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Paisaje ético de la gran depresión

El director Miguel del Arco estrena en el teatro Español 'De ratones y hombres'

La obra de Steinbeck refleja la fiereza del mundo laboral durante la Gran Depresión

Un momento del montaje 'De ratones y hombres', en el teatro Español.
Un momento del montaje 'De ratones y hombres', en el teatro Español.

John Steinbeck escribió De ratones y hombres con un ojo puesto en el teatro: la novela tiene solo 10 personajes, sus capítulos son puro diálogo, se ventilan cada uno en un escenario único, y su longitud total es la de un drama de O’Neill. A los nueve meses de publicarla, se estrenaba la versión escénica: Wallace Ford interpretó a George Milton, el bracero utopista que sueña con encontrar su pequeño paraíso perdido y cultivarlo, y Broderick Crawford a Lennie, gigante sonado, alter ego de George, una criatura simple, tierna y brutal, incapaz de controlar sus emociones y su fuerza física. A través de su amistad, Steinbeck contrapone dos modos de ver la vida: el de los individualistas feroces, y el que George abraza el día en que acepta hacerse cargo del desafortunado Lennie.

Steinbeck se alinea con los cooperadores, pero sabe que los darwinistas tienen la sartén por el mango: nuestra única esperanza, viene a decirnos a través de esta parábola sobre la soledad, estriba en encontrar aliados para cultivar el huerto de la vida, a la volteriana manera. La puesta en escena de Miguel del Arco estrenada en el teatro Español refleja con plasticidad la fiereza del mundo laboral durante la Gran Depresión y la suerte que acecha a los débiles, pero junto a escenas brillantemente resueltas (como la de la muerte del perro, en la que los actores sostienen a pulmón un tenso y prolongado silencio en espera del disparo que no acaba de llegar) hay otras donde el crudo drama social y humano de la novela adquiere un tono melodramático.

Fernando Cayo, intérprete de George, está francamente bien: poco importa que su prosodia sea demasiado pulida para un jornalero, porque su físico, tono y maneras dibujan el contorno plausible de un hombre rudo pero noble. Roberto Álamo recrea a su hercúleo compañero discapacitado psíquico con convicción y bravura, pero sin trascender el cliché. Y la protagonista femenina detonante del trágico final, una voluptuosa provinciana enferma de soledad, sobreactuada por Irene Escolar queda convertida en una refinada jovencita ligera de cascos, que no pierde ocasión de arremangarse la falda.

En sus papeles de carácter, destacan Eduardo Velasco, Rafael Martín y Alberto Iglesias. Slim, personaje cuya equidistancia y autoridad hacen de él una alegoría del buen juicio, aparece aquí desdibujado y sin trazas de tales atributos, y Crooks, el mozo de cuadra negro, es un tipo malicioso en vez del noble animal apaleado que muerde por si acaso. La versión española, escrita al alimón por Juan Caño y por Del Arco, suena muy bien: franca y coloquial. Aunque el montaje adelgace los grandes temas de Steinbeck, por lo visto durante el estreno va a conectar con un público amplio.