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Un Arco para melancólicos

Año tras año, volvemos a la feria con el secreto deseo de ver algo que nos sorprenda

Obra de Juan Guaraizabal en la galería Álvaro Alcázar, en Arco. Ampliar foto
Obra de Juan Guaraizabal en la galería Álvaro Alcázar, en Arco.

Año tras año, volvemos a Arco con el secreto deseo de ver algo que nos sorprenda. Aunque sorprender no es quizá la palabra adecuada porque las cosas sorprendentes en Arco tienden a ser esas obras mediáticas que atrapan la atención efímera de aficionados y medios; obras cuya sorpresa dura apenas el tiempo de consumirla y que al final terminan por ser insustanciales, banales, intrascendentes: al menos poco sutiles. La mirada se tropieza con ellas en los telediarios y se pregunta de pronto para qué hablar de esas obras si lo que se busca en realidad es darse de bruces con algo que emocione, que haga soñar, que consiga atrapar los ojos y la imaginación durante el instante privilegiado en el cual olvidamos estar en una feria de arte, sitio poco propicio para aislarse del ruido y mirar con esos ojos ávidos que quieren bebérselo todo. Además, ver lo obvio es la parte sencilla en una feria, lugar que implica cierta gincana para la vista: por muchas horas que se pase uno mirando cada edición hay algo que no se ha visto, algo que un amigo comenta admirado y que nos pasó inadvertido. Lo difícil en una feria, donde hay mucho que ver —incluida la gente que se saluda— y donde son escasas las ocasiones para reflexionar, es ver lo frágil, disfrutar de las obras sutiles que se camuflan para los ojos del espectador. Suele haberlas todos los años, solo que se escurren entre los párpados, mientras lo enorme se pavonea absurdo —y todos a su alrededor—, “entrando en la fiesta como quien entra en un yate”, decía Carly Simon en Eres tan vanidoso,la canción dedicada a su ex-amante Mick Jagger.

Pero este año Arco se ha vuelto sensato: muy sensato. Tanto, que a ratos nos ha puesto un poco melancólicos, aunque lo cierto es que ya llegábamos melancólicos hasta Ifema. A ratos hemos creído echar de menos más acción, como si otros años nos gustara más lo que teníamos delante —si bien tampoco nos gusta nada el momento que vivimos y nos aguantamos—. Personalmente me parece positivo este Arco sensato, como me pareció positivo el Arco más profesionalizado del año pasado, ediciones menos abandonadas a los excesos. Porque no está la cosa para brindis, en primer lugar, y porque el Arco de este año tiene algo —por qué no— de enunciado a su modo político: pese a las circunstancias hay que seguir adelante y demostrar que la realidad no va a poder con nosotros. En medio de una crisis económica prolongada, con un IVA disparado —que hace que las galerías extranjeras vendan quizá aquí y despachen a sus clientes en Lisboa o Londres—, con una administración poco sensible a los problemas en general y en especial a los de la cultura y la educación, todos, incluidas muchas de las galerías extranjeras que vienen desde hace muchas ediciones, han hecho el gran esfuerzo de estar presentes. Discretos y presentes es muchísimo. No hay grandes ostentaciones, sino más bien una apuesta por obras y autores conocidos, discretos, se decía. No faltan sin embargo, claro, algunos grandes maestros, europeos y latinoamericanos —“¿efecto colección Cisneros?”—. Ni faltan algunas increíbles obras maestras, como el enorme cuadro de la serie negra de Maruja Mallo que secuestraba al público en la galería de Guillermo de Osma: otra forma de decir que, pese a todo, hay obras de envergadura en la feria.

Creo que se deben valorar el esfuerzo y la estrategia: discretos y presentes. Es también una forma de estar unidos, de dejar claro que la vida sigue y nosotros con ella. Luego, claro, lo de cada año: las galerías interesantes han traído obras interesantes, como era de esperar, y las menos interesantes, igual que otros años. En cualquier caso, los melancólicos hemos ido buscando nuestra dosis de fragilidad y la hemos encontrado en bastantes de los estands de los Solo Projects, este año especialísimos, frente a Opening que quizá es más previsible que el año pasado en líneas generales. El chileno Álvaro Oyarzún, el portorriqueño Daniel Bubú Negrón o Sandra Nakamura de la Wu Galería de Lima, son solo algunos nombres.

Después, caminando por un costado, el visitante se da de bruces con un “almacén”, una pared entera de obras de menos de 5.000 euros entre las cuales se exhiben no solamente artistas jóvenes, sino consagrados como Juan Hidalgo o Liliana Porter. Las obras seleccionadas por Tania Pardo, entre las muchas que se ofrecen en la casa de subastas virtual Paddle, son un programa nuevo para coleccionistas principiantes. El montaje es divertido y la iniciativa también. Un poco de luminosidad, igual que las delicadas cajas de luz hechas con papel de la galería Nev de Estambul. Luminosidad para este periodo tan oscuro.