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Muere Hal David, prodigioso letrista de la edad dorada del pop

El compositor fue pareja creativa de Burt Bacharach en los cincuenta y los sesenta

Ganó un Óscar a la mejor canción por la película 'Dos hombres y un destino'

Hal David en octubre de 2011.
Hal David en octubre de 2011. AFP

Al igual que hubo una edad dorada de Hollywood, donde un buen puñado de directores, actores y guionistas parieron en blanco y negro obras maestras imborrables para la memoria colectiva, hubo un tiempo en que el pop brilló incandescente, con espíritu bendito y sabor a Martini nocturno, gracias a la labor de un grupo de profesionales y amantes de su oficio, que, ajenos a los jóvenes rebeldes e individualistas del rock de la contracultura, captaron a su manera otra cara sentimental de la Norteamérica de los sesenta. Fue el tiempo de Hal David, uno de los mejores y más sensibles letristas de la historia del pop.

Muerto ayer a los 91 años a causa de un ataque al corazón, David se dio a conocer por formar pareja compositiva con otro grande del pop: Burt Bacharach, cuyo nombre suena más entre el público español por su exitosa carrera en solitario y los tributos rendidos por gente como Elvis Costello. Pero David fue la otra gran mitad de canciones perfectamente pulidas como Walk on by, I say a little prayer o The look of love, verdaderos himnos a la elegancia compuestos con Bacharach, a las teclas del piano, y él atareado en la máquina de escribir o con el papel y el bolígrafo.

A cuatro manos firmaron decenas de composiciones en una época gloriosa del pop norteamericano, aquella que surgió a finales de los cincuenta y halló su esplendor en los sesenta entre las paredes del Brill Building, la factoría de compositores localizada en el 1619 de Broadway, a la altura de la calle 49. Por allí pasó una generación de autores sin igual: Jerry Leiber y Mike Stoller, Doc Pomus y Mort Shuman, Jerry Barry y Ellie Greenwich, Carole King y Gerry Goffin, entre otros.

Nacido en Manhattan en 1921, David era hijo de padres austriacos con ascendencia judía. Al cumplir un año, su familia se mudó a Brooklyn, donde el padre regentó una tienda de comida. Su hermano mayor, Mark, fue su inspiración. En los cuarenta y los cincuenta, fue un prolífico compositor de jazz aunque su mayor éxito vino con I don’t care if the sun don’t shine, cantada por Patti Page en 1950 y seis años después por Elvis Presley. David estudió periodismo y trabajó para The New York Post pero durante el servicio militar en Hawai compuso canciones para las tropas y decidió dedicarse a la música como su hermano.

Trabajando como agente libre y formando parte de la asociación de compositores ASCAP, que presidiría en los años ochenta, David compuso piezas para varios artistas, entre ellos Frank Sinatra. Pero su vida cambió cuando conoció a Bacharach, un joven distinguido y formado en la música clásica aunque admirador del jazz y el R&B urbano. Con un sueldo de 50 dólares semanales, ambos empezaron a encerrarse en 1957 en uno de los habitáculos del Brill Building para componer para diferentes músicos y sellos discográficos, como explica Ken Emerson en su libro Always magic in the air. En ese edificio, a dos pasos de Times Square, funcionaban como los guionistas del viejo Hollywood en los estudios de Los Ángeles: trabajaban con las camisas arremangadas, por encargos, ensayando melodías y letras y pensando en las voces más idóneas para cada tema.

Dos de sus primeros éxitos fueron esa especie de country ligeros The Story of my life, de Marty Robbins, y Magic moments, de Perry Como, ambos con memorables silbidos, aunque en su nómina se cuentan decenas de canciones reseñables con Dusty Springsfield (The look of love), Jackie DelShannon (What the world needs now is love), The Carpenters (Close to you) o Tom Jones (What’s new Pussycat?), entre otras.

Trabajaban en la sombra, pero su labor era esencial. Sin ellos, no había música, como sin el director ni el guionista no había película. Al igual que la carrera de Billy Wilder nunca hubiese sido tan brillante sin la labor de un guionista como I. A. L. Diamond, la de Bacharach no hubiese alcanzado una cota tan arrebatadora sin David. Al cuidado estilo y variedad de acentos y matices de Bacharach, en el sonido se sumaba la rica lírica de David, de una gran profundidad emocional, sugerente en el llanto, indescriptible en el éxtasis, ilustrando los tiovivos sentimentales del hombre y la mujer urbanos, en pleno choque generacional con la hambrienta e irreverente juventud norteamericana que se lanzó en brazos del rock y el folk.

La asociación más prodigiosa de la pareja llegó con Dionne Warwick, cantante negra que, con su tierna voz soul, dotó a las composiciones de Bacharach y David de un dramatismo asombroso. Su primer éxito fue en 1963 con Don’t make me over aunque la lista es larga y maravillosa: Walk on by, Alfie, I’ll never fall in love again, The windows of the world (la preferida de David), Anyone who had a heart o I say a little prayer, que la torrencial garganta de Aretha Franklin haría también suya.

Compuso en 1969 Raindrops Keep Fallin' on My Head, la célebre banda sonora de Dos hombres y un destino, que recibió el premio Oscar de la Academia a la mejor canción. También ganó un Grammy por el musical Promises Promises, basado en el guion de Billy Wilder y I. A. L. Diamond de El Apartamento. Bacharach y David se separaron a comienzos de los setenta y el letrista colaboró con otros compositores como John Barry y Albert Hammond, para el que escribió el éxito To all the girls I've loved before.

Pero no fue igual, en parte porque también los tiempos, dominados por músicos que escribían sus propias letras y un negocio a años luz de los cincuenta y sesenta, eran distintos para David, el mayor de los compositores, junto a Doc Pomus, de la generación del Brill Building. Al menos, quedó constancia de que hubo una época en la que el pop se hizo de otro modo, que todavía emociona y que conviene reivindicar, no por una cuestión de nostalgia, qué va, sino por una cuestión de calidad. Cuando hoy vemos triunfar a gente de la talla de Richard Hawley, Andrew Bird o Ron Sexsmith, su delicada música, entregada a estupendos arreglos y letras, nos remite a Bacharach y David, aquellos hombres en un segundo plano. Cuando hoy vemos triunfar series como Mad Men, conviene pensar que esa crónica sentimental de los sesenta quedó captada en las letras de un tipo como David, mucho más cerca de Don Draper que The Beatles o The Rolling Stones, a los que el famoso publicista, aparte, nunca entendió.