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'IN MEMORIAM'

Miguel Ángel García Guinea, sabio del románico

Participó en la misión de la Unesco para salvar los restos arqueológicos de la presa de Asuán

El arqueólogo Miguel Ángel García Guinea.
El arqueólogo Miguel Ángel García Guinea.

Mientras el sol de poniente encendía los robledales de Olleros de Paredes Rubias, Miguel Ángel García Guinea, acompañado por todas las iglesias románicas de Valderredible y de la Montaña Palentina, se recogía humildemente en el surco abierto ex profeso para él, en medio de las montañas de la Cordillera Cantábrica, por una naturaleza silvestre cuya defensa había enarbolado tantas veces con la palabra y con la escritura.

Miguel Ángel García Guinea falleció el 5 de noviembre en Santander. Hacía noventa años que había visto la luz de este mundo en Alceda (Cantabria) y era el menor de los ocho hermanos con los que vivió en distintos pueblos o pequeñas ciudades de Cantabria, Castilla o Bizkaia, lo que quizás le fue inculcando ese amor a la naturaleza, a la sencillez y a las pequeñas cosas que conformaron uno de los rasgos más destacados de su personalidad.

Con inclinación claramente humanística inició, siguiendo una profunda vocación, los estudios de Historia, licenciándose en 1947 con Premio Extraordinario. Desde ese momento ingresó en el Departamento de Arte y Arqueología, comenzando una fructífera trayectoria profesional dedicada a la investigación y a la enseñanza.

Hizo su tesis doctoral sobre el románico palentino en los años cincuenta del siglo pasado recorriendo la montaña, Tierra de Campos y el Cerrato en bicicleta. Siempre ha recordado con nostalgia aquellos tiempos no tan lejanos en que los pueblos estaban llenos de gente y los niños y los perros salían a recibirle cuando llegaba sudando a la meta. En 1954 leyó, con Premio Extraordinario, uno de los estudios más concienzudos sobre arte románico español, que abrió una importante vía de investigación para muchos otros trabajos y que aún hoy se sigue reeditando.

De Valladolid y de mano de Martín Almagro, pasó a trabajar en el Museo Arqueológico Nacional y en la Universidad Complutense de Madrid, así como a colaborar en el CSIC hasta que obtuvo la dirección del Museo de Prehistoria de Santander. Era el año 1962 y desde aquel año viviría ya siempre vinculado a su tierra natal, aunque sin desdeñar la investigación en muchos otros lugares. Poco después, y ya como consejero provincial de Bellas Artes, entre otros lugares de interés, pudo quedar bajo protección el casco urbano medieval de Santillana del Mar.

Creó el Instituto Sautuola, en homenaje al descubridor de las cuevas de Altamira, intentando sobre todo aportar aire fresco y dar voz a jóvenes investigadores dirigiendo numerosas excavaciones arqueológicas, vinculadas al ámbito de la Prehistoria, del mundo cántabro y romano e igualmente de época medieval, siendo en este último campo uno de los pioneros en nuestro país. Además de realizar campañas arqueológicas en Jerusalén o en Sudán, participando en la misión de la Unesco para salvar los restos arqueológicos que anegaría la presa de Asuán.

Su extensa producción científica alcanza el doble centenar de publicaciones, entre las que destacan sus estudios sobre el románico de Palencia y de Cantabria y la codirección de los 40 tomos de la Enciclopedia del románico en la Península Ibérica, obra inconclusa aún y que en el año 2003 ya obtuvo un premio Europa Nostra.

Cofundador y primer presidente del Centro de Estudios del Románico y presidente de honor de la Fundación Santa María la Real, fue un trabajador entusiasta hasta el último día. Frugal en la vida y vehemente conversador, recientemente había sido nombrado Hijo Predilecto de Cantabria donde disfrutó de la compañía de familiares, amigos y discípulos. Todos sentimos su partida, pero estamos contentos porque sabemos que ha sido recibido con júbilo en el reino de los capiteles, de los cimacios, de los canecillos y de las arquivoltas.

José María Pérez, Peridis, es arquitecto y humorista.