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65º FESTIVAL DE CANNES

Hillcoat entretiene y Mungiu agota

'Lawless' tiene nervio, pero le falta algo para ser la película definitiva sobre la 'ley Seca'. 'Beyond the hills' es intensa, aunque fatigosamente repetitiva

Las actrices Mia Wasikowska y Jessica Chastain, en la presentación de Lawless, en Cannes.
Las actrices Mia Wasikowska y Jessica Chastain, en la presentación de Lawless, en Cannes. Getty Images

El director australiano John Hillcoat no solo consiguió hacer una adaptación modélica de La carretera, esa terrible novela de Cormac McCarthy sobre el apocalipsis y la decisión de un padre y su niño de intentar sobrevivir. También ha logrado que su paisano Nick Cave, ese músico profundo, legendario, desgarrado y lírico le escribiera varios guiones para sus películas. La experiencia debió de resultar enriquecedora para ambos ya que han vuelto a repetirla en Lawless, ambientada en un período de la historia de Estados Unidos que le ha ofrecido un material inagotable y muy jugoso no solo al cine de gánsteres sino también a las series de televisión, incluyendo la reciente y soberbia producción de HBO Boardwalk Empire. Se trata de la ley Seca, aquella prohibición absurda —o tal vez estratégica— de fabricar y consumir alcohol que sirvió fundamentalmente para que la Mafia se enriqueciera escandalosamente transgrediendo esa ley y creando un foco de sobornos y corrupción en el que figuraban políticos, policías, jueces y demás pilares de la sociedad.

Nick Cave y John Hillcoat se centran en Lawless en una familia de Virginia compuesta por los tres hermanos Bondurant, personajes que fueron reales y crearon leyenda. Estos pueblerinos rocosos, en posesión de principios, respetados y temidos por sus vecinos, fabricaban ancestralmente alcohol en sus propias y clandestinas destilerías. Su pequeño negocio se complica cuando el crimen organizado decide tener la exclusiva de él. También intervienen policías siniestros que practican idéntica metodología que los criminales y la justicia se ejerce con arbitrariedad.

Hillcoat crea una ambientación notable de esos paisajes y esa época y describe con violencia brutal y creíble la guerra desigual entre esos garrulos astutos, a los que las leyendas de la comarca aseguran que son inmortales y los sofisticados y crueles representantes de la ley que les quieren robar el negocio y la dignidad. Es una película realizada con nervio, diálogos trabajados, imágenes potentes y buenos actores (por cierto, no puede ser casual que en el cine más estimulante que nos llega de Estados Unidos en los últimos tiempos, figure inevitablemente en su reparto esa actriz camaleónica y admirable llamada Jessica Chastain), pero a la que le falta algo para convertirse en la película definitiva sobre la ley Seca. Se ve y se escucha con interés, pero la huella que deja se evapora pronto.

El director rumano Cristian Mungiu compitió hace cinco años en Cannes y ganó una muy justa Palma de Oro con la escalofriante Cuatro meses, tres semanas, dos días, una crónica terrorífica sobre la sordidez ambiental y el control policial en la Rumanía de Ceaucescu, a través del calvario de una chica que intenta abortar clandestinamente y de la amiga que la ayuda.

Estas brillantes referencias hacían esperar lo mejor de Beyond the hills, que narra el retorno de una mujer sola y rota a su ciudad natal después de haber trabajado en Alemania, buscando desesperadamente a la amiga y amante que compartió con ella en un orfelinato la infancia y adolescencia. Pero esta ha ingresado en una comunidad religiosa y ortodoxa regida por leyes férreas e intolerancia absoluta hacia los que tienen resquicios en su fe. El intento de integrar en la orden a la enloquecida visitante da lugar a situaciones paroxísticas y sombrías, a la convicción de que el diablo se ha reencarnado para destruir esa comunidad y hay que detenerlo y exorcizarlo con cualquier medio. Lo que cuenta Mungiu es intenso y trágico, pero también espeso y fatigosamente repetitivo. Te contagia el malestar y el miedo durante un rato, pero el problema es que su historia dura innecesariamente 150 minutos y a partir de la primera hora ese retrato del dolor y del paroxismo se te hace eterno.