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Imaginario grotesco

En 'El cantante de Gospel' brilla la mejor prosa de boxeador de Harry Crews: ágil, veloz, hostil

El escritor Harry Crews en Florida en 1998.
El escritor Harry Crews en Florida en 1998.

La reciente muerte en Florida de Harry Crews (1935-2012) ha puesto de relieve su obra, poco conocida en España. Autor de 16 novelas, Crews fue un outsider que dio vida a la América profunda y ahondó como nadie en su verdadero ser, dejando un imaginario grotesco, lleno de autenticidad y fuerza poética. Era una poesía freak, de lo monstruoso y lo marginal. Quizá por eso sus novelas tuvieron una resonancia menor de la que merecía su talento. No todos supieron ver una original concepción del mundo a través de sus personajes sonados, primitivos o incompletos. Le gustaban los defectos y las cicatrices. “Una cicatriz muestra que el dolor ha pasado, que la herida está curada” (Scar Lover). Crews, que vivió su infancia en una casa sin electricidad, perdida “al final de un camino de tierra”, escribió para huir del destino sórdido al que parecía abocada su vida. En su inolvidable autobiografía, Una infancia (1978), afirma que “la supervivencia dependía de un crudo coraje, nacido de la desesperación”. Este libro anula cualquier alusión a una supuesta gratuidad de sus novelas. Cuenta la muerte de su padre y los abusos de su alcohólico padrastro, su convalecencia de polio, sus graves quemaduras; habla de la gente que encontró, de “su desamor y fealdad”. Con esta infancia de carencias solo podía acabar siendo un freak o un auténtico escritor. Y fue las dos cosas.

Marine en Corea, boxeador, motero tatuado, alcohólico pendenciero, karateca, maestro de escritores, Harry Crews construyó una leyenda de sí mismo como personaje al borde del abismo. Sorprende que alcanzara los 76 años este hombre que consideraba la escritura como un acto crucial, una afirmación, el compromiso. Todos sus personajes están perdidos en su caverna mental y saben poco de lo que hay fuera, pero actúan. “El conocimiento y la reflexión no consiguen nada”, escribió el autor sureño en Lo que necesitamos del infierno (1987), “el acto es lo que cuenta”. Entre sus autores favoritos estaban Flaubert (“un diamante”) y Graham Greene, de quien se consideraba deudor: del primero tomó su obstinación por la exactitud, del segundo la manera directa y segura de contar una historia.

Crews fue un outsider que dio vida a la América profunda y ahondó como nadie en su verdadero ser

Con su primera obra, Crews alcanzó la plenitud de un estilo propio. En El cantante de gospel (1968) está ya formado su mundo novelístico: un lugar horrible de Georgia del que huir, la tentación de los freaks, la perfección que fascina y que hay que eliminar, la violencia, el corrosivo humor. En la ciudad de Enigma (trasunto de Alma, el pueblo donde nació el autor) un negro ha matado a la chica guapa y todo el mundo espera que venga el cantante de gospel, que era su novio y había nacido en una granja de cerdos que estaba al final de un camino de tierra. Él es la belleza y el talento, su voz hipnotiza a todo el mundo. En cambio, su hermano Gerd es un adefesio. Más de cuarenta páginas preparan la llegada del cantante de gospel con su Cadillac negro y su agente, Didymus, un hombre peligroso para quien “el sufrimiento es el mayor don que Dios le ha dado al hombre”. Gerd sueña con irse a un lugar “donde los hombres no suden, donde las calles sean frescas como el viento y alegres como la lluvia”. El resto de personajes tiene el aire de una alucinación bien real y cierta: la rubia y gélida Marybell; Pie, el gestor de la corte de milagros de los freaks; el sheriff, el convicto Villalee, Hiram, el de las pompas fúnebres, el pirado que se come pollos vivos. El cantante de gospel es venerado como santón y no debería haber regresado a Enigma. Sus padres, que prefieren vivir sin luz junto a los cerdos que en una casa nueva pagada por su famoso hijo, intentan retenerlo en vano.

El explosivo final se fragua con cada frase, con cada palabra. En esta novela, como en La feria de las serpientes o en Car, donde un hombre ama tanto los coches que se come un Ford, desde las bujías al retrovisor, brilla la mejor prosa de boxeador de Crews: ágil, veloz, hostil. Cuerpo (1990) está en la misma línea. Un certamen de culturismo sirve de nuevo para enfrentar los freaks con los seres que buscan la perfección. Cuerpos moldeados con dolor y renuncia versus la bulimia y la fealdad de los que tampoco son normales. Otra feroz sátira, divertida y ácida, de la vida americana con personajes inimitables, magistrales, que acaba con un festín de violencia. Es cierto que la narrativa de Harry Crews, cuyo tema recurrente es la soberbia, tiene un punto pulp, que encontramos en el cine de Tarantino y los Coen, pero se distancia del género con una sutil compasión. A la postre, su gusto por el exceso y la locura, por la épica de lo cutre y la realidad mellada, dejan una huella mayor que la de los escritores convencionales. Echaremos de menos su estilo a tumba abierta, incómodo y profético, la suave dureza de su espejo deformante.

El cantante de Gospel de Harry Crews. Traducción de José Elías Rodríguez Cañas. Acuarela & A. Machado. Madrid, 2013. 318 páginas. 17,90 euros