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Las joyas de la Biblioteca Nacional salen de paseo

Unos 30 museos españoles acogerán el diálogo entre obras de la institución y piezas propias

La reina Isabel de Farnesio, pintada por Miguel Jacinto Meléndez (1727).
La reina Isabel de Farnesio, pintada por Miguel Jacinto Meléndez (1727).

Tras las cortinas del éxito se agazapan a menudo los perdedores. El pintor Miguel Jacinto Meléndez (Oviedo, 1679-Madrid, 1734) es uno de los tapados por la apoteosis del Siglo de Oro español. Un secundario ignorado que tuvo durante décadas dos de sus obras maestras en un pasillo sin perspectiva de la Biblioteca Nacional. Cada vez que pasaba ante aquellos óleos del rey Felipe V, fundador de la institución, y de Isabel de Farnesio, su segunda esposa, Elena Santiago se espantaba ante la injusticia: “Pero si son buenísimos, deberían estar en el Prado”.

Medio siglo después, ahí están. Desde hoy. Y solo por unos días (hasta el 8 de julio), los dos retratos encargados a Meléndez para la BNE se enfrentan a los que posee el Museo del Prado de la pareja real, pintados por el mismo autor unos años antes y más estandarizados. El encuentro ha sido posible gracias a una iniciativa enmarcada en la celebración del tricentenario de la BNE, que llevará algunas de sus singulares obras a 30 museos y que ha sido bautizada como Otras miradas.

Un viaje inusual que permitirá curiosos diálogos, o incluso monólogos como el de Valeriano Domínguez Bécquer consigo mismo. En el Museo del Romanticismo podrán verse dos ejercicios casi contrapuestos: el esbozo del retrato de su hermano poeta, realizado en 1856 y titulado Portrait of Bécquer, y un óleo intimidatorio del mismo año, El conspirador carlista. Escribe Andrés Trapiello que juntar ambas obras le evoca el epitafio de Larra: “Aquí yace media España. Murió de la otra media”. “La media España, la noble, idealista, ilustrada y romántica España que murió joven de la otra media que, envejecida y taimada, agazapada y cerril, parece esperar su momento masticando torva y eternamente la palabra esperanza, con la esperanza, sí, de quitársela a todo el mundo”, escribe el autor de Los amigos del crimen perfecto.

Otras miradas, organizada entre la BNE y Acción Cultural Española, se estrena en 10 museos madrileños y continuará a partir de julio en otros 20 centros. Viajarán piezas notables de la BNE, como obras de García Lorca (a Granada, claro está), Clarín (a Oviedo), Goya (a Pamplona), Zurbarán (a Sevilla) o El Greco (a Toledo). En el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona se contrapondrán el retrato de Satie, el compositor capaz de avivar la añoranza por lo que aún no ha ocurrido, realizado por Santiago Rusiñol, con una obra de Picasso, según explicó el comisario Juan Manuel Bonet. Algunos anfitriones aprovecharán la cita para airear oportunas galas: el Palacio Real mostrará cuatro Stradivarius (dos violines, una viola y un violonchelo, que habían sido ofrecidos por el propio Antonio Stradivari al rey Felipe V y que finalmente fueron adquiridos por su sucesor), el Reina Sofía realzará con el óleo La tertulia del Café de Pombo (1920), de José Gutiérrez Solana, los manuscritos de Gómez de la Serna sobre aquella tertulia madrileña y el Museo Lázaro Galdiano acompañará con un retrato de Juan Carreño de Miranda el original de La vida y hechos de Estebanillo González.

Pero si alguien brilló ayer en la sala del Prado donde cuelgan una decena de obras de Miguel Jacinto Meléndez –seis de las cuales son migraciones de la Biblioteca- fue Elena Santiago, jefa de servicio de Dibujos y Grabados de la BNE hasta su jubilación. Medio siglo después de comenzar a investigar la vida de aquel pintor escondido en un pasillo, es una indiscutible especialista, que en unas semanas presentará su monografía del artista. “Absorbe todas las influencias, las mezcla y les da una personalidad propia”, subrayaba ayer la experta mientras destacaba el contraste entre los espumosos encajes, el brillo metálico de las joyas y la delicadeza de la mano de Isabel de Farnesio al apuntar hacia el retrato del Felipe V. Su maestría no le ahorró una sucesión de derrotas. Perdió los favores del rey en beneficio de Jean Ranc; perdió la firma para la historia frente a su sobrino, el bodegonista Luis Meléndez; y perdió la posteridad al morir. Lo único que salva a los olvidados como él es que de cualquier imprevisto pasillo surge dispuesto a rescatarles.

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