Esto ya me anula como interlocutor en el conflicto: no doy la talla. Propongo, por lo tanto, que leáis a Savater, que en sus libros La infancia recuperada y, sobre todo, en Misterio, Emoción y riesgo, habla sobre el tema y opina lo mismo que yo, pero habiendo leído previamente a Bunge. Gracias a Fernando puedo defender hipótesis tales como que La isla del Tesoro es de lo mejor que se ha escrito, que Lovecraft no es subcultura y que El Señor de los Anillos es una obra maestra, aunque a más de uno se le rasguen las vestiduras.

La literatura fantástica tiene algo de incompleto porque representa el lado místico, o si queréis, "mágico" del conocimiento, en contraposición con la literatura realista que presume de atrapar la realidad en su totalidad, huyendo de los propósitos frívolos y facilones propios de la hermenéutica. Meto deliberadamente literatura y filosofía en el mismo saco porque otro individuo al que sí he leído lo hacía: Borges parece sospechar que la filosofía es la más delicada y exquisita expresión de la literatura fantástica. Y no solo hablamos de los escolásticos, de por sí alucinantes cuando estudian seriamente la naturaleza de los ángeles, sino de gente irreprochable, como Hegel, a quien, de alguna manera, lo único que le parece emocionante es ver fluir al pensamiento en sí mismo.

Borges, sin embargo, no se limita a subrayar el carácter fantástico del pensamiento filosófico, sino que comprende la fantasía como una metodología rigurosa para atrapar cuanto se esconde tras la experiencia. Borges, que no Bunge, cree que a través de la literatura fantástica conoceremos "verdaderos símbolos de estados emocionales, los procesos que se operan en todos los hombres". El tema del doble le obsesiona a Poe (quizá el más grande de los escritores), pero también a Stevenson, a K. Leguin, o a Wilde. Porque, sencillamente, esa trama explica al hombre.

Todos huimos de nosotros mismos, de esa versión distorsionada y grotesca que nos define, de esa sombra que nos asusta, pero que necesitamos para entendernos. Aceptando esa contraposición, esa lucha, el hombre llega a una síntesis integradora -la unión de los contrarios- y alcanza la perfección. Heráclito, Giordano Bruno y George Lucas son paranoicos de esa idea. No podemos negar que algo interesante oculta. La invisibilidad es otra obsesión fantástica. Miedo a estar solos que se resuelve finalmente en la certeza de que así ha sido siempre, porque los demás no dejan de ser una proyección de nuestros deseos, o principalmente, de nuestros odios. Así lo cree Philip K. Dick, autor gnóstico por antonomasia, o cierto idealismo alemán, o Galactus, el comedor de planetas. En el fondo, la más peligrosa de las intuiciones de la literatura fantástica es este fenómeno reversible: todos somos personajes de ficción generados en el interior de la mente de una entidad universal, extremadamente inteligente o bien idiota, según nuestro estado de ánimo o el del partido en el que hayamos depositado nuestras ya escasas esperanzas.

El desengaño es quizá un sentimiento que Bunge rechazaría como método de conocimiento válido, pero que algunos consideramos desgraciadamente certero a la hora de evaluar realidades. Pido, por favor, que la literatura fantástica, con su frívolo escapismo, nos saque de este espantoso agujero epistemológico, para que, de la mano de Stevenson, Tolkien, o Harry Potter, encontremos una razón que nos permita entender a ese ser, el más extraño, monstruoso y fantástico que hayamos visto, nuestro íntimo adversario: el otro.


Álex de la Iglesia es director de cine. Su próximo filme, Las brujas de Zugarramurdi, se estrenará en septiembre.

Fe de errores

Versión corregida de la columna publicada en la edición impresa en el suplemento Babelia en  la que aparecía la palabra agnóstico en lugar de gnóstico.