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'IN MEMORIAM'

Ángel de Lucas, generoso maestro de sociólogos

Fue uno de los padres de la disciplina en España

‘IN MEMORIAM’

Ángel de Lucas, fallecido el pasado 27 de junio, fue algo más que mi maestro: el amable maestro del don. Ha muerto discretamente, como vivió.

Fue, quizá suene algo grandilocuente, uno de los padres de la sociología española. En los primeros cursos de Sociología que organizó el rectorado de la Universidad de Madrid, entre 1963 y 1965, se encargó de impartir la docencia de Técnicas de Investigación Social. Allí estaban Tierno Galván, Luis Ángel Rojo, Ramón Tamames, López Aranguren, José Luis Sampedro, por citar solo gente que hoy es reconocida, pero también otros que no lo son tanto: entre ellos, Ángel de Lucas.

También estuvo en esa, como la calificó Alfonso Ortí, “insólita experiencia de libertad” académica que fue la Escuela Crítica que surgió de CEISA, que se había originado, en los últimos años sesenta, con el propósito, como afirma Vidal Beneyto, uno de sus promotores, no de formar los “profesionales que reclamaba el mercado” sino de crear “científicos comprometidos con la transformación y el progreso social”. ¡Cómo resuenan las historias!

Luego, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense, junto con Luis Martín Santos y Jesús Ibáñez, abrió un “pequeño túnel”, por el que transitaron, decía Ibáñez, “los estudiantes más inquietos”. Ahí enseñó hasta su jubilación.

Tuvo un papel protagonista en la algarada universitaria de febrero de 1956. Y en 1962, con motivo de su apoyo a las huelgas de mineros de Asturias, estuvo unos meses en la cárcel. Allí tuvo como compañero de celda a Chicho Sánchez Ferlosio, encarcelado por las mismas razones, y que hizo, no podía ser de otra manera, “no había hombre más lleno de ingenio y gracia”, inolvidable su estancia en Carabanchel. “La Rama Dorada (el libro de Frazer), que lee en Mientras el cuerpo aguante (la peli de Trueba), es mío", me decía Ángel, “jamás me lo devolvió” (y no creo que le importase: “no es lo que un hombre consume y atesora lo que le proporciona un nombre de prestigio”, había escrito Ángel en uno de sus escasos textos publicados, a propósito del “comercio kula” y de las “donaciones recíprocas permanentes”).

El día del fallecimiento de Ángel, mientras recorría solitario las calles de Aranjuez, cuando todo el mundo (media España) estaba en el fútbol y “celebraba” no se sabe bien qué, en estos momentos, una victoria de difícil sentido. Busqué en el teléfono (mi memoria andaba algo trastocada) las Canciones silenciosas o silentes de Valentin Silvestrov (el último disco que le regalé: lo había olvidado). Y con la susurrante y triste voz de un barítono ucraniano estuve paseando. Y me acordé, Ángel siempre lo contaba conmovido, de su desolador paseo recorriendo las calles de Madrid, sin rumbo, al atardecer, el mismo día en que el general Eisenhower era recibido en olor de multitudes por esas mismas calles, con ese luminoso que formaban las luces de las ventanas de la Torre Madrid, “IKE IKE”, saludando no se sabía bien qué, el mismo día en que su maestro, Enrique Gómez Arboleya, se había quitado la vida.

Ángel representa algo de la historia no integrado, algo que no se había disuelto en el miserable curso del presente, algo que se resiste a la historia y que aparece, fantasmagóricamente, como conciencia crítica de la instancia sociológica, tanto académica como profesional, y también del reciente proceso histórico español, por decirlo muy rotundamente.

A Ángel le debo (siento hablar así: él nunca pretendería cobrarme nada ni yo tampoco sentí jamás los lazos de obligación alguna) casi todo lo que soy: el sentir como siento, el pensar como pienso (siendo muy distinto a lo que él pensaba). Siempre fue un ejemplo de generosidad: sabio y humilde.

Antonio Vallejos es profesor de Sociología en la UNED.