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PRIMAVERA SOUND 2012

Y la noche fue negra

The Cure impusieron su lúgubre clasicismo en un concierto triunfal

La actuación de Rufus Wainwright fue peor, no tuvo magnetismo

Robert Smith, de 'The Cure', en el concierto de este viernes.
Robert Smith, de 'The Cure', en el concierto de este viernes. EFE

Por la noche salen los vampiros, los murciélagos, Batman, Drácula y….The Cure. Robert Smith, ojos pintados de negro, pelos Eduardo Manostijeras, vestimenta negra, como la del resto de la banda, salió a escena pasadas las 22:10h de la noche, y el reino de las tinieblas pop cayó sobre la multitud que se arracimaba ante el escenario principal del Primavera Sound. Por delante esperaban unas dos horas de himnos casi luctuosos pero genuinamente pops. Fue, sin dudas, la banda que triunfó en la jornada y en lo que se lleva de festival.

Robert Smith no se ha apartado ni un ápice de su estilo y eso, lejos de condenarlo, le ha dado la inmortalidad. Una base de teclados que aislada del grupo haría rezar novenas a Rouco Varela, un bajo carnoso y oscuro, melodías perfectas y la voz vehemente de Robert Smith, quien parece gritar desde las profundidades de un confesionario, explican este éxito. En el concierto de ayer, de repertorio muy similar al del reciente festival Pink Pop holandés, en su primera mitad ya habían sonado piezas como “Just like heaven”, “Pictures of you”, “In between days”, “A forest”, y The walk”, “Friday i’m in love” entre otras, esperándose para el final la traca con “Let’s go bed” o “Boy’s don’t cry”.

Menos suerte tuvo Rufus Wainwright cuya actuación anterior en el mismo escenario careció de magnetismo, tuvo un ritmo discontinuo y dejó un sabor de boca agridulce todo y que Teddy Thompson le acompañó en guitarra y voz. No fue de lo mejor del día. Eso ocurrió en el Auditori, espacio que depara placer por sólo entrar en él, ya que es como si en un Chiquipark se dispusiese de una habitación acolchada e insonorizada sólo abierta para los padres. Cierto que la gestión del espacio dentro de un festival provoca muchas incomodidades, por ejemplo que no dejen entrar con bocadillos, lo que demuestra que la organización ignora el precio del jamón, pero este ámbito es perfecto para las propuestas que allí ubica la organización.

Allí el primero en actuar fue Nick Garrie, un perdedor sin épica ni aura, un pringado, vamos, aunque en 1969 hizo un disco excelente que pasó desapercibido. Ahora lo recuperaba, y al contrario de otras muchas recuperaciones miserables del pasado, Garrie tiró de canciones que pese a ser desconocidas son clásicas, marcan pauta, estilo y acotan un terreno que muchos otros han hollado más tarde. El pop de Garrie se sostiene en una cosa tan sencilla y a la vez compleja como la canción. Tocó todo el disco en cuestión, “The nightmare of J.B. Stanislas” por orden, que sólo rompió para interpretar en primer lugar a modo de agasajo a un fan “Ink pot eyes”. Cierto que a la banda le faltaban ensayos, pero con delicias como “David prayers”, “Sthepanie city” o “Wheels of fortune” se pueden comprar cualquier cosa, incluso canarios mudos. Porque, entre otras cosas, las canciones de Garrie no son bonitas sólo por el estribillo, sino por su puente y estrofa y por sus arreglos. Por todo. Porque sí, si se permite.

Pero para palabras mayores las de Laura Marling. Ese sí que fue un concierto mayúsculo, superlativo, serio y convincente. Jovencita con una voz extraordinaria, sus canciones, folk muy elaborado, fue recreado con delicadeza gracias a, entre otros instrumentos, contrabajo, viola y banjo. Laura, un cruce imposible entre Vasthi Bunyan y Joni Mitchell, dispuso unas canciones nada lineales, llenas de recovecos iluminados por la inspiración, que no por marcar territorios de dificultad propios de listillas. Los temas crecían poco a poco sin épica, sólo con sensibilidad, como mariposas que nacen y no cesan de evolucionar hasta mostrar la amplitud de la belleza de sus alas. Excelente. Sólo sobró el síndrome de parvulario, esa manía de algún aficionado, sí, en masculino, esto sólo lo hacen los varones, de saludar los primeros acordes de los temas con un sonoro “uuuuuh” que viene a decir “me la sé”. Pasó con “I was just a card” y “The muse”. Luego hasta eso se olvidó. Por su parte, Jeff Mangum fue una muestra de poder y convicción, una voz y una guitarra enhebraron con fiereza un repertorio deliciosamente acústico. Lástima que bastantes aficionados que habían pagado los dos euros suplementarios por ver a Mangum, entraron con la actuación ya comenzada. Un problema más de ese por otro lado excelente recinto que diferencia al Pimavera de otros festivales similares.

Y para la historia del festival quedará también la actuación sorpresa que Wilco ofreció en la mañana de ayer en la tienda de discos Revólver, cuyo tamaño es poco mayor que un local de ensayo. Jeff Tweedy y los suyos ofrecieron un concierto de media hora ante un buen grupo de incrédulos espectadores, ante los que tocaron ocho piezas, entre ellas “Whole love”, “Born alone” y “War on war”. Fue un complemento excelente al concierto de la noche del jueves, un concierto en el que no proliferaron las piezas más populares. La actuación de Wilco en Revólver reafirmo los lazos de la banda con Barcelona. Quizás cuando el Boss se retire...