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EL LIBRO DE LA SEMANA

El campo llega a la ciudad

El ruso Zajar Prilepin funde el rigor documental con la síntesis narrativa en 'Patologías'

El libro cuenta la sangrienta carnicería chechena, la experiencia más fuerte de su vida

Una pareja atraviesa la devastada Grozny, la capital de Chechenia, en 1995. Ampliar foto
Una pareja atraviesa la devastada Grozny, la capital de Chechenia, en 1995.

Tras los años de autoflagelación de la perestroika, entre los fenómenos relativamente nuevos surgidos últimamente en Rusia está el de la recuperación del orgullo nacional, el sentimiento renacido de ser una gran potencia. Sentimiento y percepción que el poder alimenta y que comparten partidos como el nacional-bolchevique, al que pertenece Zajar Prilepin. Partido, por cierto, dirigido por otro escritor conocido de los lectores españoles, Eduard Limónov. Así pues, estamos ante la primera novela de un representante de un movimiento en el que se combinan el nacionalismo con los ideales del comunismo. Otro aspecto que puede parecer curioso, al menos para una mentalidad occidental ajena al peculiar mundo ruso, es que en la persona de un ruso ultrapatriota y un activista político radical que reivindica los valores del comunismo pueden convivir, entre otras muchas cosas, un periodista independiente, defensor de la libertad de expresión, y un buen escritor, un certero y afilado narrador, un riguroso y rico cronista de su tiempo.

Como ocurrió con otros intelectuales en el pasado —fieles a la vieja tradición de la intelligentsia rusa de servir al pueblo (o quién sabe si sencillamente por la conmoción de la guerra)—, el conflicto de Chechenia fue el detonante de la obra de muchos escritores. (Las intervenciones de las tropas “federales” rusas en el territorio de la República de Chechenia han engendrado una extensa literatura, donde están presentes la épica, el lirismo, el documento y los textos testimoniales). El viejo maestro Valdímir Makanin ha construido, desde la más pura ficción, toda una alegoría sobre el conflicto en su novela Asán (obra que no tardará en aparecer en la editorial Acantilado); Guerman Saduláyev, de origen checheno, crea una breve reflexión poética con trazos documentales en su obra Soy checheno (Siglo XXI), y Arkadi Bábchenko, tras los pasos de Prilepin, crea La guerra más cruel (Galaxia Gutenberg), una también apasionada y caleidoscópica crónica de su propia experiencia en el Cáucaso. Pero una de las primeras obras destacadas que giran en torno a este conflicto fue Patologías (aparecida en 2003). Tras las huellas del padre de todos los cronistas de guerra rusos, León Tolstói, pero metido en faena hasta los codos —no en vano Prilepin, tras una primera estancia obligada en Chechenia, regresa como voluntario al lugar del crimen—, el soldado, el actor y el testigo, recoge con la mirada implacable de un Isaak Bábel el eterno y versátil mundo de la guerra, engendrando un texto donde se funden literariamente el rigor documental con la capacidad de crear una síntesis narrativa de la sangrienta carnicería chechena.

En una entrevista, Prilepin decía sobre sus primeros pasos como escritor: “Me convertí en escritor por necesidad, tenía que dar de comer a mi familia (…). Un amigo me propuso trabajar en el periódico Delo (…), el periódico era ciertamente amarillo, horroroso… Y entonces comprendí que consumía mi vida en vano y me puse a escribir una novela. Primero era una obra sobre el amor, pero poco a poco (trabajé en ella unos tres o cuatro años) se convirtió en una novela sobre Chechenia, como la experiencia más fuerte de mi vida. En nuestro país, dicen, hagas lo que hagas, siempre te sale un Kaláshnikov”.

Estamos ante un texto claro, limpio, de léxico tradicional y popular

En cuanto al estilo, estamos ante un escritor nacido en la Rusia rural que dice seguir los pasos de Gazdánov (autor de la joya Caminos nocturnos, en Sajalín), es decir, persigue la expulsión del texto de toda hojarasca, pero que a nuestro entender, lejos de la prosa proustiana de Gazdánov, se acerca más a su biografiado Leonid Leónov y al realismo de los escritores campesinos Valentín Rasputin, Víktor Astáfiev o Vladímir Tendriakov. Estamos ante un texto claro, limpio, de léxico tradicional y popular y a la vez de una rica oralidad. El lector, gracias a la rigurosa versión de Marta Rebón, parece oír a los personajes y ver, casi palpar, el escenario del caos y puede seguir la mirada y los latidos del siempre verídico y apasionado narrador. Por otro lado, el autor se confiesa seguidor de otro dotado narrador, Eduard Limónov, compañero de armas en la creación y en la política. Son autores de encendido color político, pero rigurosos en su vocación literaria y su pretensión de fieles a la verdad (verdad que se nos aparecerá, es claro, en su tornasolada subjetividad, pero conviene subrayar el respeto al mandamiento de al menos aspirar a la verdad de las cosas).

La novela está formada, como ocurre a menudo en este género de narraciones, por diferentes relatos que construyen el mosaico de su experiencia. Tras un excuso lírico, que el autor llama epílogo, el relato fragmentario avanza en primera persona desde la llegada de un grupo de muchachos en traje de camuflaje que salen de la panza abierta de un avión hasta que de nuevo el héroe y narrador y algunos de sus compañeros retornan al acogedor vientre de la nave que los devolverá al mundo civil, al insulso mundo de las calles, los anuncios y la muchedumbre corriendo Dios sabe hacia dónde, ignorante de que a tres horas de vuelo de su casa la gente se sigue matando.

La obra abrió las puertas a este insólito y sincero joven narrador a la gran literatura

La obra obtuvo un gran éxito y enseguida abrió las puertas a este insólito y sincero joven narrador a la gran literatura. Al cuadro espléndido y sangriento sobre la guerra, sobre la muerte, pero impregnado de vida, de pasión, le siguieron otras obras. Sanka (2006), novela con tintes autobiográficos sobre un joven neocomunista y radical, perseguido por el poder; varios ciclos de relatos, El pecado (2007), Unas botas llenas de vodka caliente (2008), intercalados con varios libros de ensayos y la biografía del escritor Leonid Leónov, y acompañados de un rosario de premios y menciones. Pero Patologías sigue siendo una de esas obras que marcarán una época de la literatura rusa, la de los años 2000.

Patologías. Zajar Prilepin. Traducción de Marta Rebón. Sajalín Editores. Barcelona, 2012. 380 páginas. 24 euros