65º FESTIVAL DE CANNES
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Días de aguacero y cine soporífero en La Croisette

Cualquier visitante ocasional o asiduo de Cannes sabe que, además de la gran fiesta del cine, supone una máquina de hacer dinero

Cualquier visitante ocasional o asiduo del Festival de Cannes, lo haga por trabajo, por placer o por la necesidad de exhibirse en la feria de las vanidades, sabe que además de la gran fiesta del cine, que es como suelen definirlo sus publicistas y los periodistas de imaginación plana y enamorada del tópico, el festival también supone una máquina de hacer dinero, una industria armoniosamente engrasada para cumplir ese objetivo. Cannes ofrece todo tipo de tentaciones a precios caros para que los visitantes consuman sin tregua. Pero también dispone de una climatología excepcional durante el mes de mayo. No pasas calor ni frío, la manga corta es muy adecuada para el día y la noche solo precisa de una chaqueta ligera. Y por supuesto, ves ritualmente millares de esmóquines y vestidos de gala ya que son las únicas prendas que se permiten en las sesiones oficiales de la tarde. Si añadimos la fantástica luz que caracteriza a la Costa Azul en primavera, el marco resulta esplendoroso. Si no supieras que la naturaleza es caprichosa y hace lo que le da la gana, creerías que esa temperatura y esa luminosidad también están creadas desde un ordenador infalible, el mismo que logra que en la organización de este inmenso negocio a lo largo de 13 días no falle ningún elemento.

Lo peor que podía ocurrir en Cannes es que un día especial cayera tibiamente agua del cielo, pero lo normal era que un rato después volviera a salir el sol. Incluso eso tenía cierto encanto. Pero este año algunos dioses malignos se han conjurado, o a lo peor han sido contratados por otro futuro festival que pretenda algo tan osado como intentar hacerle la competencia a Cannes en las mismas fechas, para que no pare de llover desde hace tres días, sin prisas y sin pausas. Y el agua también viene acompañada de un frío molesto aunque soportable. Es la primera vez que que observo algo así en los 25 años que llevo viniendo aquí. Y todos los rituales y las costumbres que se practican en Cannes sufren por ello. La alfombra roja se sube a toda prisa y con paraguas, los infinitos mirones no tienen nada que ver, las múltiples fiestas que se organizan todas las noches en la playa pierden su sentido, retiran las terrazas en los bares y restaurantes que no están cubiertos, se difumina el eterno y lujoso escaparate que está encarnado en las calles, el desfile ancestral de escotes y faldas cortas necesita abrigarse ante el peligro de agarrar un catarro serio o una pulmonía. Los únicos personajes que consecuentemente están encantados con la ira del cielo son los vendedores callejeros de paraguas, todos ellos negros y con pinta de atravesar una supervivencia muy dura. Y siempre deseas que se prolongue la alegría en la casa del pobre, pero también es humano anhelar que deje de llover de una puñetera vez.

Ante semejante inclemencia del tiempo los espíritus sensatos deducirán que no existe un refugio tan grato como estar dentro de una sala de cine mientras que te cuentan historias en la pantalla. Pero en mi caso no ha sido así durante la aciaga jornada de ayer. Es más, la opción de empaparme o de observar melancólicamente la lluvia desde un soportal, un café o la habitación de mi hotel, me parecía más envidiable que soportar las películas que exhibió la sección oficial.

Una es Like someone in love, dirigida por el pope iraní Abbas Kiarostami, señor al que últimamente le ha dado por ampliar su visión del universo y localizar sus historias fuera de Irán. Hace dos años concibió en la Toscana Copia certificada. Ahora ha decidido expresarse en Japón. Lo que no tengo claro, como casi siempre en su cine, es qué ha pretendido narrar. En cualquier caso la anécdota que desarrolla esta película es de una levedad alarmante y el estilo para hacerlo aún más plúmbeo que cuando rodaba en Irán. Un adinerado cliente convence a una chica que además de estudiante ejerce de puta para que vaya a casa de un anciano profesor. Pero él solo quiere hablar y ella lógicamente se duerme. Al días siguiente, el novio de la dama, le cuenta su torturada relación con ella al anciano, creyendo que este es su abuelo. El malentendido se aclarará violentamente. Fin. Son dos horas de planos morosos en los que no ocurre nada que despierte el menor interés, diálogos absurdos, momentos pretendidamente dramáticos que resultan involuntaria y grotescamente cómicos. He creído escuchar algún abucheo en la sala, algo insólito en un festival que considera a Kiarostami como una de las tres o cuatro cosas más sublimes que le han ocurrido al cine actual. Ellos sabrán por qué.

La otra viene firmada por un señor de 90 años llamado Alain Resnais. Y celebro mucho, como en el caso de Manoel de Oliveira, que sigue en activo a los 102 años, que Resnais continúe haciendo las películas que desea, pero reivindico mi sagrado derecho a aburrirme infinitamente con su expresividad. Me ocurría antes, cuando la crítica aseguraba que era el gran mago lírico que jugaba enigmáticamente con el espacio y el tiempo, pero mi estado no ha cambiado en las últimas décadas de su cine, en las que habla fundamentalmente del teatro, sus misterios y su profunda relación con la vida. En Vous n‘ avez encore rien vu, un autor teatral que acaba de morir deja el encargo de convocar en su mansión a los actores y actrices con los que trabajó en diversas representaciones de Eurídice para que observen en una pantalla otra versión de su obra interpretada por una compañía juvenil. Y, cómo no, los viejos actores reflexionan sobre el amor, la vida, el paso del tiempo, la muerte y demás trascendentes cuestiones. Creo que pillo el mensaje, pero aún así, tengo que luchar durante toda la proyección para que no se me cierren los párpados. Al encenderse las luces de la sala, deduzco que no lo he conseguido.

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