Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

El viaje interior de un aventurero

Sylvain Tesson narra en ‘La vida simple’ sus seis meses de exilio en una cabaña en Rusia para encontrarse a sí mismo

Sylvain Tesson, en la cabaña del lago Baikal en la que se recluyó para escribir 'La vida simple'.
Sylvain Tesson, en la cabaña del lago Baikal en la que se recluyó para escribir 'La vida simple'.

Entre un viaje y otro, entre un tren y el siguiente, el aventurero, escritor y geólogo de formación Sylvain Tesson (París, 1972) busca su refugio en pleno centro de París. En su pequeño ático del barrio latino, con vistas a la Iglesia de Saint Séverin, prolonga sus aventuras para fijarlas definitivamente en el papel. Animado por “la imperiosa necesidad de contar” y enamorado de las palabras —“son las compañeras más bellas”—, los relatos de sus grandes aventuras le han valido numerosos premios, también el Goncourt en 2009 por Une vie à coucher dehors (Gallimard). Pero después de haber pasado más de dos décadas recorriendo el planeta, en las que ha dado la vuelta al mundo en bicicleta, atravesado las estepas de Asia Central a caballo y cruzado el Himalaya a pie, Tesson ha decidido realizar la experiencia contraria: encerrarse durante seis meses en un lugar perdido y contarlo en La vida simple (Alfaguara), recién publicado en España.

El lugar escogido para su sueño de existencia sencilla fue Rusia. En una pequeña cabaña de nueve metros cuadrados a orillas del lago Baikal, en Siberia, con litros de vodka en la maleta, víveres para meses y una lista de 80 libros que abarcan desde Nietzsche hasta novelas policíacas, se propuso descubrir si tenía eso que llaman “vida interior”. “Todo el mundo vive en esa angustia del tiempo que pasa, de que la vida no dura más que un suspiro, pero pasar el tiempo es para mí una tarea muy dolorosa desde hace tiempo”, confiesa Tesson, puro en mano, sentado en su terraza parisiense.

“En el fondo, me he puesto a hacer esos viajes un poco absurdos porque en ellos el tiempo se dilata. Y llegó un momento en el que me cansé de cabalgar y pensé, voy a utilizar el medio de la sumersión estática en un lugar para ver si puedo hacer lo mismo que cuando tomo la ruta, es decir, desacelerar el tiempo… y ha funcionado bien”. En su retiro se sometió a la disciplina de anotar su experiencia cada día, en jornadas marcadas por los ejercicios físicos, la contemplación del espectáculo del bosque y sus animales y alguna que otra visita de guardias forestales o turistas rusos que interrumpen la rutina. “Llevar un diario es una forma de archivar la vida, de no dejar que la memoria disgregue la experiencia, de no olvidar”, explica. “Pura cortesía hacia la vida que pasa”.

“Abandonar la sociedad siempre es mejor que tratar de destruirla”

Aunque en un principio pensó relatar su experiencia bajo la forma de un ensayo sobre la sobriedad, sobre “el descrecimiento”, finalmente, optó por mantener el formato del diario. “Me pareció que su ritmo era lo idóneo. La repetición propia del género era un registro que me permitía expresar la importancia que tomó en este experimento la medida del tiempo”. Pese a sus críticas a los excesos del consumismo —en particular de lo que denomina la “sociedad de las pantallas”—, de su elogio a la simplicidad y de su compromiso con causas como la defensa de un Tíbet libre, no se reconoce en la etiqueta de militante. “Desconfío mucho del discurso político, de la profesión de fe política… No he tenido la impresión de alimentar un programa o una petición de principio con este libro”, asegura. “Además, considero que si se quiere criticar a esta sociedad es mejor abandonarla que tratar de destruirla. Es una crítica más fuerte. La indiferencia. Es el arte de la esquiva. Y la huida me parece mucho más elegante. La fuerza de este tipo de experimento es saber que si las cosas van mal, hay alternativa”.