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Festival Cannes 2013

El gran cine entra por la puerta de Cannes

El iraní Asghar Farhadi y el chino Jia Zhang-ke presentan sus últimos trabajos en el certamen

Ambos son maestros en burlar la censura en sus países

El director iraní Asghar Farhadi y la argentina Berenice Bejo, en la presentación de 'El pasado' en Cannes. Ampliar foto
El director iraní Asghar Farhadi y la argentina Berenice Bejo, en la presentación de 'El pasado' en Cannes. AFP

El uno era propiedad de la Berlinale; el otro pertenecía al certamen de Venecia. El iraní Asghar Farhadi ganó en la capital alemana el premio a la mejor dirección con About Elly y el Oso de Oro con Nader y Simin, película que le llevó hasta el Oscar más que merecidamente. El chino Jia Zhang-ke obtuvo con su Naturaleza muerta el León de Oro en la ciudad italiana. Hoy, la pareja ha sucumbido a los cantos de sirena de Cannes, que los ha atraído a su concurso. Los dos fichajes han traído películas contundentes, correosas, con olor a premio, una –la de Farhadi- mejor que la otra, aunque ambas no alcancen el sobrecogedor nivel de sus trabajos precedentes.

El primero del día ha sido Farhadi, que ha rodado en Francia El pasado. Protagonizada por Bérénice Bejo (que sustituyó a la inicialmente prevista Marion Cotillard), Tahar Rahim y Ali Mosaffa, el drama se va abriendo como capas de cebolla, que nos permiten ahondar más y más en el dolor y los múltiples secretos que marcan a una familia. El pasado arranca con la llegada a París desde Teherán de un hombre (Mosaffa) que viene a divorciarse de su mujer (Bejo). En la casa en la que convivieron siguen la adolescente y la niña hijas del primer matrimonio de la mujer, y por allí anda otro niño, hijo de su pareja actual (Rahim). Y según el protagonista empieza a hablar con ellos en una atmósfera de dolor, represión emocional y rebeldía, la película empieza a enseñar varias de las claves de Farhadi: su maestría para contar los sentimientos; su habilidad para construir personajes de verdad, creíbles, cada uno de ellos con sus razones y emociones; su uso de los lugares como parte fundamental de la trama. Por ahí empezó el iraní a explicarse –porque a la primera pregunta, la de por qué rodó en París, no tenía respuesta clara, aunque sí sabía que por el viaje y la situación necesitaba filmar en el extranjero-: “Nos costó mucho encontrar la casa, porque sí tenía claro qué no quería. Me gustaba vieja, al lado de una estación de tren, como símbolo del paso y de lo viejo. No quería que estuviera en el centro de París, para que mis personajes no vivieran en una postal… Vimos muchísimos edificios hasta que encontramos la que creo debe de ser la única que cumplía todas las condiciones”.

Farhadi no habla más que farsi, algo que sin embargo no pareció molestar en su relación con los actores. Tahar Rahim (el protagonista de Un profeta) contaba: “Es muy preciso, nada lo deja al azar. Tuvimos dos meses de ensayos que nos hicieron crear la emoción de una familia antes de rodar”. Al otro lado de Farhadi, Bejó (la chica de The artist) confirmaba esa proximidad: “usamos interprete, pero al final había tanta conexión que era increíble esta delante de a alguien de quien no entiendes lo que dice pero que comprendes perfectamente. Los ensayos nos dieron todas las respuestas. Todo estaba coreografiado. Farhadi nos hizo crear nuestros movimientos como danzas. Probamos todas las posibilidades y de alguna secuencia hubo hasta 50 temas. Él decide todos los detalles y me parece bien, porque nosotros somos intérpretes”.

Farhadi no quiso entrar en las dificultades de circunscribir la nacionalidad de este proyecto: “He trabajado durante años fuera de Irán, pero sigo siendo iraní. Y voy a seguir así, no voy a cambiar. Casi es mejor no responder a la pregunta de cuál es su nacionalidad porque no merece la pena. La nacionalidad puede crear ciertos prejuicios por todo el mundo contra una película, y es mejor que eso no ocurra, porque lo único que importa es la relación con cada espectador. García Márquez trabaja fuera de su país. ¿Deja por eso de ser colombiano? ¿Importa?”. Sobre la censura, y sobre su posible estreno en Irán, Farhadi ahondó en los dos tipos de censura que existen: “La oficial y la que vive soterrada en tu interior. Mi personalidad no cambia según dónde esté, aunque me siga una sombra. He vivido dos años fuera para levantar esta película, he sentido esa liberación, aunque puede que haya asimilado ciertas cortapisas”.

