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Documenta 13: política y optimista

La muestra de arte se extiende por toda la ciudad alemana y traspasa sus fronteras hasta Kabul, Alexandría, El Cairo y Banff

Un hombre mira la película 'News from Nowhere. El fin del mundo 2012' de los artistas coreanos Moon Kyungwon y Jeon Joonho en documenta.
Un hombre mira la película 'News from Nowhere. El fin del mundo 2012' de los artistas coreanos Moon Kyungwon y Jeon Joonho en documenta.

Como ocurre cada cinco años, documenta acaba de abrir sus puertas en Kassel para, según se comenta con frecuencia en el mundo del arte, ofrecer un panorama privilegiado de lo que está pasando e incluso anticipar lo que va a pasar en el futuro próximo. De hecho, algunas de las documentas más memorables se recuerdan aún como esos hitos que dejaron constancia de lo que después se impondría como lugar común y hasta fórmula reiterada. En esta documenta 13, que tiene como directora artística a Carolyn Christov-Bakargiev y como segunda responsable a Chus Martínez, la única española con tan alta implicación en este prestigioso acontecimiento además de Octavio Zaya —uno de los comisarios de la edición 11— , se ha optado por una visión muy particular así que, casi seguro, será otra documenta recordada.

No sé si tendrá algo que ver que las dos personas al mando son mujeres -aunque la cronología que ofrece el catálogo y que empieza por Safo y el nombre de Griselda Pollock y Donna Haraway entre los participantes hace pensar que sí-, pero lo cierto es que han sido capaces de crear un relato inesperado dentro de las modas a veces excesivamente obsesionadas con “lo documental” como única fórmula de “lo político”. De hecho, documenta 13 es a ratos muy sensual en sus propuestas, llena que obras que apelan a los sentidos y hasta con abundantes pinturas o dibujos y esculturas entendidas a la manera clásica y, al tiempo, tiene algo radical a cada paso, proponiendo una mirada que reta a lo impuesto y lo subvierte en sus puntos de partida. Esa es una de las características más notables de la propuesta: dar una significación diferente al concepto “político” que en este caso ha dejado de ser dogmático, unidireccional y se ha convertido en un juego extendido, una pregunta siempre abierta, un núcleo que se expande y toma la cuidad entera —la antigua estación, el gran parque, los viejos bunker de la guerra...— , literalmente hablando. De hecho, además de los lugares tradicionales donde la documenta se muestra –las salas de exposición y los principales museos-, en la actual documenta el evento se ha extendido por parajes periféricos, a veces incluso apartados, que el visitante debe perseguir y que, de no ser por lo que se propone desde la organización, ni siquiera visitaría. Se podría incluso decir que no sólo es posible hacerse una documenta a la carta, en la cual cada uno construye su propio recorrido y hasta elige a sus artistas, sino que el recorrido inverso al esperado -empezar por el Fridericianum y el documenta-Halle-, el paseo que comienza en la periferia y termina en el centro, es una fórmula eficaz para comprender las estrategias de representación de la propuesta y, sobre todo, para notar ese juego sutil de relaciones que van tejiendo entre obras en apariencia antitéticas.

Y es que hay muchas formas de ser político, formas inesperadas que tal vez se relacionan con esta nueva era que se abre aún incierta, pero que poco a poco va a dictar unas nuevas reglas del juego. Se trata en esta documenta de un campo expandido que vuelve los ojos hacia el tiempo de una manera muy particular: tiempo que toman las cosas para ocurrir, tiempo detenido, tiempo que requieren ciertas formas de arte, tiempo como fue el tiempo en otros momentos históricos. Y tiempo que se exige al espectador que no puede pasar rápido por los trabajos, como en algunas escenografías al uso, sino que tiene que esforzarse en encontrar y reconocer; en mirar y reflexionar. Nada de satisfacción inmediata, aunque tampoco un esfuerzo exclusivo de análisis a la hora de afrontar las obras. Si es verdad que los trabajos mostrados nos seducen y nos envuelven y apelan a nuestros sentidos, a nuestra pasión por el relato, no es menos cierto que tambalean la mirada complaciente, la que exige verlo todo rápido y pasar a la siguiente experiencia –eso también es una forma de mirada política.

