_
_
_
_
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Pornografía del dolor

Tratar el 11-S como una apoteosis del sentimentalismo y de la abyección, como hace Stephen Daldry en 'Tan fuerte, tan cerca' es jugar sucio

Javier Ocaña
Thomas Horn y Max von Sydow en 'Tan fuerte, tan cerca'.
Thomas Horn y Max von Sydow en 'Tan fuerte, tan cerca'.

En un momento de Tan fuerte, tan cerca, película de Stephen Daldry sobre el 11-S, el personaje de Max Von Sydow viene a decir al crío protagonista que “no está bien” que escuche una y otra vez (y, sobre todo, que se empeñe en ponérselos a él) los mensajes de su padre grabados en el contestador de casa poco antes de perecer en la tragedia. En un acto de conmiseración, el anciano quiere mostrarle que su obcecación es impudorosa, atroz y casi malsana. Aunque lo que resulta llamativo es que Daldry y sus compinches no se hayan aplicado el cuento y hayan caído en el error del niño ¡durante toda la película!, una apoteosis del sentimentalismo y de la abyección que convierte su obra en pornografía del dolor.

Tan fuerte, tan cerca

Dirección: Stephen Daldry.

Intérpretes: Thomas Horn, Sandra Bullock, Tom Hanks, Max von Sydow, Viola Davis.

Género: drama. EE UU, 2011.

Duración: 129 minutos.

Desde el primer plano, Daldry juega sucio. Pretender hacer poesía visual con la caída de un hombre al vacío desde las Torres Gemelas sería como filmar la lenta muerte de los judíos en las cámaras de gas (y decenas de ejemplos más) con música de piano y voluntad esteticista. Como decía Godard, a partir de una mítica crítica de Rivette en Cahiers du cinéma, respecto de un discutible movimiento de cámara en Kapò: “El travelling es una cuestión moral”. Daldry, autor de las excelentes Billy Elliott y Las horas, se hunde por culpa no solo del fondo, que también, sino por la forma. Su grandilocuencia traslada la película hacia la histeria, pero no para mostrar la agitación social provocada por el día en el que el mundo cambió, sino para aprovecharse del dolor y componer una vacía oda al sensacionalismo y al pensamiento acrítico; para transformar al niño, extremadamente inteligente y sensible, en un crío insoportable, redicho y (perdón, es una metáfora) casi abofeteable. Ojo, no es que no se pueda tratar el 11-S, es que hacerlo como lo ha hecho Daldry es rastrero.

Toda la cultura que va contigo te espera aquí.
Suscríbete

Babelia

Las novedades literarias analizadas por los mejores críticos en nuestro boletín semanal
RECÍBELO

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Javier Ocaña
Crítico de cine de EL PAÍS desde 2003. Profesor de cine para la Junta de Colegios Mayores de Madrid. Colaborador de 'Hoy por hoy', en la SER y de 'Historia de nuestro cine', en La2 de TVE. Autor de 'De Blancanieves a Kurosawa: La aventura de ver cine con los hijos'. Una vida disfrutando de las películas; media vida intentando desentrañar su arte.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_