Aunque sus películas aglutinan todos los géneros, el iraní tiene predilección por el drama, que es el motor de El pasado: “Empecé mi vida profesionalmente en el teatro, sigue siendo mi sitio favorito. Allí aprendí a amar el drama. Y también aprendí a sentirme cerca de los espectadores. De ahí, que vuelva una y otra vez a la familia, porque es un tema con el que enganchas rápidamente con el público, no hace falta explicar muchas cosas de las relaciones, todos lo entendemos. Lo mismo ocurre con la pareja, la relación más vieja de la humanidad, podría estarme toda la vida escribiendo sobre ella”.

Como en sus trabajos precedentes, Farhadi construye unos personajes complejos, reales, cada uno con su verdad, sus motivos y sus emociones. “Ah, la verdad. La verdad no es algo concreto, nadie es el poseedor de la verdad, la relación entre parejas es compleja, con diversos significados y emociones, y por eso hay tantas verdades”. Bejó lo comparó con las novelas El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell “ejemplo de cómo contar una historia desde cuatro puntos de vista. En Nader y Simin ya estaban esas distintas verdades, y en los ensayos a mí misma me pasaba: a veces me sentía culpable, a veces no, por lo que hacía mi personaje”. Lo mismo ocurre con el pasado: “Jean-Claude Carrière leyó el guion y me explicó que el pasado no existe, que lo que existen son los recuerdos que tenemos del pasado, que nos sirven de filtro, y son lo que crean la nostalgia. El pasado es igual de dudoso que el futuro. Es ambiguo”.

Tras asegurar que todo el proyecto ha sido un placer, Farhadi no contó mucho de su próximo proyecto –“aún no está claro, cuando lo aclare en la cabeza podré escribirlo”-, pero sí de en qué industria no se desarrollará. “Tras el estreno de Nader y Simin tuve un montón de propuestas incluso e Hollywood, pero me di cuenta pronto de que no me interesaba nada eso. Era reescribir un guion y dirigirlo o filmar el libreto de otro. No quiero abandonar mi forma de trabajar, y si una historia ocurre en Estados Unidos la rodaré allí, desde luego. Pero hasta entonces… Lo mismo digo de escribir guiones pensando en ciertos actores: es frustrante, así que lo hago con toda libertad, sin imaginar a nadie. Considero un gran cumplido cuando la gente cree que yo no he escrito el guion sino que está improvisado por los actores.

En cuanto al segundo espada del día, Jia Zhang-ke, su A touch of sin enlaza cuatro historias con cuatro protagonistas y variados actos de violencia en la China actual. Hasta ahora Zhang-ke había podido rodar en libertad, pero desde hace unos días llegaba desde China comentarios tras ver el tráiler que no le auguran un regreso tranquilo al cineasta. Weibo, el Twitter chino, hervía en mensajes. “La película refleja mis sentimientos ante las situación actual en mi país. Los cuatro protagonistas del cuarteto de historias están enlazados entre sí como todas las personas del mundo. Por eso en chino el filme se llama La elección del cielo, por ese cruce azaroso de caminos. En cambio su título internacional es A touch of sin. Por una razón larga de explicar: últimamente observo que hay muchos actos violentos en China y eso me preocupa. Y creo que es importante que el cine se pregunte por qué se dan esos arranques de violencia. Cuando piensas en el comportamiento de esas personajes te das cuenta de la influencia de las películas de artes marciales, que convierten la violencia en belleza, y me parecía interesante llevar ese comportamiento a la China actual: el título inglés homenajea ese género cinematográfico”.

Ahondando en sus posibles problemas con el Gobierno chino (en las historias aparecen desde jefes locales corruptos del Partido Comunista hasta prostitutas vestidas de militares que se acuestan con las autoridades), Zhang-ke encontró un asidero ante futuros problemas: A touch of sin se basa en hechos reales. “Esperamos estrenar pronto en China. Me encanta estrenar en mi país porque vivimos un momento importante que se refleja en mi filme. En la realidad la gente olvida rápidamente la violencia que le rodea, y sin embargo cuando la ve en el cine, la recuerda y la comenta mucho tiempo después. Espero que este filme sirva para que la gente recapacite ante lo que ocurre actualmente. En A touch of sin los cuatro casos no son especialmente emotivos para el público porque en mi país todo el mundo los conoce, aparecieron en todos los medios. Como director lo que he hecho es trabajar poniendo orden en la cronología y los sentimientos”. ¿Y no tiene miedo a la censura? “Estoy muy atado a mi libertad de crear. Creando es como siento la libertad. Solo me pregunto cuánta gente la verá, desde luego, porque intento llegar a cuantos más, mejor”.