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Reportaje:

El lujurioso arte amazónico

Quince fotógrafos peruanos retratan el lado más salvaje de la ciudad selvática de Iquitos

"...estás prendida en mí como bailarina hipnótica de Kaliente o Explosión, como tigresa fosforescente de ojos láser y discoteca; recorres mis venas como una anaconda poderosa, iridiscente". Así evoca el artista peruano Christian Bendayán la ardiente ciudad de Iquitos, en la amazonía de su país. Es uno de los abanderados de una estética de alucinaciones lujuriosas, presente en las calles de esa ciudad, en su gente, en el aire polinizador que se respira.

La exposición La ciudad es una selva. Recuerdo de Iquitos, que se presenta en Casa de América hasta el 22 de mayo (Plaza de Cibeles, Madrid) es una baraja de imágenes reunidas por Bendayán. Realizadas por él y otros catorce destacados fotógrafos, son una galería de instantáneas de personajes descarados y exuberantes, de una pintura urbana radical que anuncia sexo, transpira violencia y provoca sorpresa y hasta risa. Sí, es tan extremamente machista, burda, vulgar y desprejuiciada, que sólo un puritano se indignaría.

Más del 60% del territorio de Perú es selva amazónica. En esa región dominada por el gran río-mar que le da nombre, no todo es naturaleza. La urbe más poblada es Iquitos, con 406.000 habitantes. Una ciudad bañada por el río que jamás llegó a ser fundada, que creció como crece todo en ese clima frondoso, sin control, en formas caprichosas, casi monstruosas. "Iquitos es una ciudad que reclama ser observada desde la embriaguez, la sexualidad, la alucinación y el ensueño. Un lugar donde el dolor y la pobreza se bailan; y este es su álbum íntimo", escribe el comisario en su presentación.

Bendayán, que en su obra personal como artista recoge el lenguaje estético y simbólico de este mundo, ha seleccionado trabajos de fotógrafos de amplia trayectoria, como Billy Hare, junto a la de reporteros como Renzo Giraldo, Ana Cecilia González Vigil, Yayo López, Musuk Nolte, Gihan Yubbeh o Miguel Carrillo. Ellos recogen retazos de la intensa vida nocturna de esta ciudad, un escenario que compensa la escasez y la frustración de la existencia. Pinturas murales y carteles callejeros hechos por manos autodidactas, desprejuiciadas, con pintura adecuada para brillar con luces negras de discoteca cutre.

Uno de los pintores de murales callejeros que recogen estas fotos es Lu Cu Ma, un exdelincuente que ha pasado la mayor parte de su vida en diversas cárceles. Realiza desconcertantes composiciones como la del Cristo de rizadas pestañas, con los nombres de las prisiones tatuados en sus brazos, sobre paisajes sangrientos entre rejas a un lado y de vegetación impenetrable del otro. Travestis, prostitutas, espectáculos con serpientes y chamanes para turistas. Fotos anticuadas de parientes, interiores con peluches y altares atiborrados. Un arte degenerado y extraño, exótico hasta el límite. La cara B del idílico pulmón del mundo.