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CRÍTICA: 'Y SI VIVIMOS TODOS JUNTOS'

Jubilados en rebeldía

Los jóvenes franceses que en mayo de 1968 levantaron sus voces en contra del poder son buena parte de los jubilados de hoy. ¿Cambiaron el mundo o el mundo les cambió a ellos? ¿Cuánto de aquel contexto económico y político se está repitiendo ahora? Los primeros minutos de ¿Y si vivimos todos juntos?,segunda película de Stéphan Rebelin, parecen plantear estos interrogantes. Entre el cáncer terminal, la amenaza del asilo, y el cansancio físico y mental, se abren paso los ideales, las ganas de vivir, de colaborar, de perpetuar, de cohabitar. Y, sin embargo, tras un planteamiento con espíritu crítico acaba escondiéndose una condescendiente comedia dramática que solo será agradable si se ve con cierta abulia sociopolítica.

Como punto de partida, la película promueve una especie de trasvase de las comunas de su juventud hasta la reunión de un grupo de cinco amigos jubilados que deciden vivir en el mismo hogar. Ahora bien, el guion sobrevue la por infinidad de temas de interés sin llegar a detenerse en ninguno: del sexo en la vejez al peso del pasado, tanto el personal como el político; de las dificultades en la convivencia a causa de los achaques físicos a la memoria en toda su extensión, de Mayo del 68 al alzhéimer. Así, como en su cobarde última escena, la película huye cada vez que se pone peligrosa, en pos de un estilo cinematográfico que poco tiene de conciencia crítica y sí mucho de válvula de escape basada en la amabilidad.