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EL HOMBRE QUE FUE JUEVES

Otero gana la Liga Bifurcante

En su día nos revolucionó la cabeza (plural generacional) el famoso “tablero de dirección” de Rayuela,que teóricamente proponía una lectura “aleatoria y libérrima”, al decir de los críticos, y fue un poco triste volver allí para descubrir que el texto sigue ofreciendo mil cosas estupendas pero, ay, ninguna novela alternativa. Que los dioses me perdonen (y uno de esos dioses se llama Julio), pero los irónicamente titulados “capítulos prescindibles” realmente lo eran: un rosario de citas, un mosaico de fragmentos que no creaban nuevas tramas, y que podías leer perfectamente por separado. O no, claro.

Unos cuantos años más tarde, el anhelado jardín de senderos que se bifurcan se levantó, sorpresa, sobre un escenario. El dramaturgo inglés Alan Ayckbourn, que siempre gusta de ponerse retos estructurales en sus obras, hizo que un personaje de Sisterly feelings (1979) lanzara una moneda al aire a poco de comenzada la obra: cada noche, según de qué lado cayera, los cómicos seguían una u otra línea dramática. Ayckbourn no debió quedar contento, porque con Intimate exchanges (1982) tiró la casa por la ventana y convirtió el procedimiento en una apoteosis fractal. En la primera escena, la protagonista tenía que decidir si fumaba o no un cigarrillo, lo que detonaba dos cadenas de acontecimientos que, a su vez, se subdividían en nuevas opciones: cuatro segundas escenas, ocho terceras, y dieciséis epílogos. La obra “completa” duraba dieciséis horas.

Hablando de protagonistas, el de la columna de hoy está tardando unas cuantas líneas en aparecer: es un pequeño homenaje a Tristram Shandy, de Lawrence Sterne, la madre de todas las ficciones bifurcantes, en la que no se sigue el orden temporal sino asociativo, y su narrador no nace hasta el libro tercero. Bien, el momento ha llegado: si cito a Cortázar y a Ayckbourn (y habría que citar también La tournée de Dios, de Jardiel, y ahí me paro) es para orgullosamente proclamar ahora que en esa ardua liga el novelista Miqui Otero ha dejado muy alto el pabellón galaico con La cápsula del tiempo (Blackie Books) al proponer casi una decisión por página (y tiene alrededor de trescientas, de apretada letra) y establecer, agárrense, treinta y siete finales alternativos.

De igual modo, cabe celebrar que en estos tiempos de hiperconectividad, digitalismo y mil zarandajas tecnológicas, su juego funcione con papel puro y duro y notas al pie (“puedes pasar a la página tal o a la página cual”): es una máquina perfecta que no necesita conexión ni gasta pilas. Como en After Hours, de Scorsese (olvidemos su título en español), el protagonista de La cápsula del tiempo vivirá durante veinticuatro horas la más inimaginable serie de desvíos, conocerá a un centón de personajes, será perseguido, caerá en la casilla del amor o la de la ruina y se topará con maleantes shakesperianos (no en vano la historia transcurre en la noche de Reyes) o críos que hablan como el mismísimo Evelyn Waugh. También hay, cómo no, viajes en el tiempo y, cómo no bis, los más brillantes y profundamente sentimentales tienen impronta galaica. Un glorioso secundario lucense llamado Saturnino emigra al Nueva York de los años treinta y cree, en pura lógica, que ha viajado al futuro; su hijo Gaspar corretea por Manhattan, y cuando el padre se lleva a la familia de vuelta a casa piensa que ha viajado al pasado, porque no otra cosa es para él una aldea gallega de los primeros sesenta. Padre e hijo (tercer viaje) escriben entonces una novela llamada Fiebre del futuro, en la que tratan de imaginar cómo será el mundo dentro de medio siglo; novela que, sesenta años después, el viejo Gaspar quiere quemar porque considera, no sin razón, que ha esperado demasiado para publicarla, y que nadie querrá leer una novela futurista ambientada en el presente. Por suerte no lo hace, y así Miqui Otero puede ofrecernos su nada prescindible primer capítulo, del mismo modo que, en otra bifurcación, se abre el legendario Libro Negro de Gottfried Feber von Zweifel, que documenta, a la manera de Zweig, trece instantes estrellados de la historia de la Humanidad.

La cápsula del tiempo es una de las novelas más imaginativas, sorprendentes y entretenidas que he leído últimamente. A Cunqueiro y Casavella, paisanos de Otero, les habría gustado muchísimo. Y a Perec, que si no era de Mondoñedo lo parecía.