Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN

Marcha prenupcial

'Despedida de soltera' es menos agresiva de lo que, probablemente, soñaba ser y no logra zafarse del influjo tóxico de la comedia romántica

Fotograma de 'Despedida de soltera'.
Fotograma de 'Despedida de soltera'.

La nueva comedia estadounidense parece estar expiando sus faltas misóginas, reajustando su mirada sobre lo femenino con ecos de esa tradición screwball que, en los años treinta y cuarenta, demostró que la guerra de sexos podía ser, entre otras cosas, un campo de juegos. Si La boda de mi mejor amiga integró en el catálogo Apatow, con la debida complicidad de Kristen Wiig y Annie Mumolo, modulaciones de la inmadurez en ejemplares de sexo homogamético, en Despedida de soltera el tándem de productores formado por Will Ferrell y Adam McKay parece proponer la respuesta acelerada a ese singular punto de inflexión. Adaptación de la obra teatral Bachelorette a cargo de la propia autora, la debutante Leslye Headland, Despedida de soltera es menos agresiva de lo que, probablemente, soñaba ser y no logra zafarse del influjo tóxico de la comedia romántica —de hecho, el gueto que, de un tiempo a esta parte, el género ha habilitado para el público femenino—. No obstante, la película encuentra, a través de una agradecida concisión narrativa, un notable equilibrio entre su muy contemporánea procacidad verbal y su clásica estructura narrativa.

DESPEDIDA DE SOLTERA

Dirección: Leslye Headland.

Intérpretes: Kirsten Dunst, Isla Fisher, Rebel Wilson, Lizzy Caplan, James Marsden, Adam Scott.

Género: comedia. EE UU, 2012.

Duración: 87 minutos.

En Despedida de soltera, un grupo de amigas que no debía de ocupar ningún puesto privilegiado en las jerarquías de poder de instituto se reencuentra la víspera de la boda de la menos agraciada del pelotón. La previsible juerga se verá interrumpida prematuramente, con un mutis por el foro de la novia ofendida, y los intentos contrarreloj para reparar su vestido durante la accidentada noche centrarán una trama que remite, muy lejanamente, a esas dinámicas persecutorias, con meta en el altar, que tan caras resultaban a Harold Lloyd o al Buster Keaton de la inolvidable Siete ocasiones (1925). Lizzy Caplan es la que más brilla en el conjunto: ella también es el centro de la mejor secuencia sentimental de la película, resuelta en plano fijo con eficaz uso de un tema de The Proclaimers.