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Donde viven los monstruos

Charles Fréger retrata ritos paganos en los que hombres y mujeres se disfrazan de bestias salvajes

En su colección de fotografías hay celebraciones de España, Hungría o Bulgaria

Uno de los ritos retratados por Fréger en Bulgaria. Ver fotogalería
Uno de los ritos retratados por Fréger en Bulgaria.

Sucede por todas partes, pero siempre durante los días más cortos del año. Entre noviembre y febrero, pueblos de toda Europa se unen al unísono en celebraciones ancestrales que se reproducen por todos los rincones del continente. En ellas, cientos de comunidades rurales conservan la costumbre de disfrazarse de bestias diabólicas y animales indomables, a través de espectaculares atuendos confeccionados con pieles de oso, cuernos de cabra y ramas de la vegetación más frondosa.

Hace unos años, Charles Fréger descubrió uno de estos ritos paganos en la región austriaca de Salzburgo. Antes de las fiestas navideñas, los adolescentes suelen desfilar por las calles disfrazados de Krampus, ogros hirsutos y cornudos que atemorizan a los niños que se han portado mal durante el resto del año. El fenómeno le fascinó tanto que pasó dos años investigando si existían fiestas similares en el resto de Europa. “Terminé visitando 19 países durante dos inviernos sucesivos, para descubrir decenas de fiestas paganas que, bajo un aspecto meramente folclórico, esconden cuestiones fundamentales sobre nuestra cultura y nuestros miedos”, afirma Fréger, autor de una espectacular serie titulada Wilder Mann.

Visitó pueblos de Burgos, Cantabria y Navarra para fotografiar sus carnavales

De Francia a Bulgaria y de Italia hasta Finlandia, Fréger fotografió decenas de comunidades rurales que siguen celebrando estos ritos originados en el neolítico, pensados para exorcizar demonios interiores, despertar una animalidad reprimida sin tener que lamentar las consecuencias o invocar a la naturaleza en nombre de la fertilidad de la tierra. El fotógrafo francés expone el resultado de su investigación hasta el 26 de mayo en el MAC/VAL de París, centro de arte situado en la periferia sur de la capital francesa, además de protagonizar otra exposición en el Fotomuseum de Amberes hasta el verano y de preparar su desembarco en dos galerías de Nueva York de cara a abril.

Los ritos donde los hombres se convierten en monstruos existen en todas las civilizaciones del planeta, pero Fréger prefirió ceñirse al continente europeo. “Que en África existen tradiciones de este tipo ya es suficientemente conocido. Me interesaba más ir al encuentro del lado tribal de Europa”, dice el fotógrafo. Su trabajo también le condujo hasta España, donde visitó los carnavales de tradición rural en localidades como Mecerreyes (Burgos), Silió (Cantabria) y Alsasúa (Navarra). “Castilla fue el único lugar del continente donde vi que se utilizara sangre animal para decorar los disfraces”, explica. “Además, esas tradiciones fueron un símbolo identitario durante el franquismo, cuando estas fiestas fueron censuradas”.

Antes de dedicarse a cazar monstruos por Europa, Fréger trabajó en otras series sobre personajes inscritos en la pertenencia a un grupo y caracterizados por llevar uniforme, de majorettes a luchadores de sumo, pasando por obreros metalúrgicos, escuelas de equitación e integrantes de las guardias reales de medio planeta. Se ha comparado su método con el sistematismo del matrimonio Becher, aunque cambiando los decadentes equipamientos industriales por un retrato de las peculiaridades de la especie humana, que suele retratar con ojo de antropólogo. “Ni lo soy ni pretendo serlo. Pero me interesa lo humano y el concepto de comunidad. En el fondo, estos rituales se han convertido en celebraciones de la vida en grupo”, dice Fréger.

En la bestial animalidad de sus monstruos se logra distinguir alguno de los fundamentos de nuestra cultura, como sostiene el escritor irlandés Robert McLiam Wilson en el prólogo del libro que recoge la serie fotográfica de Fréger, publicado alrededor del mundo pero todavía inédito en España. Dice lo siguiente: “Tenemos que definir quiénes somos definiendo, ante todo, quiénes no somos. Somos hombres sabios porque no somos hombres salvajes. Nos sentimos integrados en el grupo gracias a quien ha quedado excluido”. Y es ahí, en la oscuridad dibujada por la fantasía secular, donde siguen viviendo estos monstruos.

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