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crítica: 'The amazing Spiderman'

El innecesario hombre araña

Hace apenas diez años que Sam Raimi llevó a la gran pantalla al superhéroe que mejor ejemplificó la particular revolución que el guionista Stan Lee aplicó sobre el arquetipo a principios de los años sesenta, momento de tránsito entre una percepción monolítica y otra fracturada, inestable y dubitativa del heroísmo. El Spiderman de Stan Lee y Steve Ditko adaptaba las tensiones del superhombre-a-su-pesar al estado de perplejidad del adolescente, con el cuerpo en hormonal transformación y el espíritu en desigual pulso con la realidad. Peter Parker se convertía, así, en espejo hiperbólico del lector tipo de comic-books. Al primer Spiderman (2002) de Raimi se le podían reprochar varias cosas: para los incondicionales del cineasta suponía, ante todo, el ingreso del autor en el contexto de un megablockbuster que, inevitablemente, iba a condicionar la libertad creativa y el vigor plástico del responsable de un manifiesto tan feroz e incombustible como Posesión infernal (1981). Con este The amazing Spidermande Marc Webb como instrumento para ejercitar un juego comparativo demasiado temprano, uno puede, también, apreciar aquellos méritos de la propuesta de Raimi que subestimó en su momento: el cineasta delataba en detalles y decisiones formales su condición de devoto lector de las viñetas de Ditko y lograba acuñar una imagen poderosa en la secuencia del beso bajo la lluvia.

'The amazing Spiderman'

Dirección: Marc Webb.

Intérpretes: Andrew Garfield, Emma Stone, Martin Sheen, Saly Field, Rhys Ifans, Denis Leary.

Género: ciencia-ficción. EE UU, 2012.

Duración: 136 minutos.

La película de Webb es, antes que nada, el perfecto síntoma de la neurosis de un Hollywood empeñado en refundar franquicias para un mercado con memoria de pez o en perpetuo relevo de sus activos adolescentes. Para todo aquel espectador que no haya olvidado en diez años la película de Raimi, The amazing Spiderman se presentará como una redundancia con cierto déficit de estilo —las imágenes más inolvidables parecen responsabilidad del equipo de CGI, no del director—, un protagonista (Andrew Garfield) que da convincente vida al personaje (y hace olvidar la aureola pollopera de Tobey Maguire), y una gradación tonal y cromática hacia el melodrama de amores contrariados y traumas familiares infectado de tonos azulados.

No es una mala película: es una correcta revisión del mito que se antoja innecesaria por llegar mucho antes de lo prudente.