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La nieta del guerrillero y el hijo del guardia civil

Almudena Grandes viaja a Madrid con los protagonistas de 'El lector de Julio Verne'

Almudena Grandes, en el palacio de la Mota en Alcalá la Real, en Jaén.
Almudena Grandes, en el palacio de la Mota en Alcalá la Real, en Jaén. JOSÉ MANUEL PEDROSA

A ella se le hace raro vivir al lado de los protagonistas de su ficción, pero así es la vida y así es su literatura. Almudena Grandes inició con Inés y la alegría su ciclo novelístico Episodios de una Guerra Interminable, sobre las consecuencias dramáticas de la contienda civil española, y de pronto la historia viva salió a su encuentro. De ahí nació El lector de Julio Verne, que anoche desembarcó en Madrid, donde autora, protagonistas y editores (Tusquets) celebraron el éxito de la nueva novela de la serie.

Un profesor, hijo de guardia civil, Cristino Pérez Meléndez, leyó que el segundo episodio de la saga tendría que ver con la Sierra Sur de Jaén, de donde era su familia, buscó a la novelista madrileña y le contó la historia que oyó de chico, sobre la persecución y muerte de Tomás Villén, a quien llamaban Cencerro, un guerrillero que fue perseguido por la guardia civil, precisamente, y que se suicidó antes de que lo agarraran aquellas fuerzas del orden franquista.

Esa historia es, desde marzo, cuando el libro llegó a las librerías, el trasunto de El lector de Julio Verne, que Tusquets (donde publica Almudena desde Las edades de Lulú) trajo a Madrid anoche, en un acto que llenó el Círculo de Bellas Artes de lectores de ese libro y de toda la obra de la autora de Malena es un hombre de tango.

Cristino es Nino en el libro, y lee a Julio Verne, compulsivamente; la delicada raya entre la ficción y la realidad persigue a la serie, adrede; Almudena Grandes se ha valido de lo que ocurrió, que fue en lo dramático simbólico de la parte más dura del siglo XX en España, como ella dijo, y que se instaló desde entonces en la fábula popular que hablaba de ello en cuchicheos.

La historia de Cencerro, que Cristino le contó a Almudena, tenía nombre y apellidos, y descendientes. Uno de ellos es la nieta del guerrillero, Esther Palomera, que ya en Jaén (en Fuensanta de Martos, cuando salió el libro) contó muy minuciosamente lo que pasó aquel 17 de julio de 1947, cuando se suicidó el abuelo. Como contó el periodista José María Calleja, que presentó el acto, aquel fue un momento en el que la posguerra conoció una noticia de dignidad: la mujer de Cencerro, embarazada, le había dicho a la guardia civil que en efecto Villén era el padre de la criatura, y había sido torturada y encarcelada, de modo que cuando murió el guerrillero fueron su hija y otros parientes de éstos quienes tuvieron que amortajarlo.

Esa noticia de dignidad de la que hablaba Calleja fue especialmente escalofriante, pues la guardia civil y los habitantes de Valdepeñas de Jaén, donde murió Cencerro, organizaron una fiesta macabra en torno al cadáver, que finalmente fue rescatado por los familiares del guerrillero. La ficción retrata el instante, pero anoche, cuando fue evocado, la realidad regresó al escenario como una metáfora hiriente de la peor etapa de la crudeza de la posguerra. Era el 17 de julio de 1947.

Cristino escuchó todo eso y se lo contó a Almudena. Ahora ese relato que vivió en el cuchicheo silencioso de la leyenda es la espina dorsal del libro; la escritora le ha añadido ficción, pero incluso la ficción se acerca a la realidad de lo que hubo. Lo corroboró Esther Estremera, la nieta. La represión de la posguerra persiguió la historia del abuelo como si la presencia de éste en la vida tuviera que desaparecer. “Éramos una familia sin abuelo”. Que Almudena Grandes se fijara en ese relato y en sus circunstancias reales ha sido para la familia de Cencerro una liberación y una alegría, hasta el punto, dijo Esther, que para ellos ahora Almudena Grandes “es una bendición”. El abuelo no fue un bandolero, fue un guerrillero, un maquis; el miedo a decirlo ha pasado a ser el orgullo de haberlo tenido tan cerca, y en ese orgullo este libro es como la piedra en la que se asienta el alivio de poder contar la historia sin ser perseguidos por ello. “Antes, para mí”, explicó Esther Estremera, “Almudena Grandes era una escritora; ahora es también la mujer que ha hecho posible que una parte de la historia de España no sea una historia secreta. Y una de las partes de esa historia secreta era mi abuelo”.

Cristino, que es Nino en el libro, y cuya peripecia sienta la historia en los parámetros de la novela, escuchaba, en el cuartel de la guardia civil, la parte de allá de la represión. La novelista lo ha recreado, “y me ha dado como una segunda infancia; Oscar Wilde dijo que la naturaleza imita al arte. En el caso de mi propia experiencia la valida. De esas dos infancias una es real y otra es ficticia, pero ahora puedo decir que las dos tienen que ver”.

En sus conversaciones con el que luego iba a ser trasunto de su personaje, a Almudena Grandes se le quedó grabada la imagen de Cristino leyendo en un taburete, moviendo las piernas que no llegaban al suelo. “Esa imagen me puso a escribir el libro”. Dijo la novelista: “La verdad y la ficción se persiguen por las páginas de la novela”. En la noche del Círculo, evocando lo que pasó en la Sierra Sur de Jaén, los lectores de Almudena Grandes, que disponen del libro desde marzo, pudieron sentir ese latido doble, la ficción y la realidad contando el drama desde miradas distintas que confluyen en una sola: hasta que la historia no se puede contar sigue doliendo. Esther Estremera quiso terminar su estancia en la mesa, junto a la novelista y al hijo del guardia civil que oyó la historia de su abuelo, con una invocación al juez Garzón, que quiso salvar la memoria histórica y que es de aquellos pagos donde ocurre la represión que narra El lector de Julio Verne.

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