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Periodismo a golpe de verso

Llega a las librerías la poesía de la ácida escritora y guionista estadounidense Dorothy Parker Esta faceta de su obra permanecía inédita en español

La escritora Dorothy Parker, en 1935. Ampliar foto
La escritora Dorothy Parker, en 1935.

Que nadie lo dude, detrás de la afilada lengua de Dorothy Parker se agazapaba una mujer en exceso sentimental y romántica. A fin de cuentas, su (siempre a mano) arsenal de dardos tenían una diana favorita: ella misma. La maestra del relato corto, mordaz crítica de teatro y libros, dramaturga y cronista inmisericorde de una época que se precipitó al vacío de la Gran Depresión, también cultivó, y mucho, la llamada “poesía ligera” o “poesía flapper”, en referencia a las liberadas chicas de la era del jazz. Publicada hasta 1944 en libros y revistas como The New Yorker, Vanity Fair y Vogue, la obra poética dispersa de Parker se reunió por primera vez en un libro en 1996 y después, en otro revisado y ampliado, en 2009. Es esta última edición la que ahora llega a España, donde su poesía no se había traducido hasta la fecha.

Los poemas perdidos (Nórdica), con traducción de Guillermo López Gallego y Cecilia Ross e introducción de Stuart Y. Silverstein, nos ofrece el perfil menos popular de la autora de Una rubia imponente. “Se trata de poesía periodística, de actualidad, un género bastante peculiar”, apunta Diego Moreno, editor del volumen. “Cuando sacamos hace un mes una versión ilustrada de Una rubia imponente, que por cierto está siendo un éxito de ventas, decidimos que fuese acompañado por el lado menos conocido de la escritora”.

Parker publicó durante años sus poemas en decenas de revistas en las que colaboraba. Estas islas en verso remiten a personajes de la época, a modas y figuras populares y, es obvio, a ella misma. “Después del primer intento de suicidio, Dorothy se perfumaba con nardo de vez en cuando, por ser lo que los sepultureros usaban tradicionalmente con los cadáveres. Su poesía también adoptó un tono menos despreocupado y de actualidad”, apunta Silverstein.

Practicaba un género de actualidad bastante peculiar”, explica el editor

En su documentada introducción recuerda cómo a partir de aquel momento la vida de Parker se convirtió en un rosario de amantes y en un desastre doméstico, la escritora —“alguien dijo que se comía el bacón crudo porque no sabía freírlo”—, se gastaba el dinero (que jamás le preocupó demasiado) en ropa, tabaco, alcohol, perfumes y sombreros. Una columnista de la época, que firmaba Elspeth, la retó con un poema por celos profesionales. Parker, recuerda Silverstein, pasaba uno de sus peores momentos. Desde las cuevas de la depresión respondió a su colega: “Señora, he leído su verso sobre mí… Ese en el que escribe ‘¡Cómo me gustaría encontrarme con esa persona a solas una noche de ébano!’. Aunque sus deseos de herir fueran escasos, hizo usted lo que mejor supo: Verá, alguien, cuando mi corazón estaba frágil, me dirigió esas mismas palabras. Señora, acepte mis humildes saludos; acepte mi gratitud; pero permítame decir que si no fuera por los encuentros a media noche, hoy podría andar erguida”.

Como tantos escritores que sufrieron la resaca de la Gran Depresión, Parker viajó a Hollywood con su segundo marido para escribir guiones. La aventura en la Costa Oeste acabó —entre idas y venidas de la pareja— cuando el Comité de Actividades Antiamericanas acusó a la escritora de peligrosa comunista. Parker volvió a Nueva York para dedicarse al teatro. De la poesía, ni rastro. En Los poemas perdidos la última huella está en su colección de Canciones del odio: “Odio a las esposas, las tiene demasiada gente…”; “Odio a los maridos, reducen mis posibilidades…”; “Odio a los universitarios, me tocan los pies…”; “Odio al despacho, se entromete en mi vida personal”; “Odio a los pesados, me quitan la alegría de vivir…”; “Odio a los jóvenes, me dan arteriosclerosis…”.

Como tantos contrasentidos de su intensa vida, la tristeza impregna los mejores pasajes de una escritora conocida por su sagaz humor; que se confesaba vaga, pero, incapaz de hacer mal su trabajo, se volvía obsesiva y perfeccionista; que despertaba la atracción de los hombres, pero luego estaba imposibilitada para retenerlos (como deseaba); que calculó mal sus fuerzas frente a las drogas y el alcohol. Cuentan que cuando ya mayor y enferma la ingresaron en un hospital el médico le advirtió de que si seguía bebiendo moriría en un mes. Parker respondió: “Promesas, promesas”. Tardó aún unos años en morir, en 1967, en la habitación de un hotel y de un ataque al corazón. Llegados a este punto, se suele echar mano de su famoso epitafio (“Disculpen el polvo”) en la Asociación Nacional para el Desarrollo de las Personas de Raza Negra (NAACP), sus herederos y donde yacen sus restos. Lo que pocos suelen recordar es que las cenizas de Dorothy Parker permanecieron olvidadas en la oficina de sus abogados durante 21 años sin que nadie las reclamara. Seguro que la ingeniosa escritora le hubiera sacado punta al asunto, pero sinceramente, maldita la gracia.