Aunque no solo: si la documenta 13 se expande por toda la ciudad, Kassel se abre al mundo, geográfica y simbólicamente, a través de Kabul, Alexandría, El Cairo y Banff, donde se han organizado y se van a organizar algunas actividades antes y durante del evento –en la propia ciudad alemana se propone un amplio programa, por cierto, bajo el revelador título Quizás . Esa mirada prendida en lo ex-céntrico –desde Kabul o El Cairo, hasta las partes alejadas de las calles principales- es la misma que ha sido capaz de recuperar a mujeres artistas olvidadas por la historia –María Martins o Emily Carr, entre otras-; o formas excluidas por “el gran arte” , como los tapices de Hannah Ryggan contestada por la monumental propuesta de Goshka Macuga, que ocupa brillante la rotonda del Fridericiamun. Princesas bactrianas de piedra –inesperadas y maravillosas- o cerámicas de Antoni Cumella –uno de los artistas españoles presentes, además de Dora García, el joven cineasta Albert Serra, Julio González y Dalí, sobre el cual escribe Ignacio Vidal-Folch-, vuelven a poner de manifiesto ese campo expandido que se mencionaba y que se mezcla en la sala con las botellas pintadas de Morandi y con Lee Miller y los artefactos duchampianos.

Se trata, pues, de un proyecto serio y ambicioso, pero sobre todo optimista pese a abordar muchos trabajos los problemas y conflictos actuales; un proyecto lleno de fuerza en la mayor parte de las propuestas presentadas, un poco un modo de exorcizar los tiempos tristes que vivimos y un buen augurio para el futuro –quién sabe. Hay sorpresas deslumbrantes como El rechazo del tiempo del siempre inteligente William Kentridge; o el video-paseo de Janet Cardiff y Georges Bures Miller, que toman la propia estación para transformar las sensaciones de los espectadores de la forma sutil en la cual suelen trabajar. La propuesta delicada de Tacita Dean, el maxi-collage irónico de Geoffry Farmer a partir de viejas revistas, la crítica colonial de Kader Attia, la sutil biblioteca formada por libros de madera de Mark Dio, se combinan con el perspicaz Francis Alys, el radicalísimo Tino Sehgal, la monumentalidad de Lara Favaretto, el relato excelente de Clemens von Wedemeyer o la propuesta de terapia, a medio caminos entre Jung y los chamanes y que exige al visitante implicarse, de Pedro Reyes, quien comparte el espacio del parque con Joan Jonas o Trockel, entre otros casi cincuenta artistas que se presentan en este área de la ciudad. En el propio parque sorprende el trabajo de Anna Maria Maiolino, que atrapa a la naturaleza en una casa, y la casi antitética propuesta, la obra increibles de Pierre Huygue, quien ha reconstruido, piedra a piedra, incluso las huellas de un camión en el barro, un paraje que crea la sensación de abandonado y destruido y que exige un mantenimiento constante –qué complejo mantener el orden en un caos programado.

A largo del verano se llevarán a cabo algunas residencia del escritores, a la cuales está invitado Enrique Vila-Matas. Los escritores se sentarán a trabajar en el restaurante Dschingis Khan de la ciudad y, dicen las responsables, este set inhabitual ayudará a explorar las posibilidades de la privacidad en un espacio público. Aunque, se me ocurre de pronto, si no se trata quizás de esa exploración del tiempo como fue antes, el tiempo eterno de la cerámica y las princesas bactrianas –al fin y al cabo no hace tantos los escritores trabajaban en la mesa de un café.