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Reportaje:

El niño afgano que sonreía a la muerte

El libro 'En el mar hay cocodrilos' narra el viaje dramático del pequeño Enaiatollah de Afganistán a Italia

El silencio es el mismo. Al menos en esto el pueblo afgano de Nava y las afueras de Turín, en el norte de Italia, se parecen. Pero entre los dos extremos del viaje de Enaiatollah Akbari hay más de 5.000 kilómetros, recorridos en camión, bote, autobús y hasta andando, cuando hacía falta. La diferencia se nota sobre todo en la luz. "En Afganistán hay una cambio brutal entre el día y la noche. Cuando cae el sol, no se ve nada más que las estrellas", explica Ena, gorra de béisbol y sudadera blanca a la moda. El joven afgano se encuentra en Madrid junto a Fabio Geda, el escritor italiano que ha narrado su historia en En el mar hay cocodrilos, que ha vendido más de 200.000 copias en Italia y que Destino publica ahora en España .

Hace 12 años que Enaiatollah vio por última vez a su madre y su país. Ella lo acompañó hasta Quetta, en Pakistán, y allí le dejó, con la esperanza de una vida mejor y tres reglas: no tomes drogas, no uses armas, no robes. Ena, como le llama Geda, tenía entonces 10 años... supuestamente, ya que en su provincia no había nada parecido a un registro civil. Ahora, diría que tiene 22: pocos para un chico que cuenta con naturalidad que a veces hay que aceptar que no puedes salvar a un compañero y debes abandonarlo por el camino; muchos para un chaval que sigue teniendo la mirada y la inocencia de un quinceañero, como él mismo reconoce.

En el mar hay cocodrilos es la historia de cómo Ena llegó de su pueblo a Italia. Cada capítulo marca una etapa en su ruta: Afganistán, Pakistán, Irán, Grecia, Turquía. Y la narración es en primera persona. Trabajos forzosos, detenciones, repatriaciones, muertes y condiciones dramáticas de viaje se desvelan a través de la mirada de un niño. La tragedia se afronta con la sonrisa, como en el filme La vida es bella. Allí se halla, según los dos, que se conocieron en la presentación de otra obra de Geda, uno de los secretos del libro. "No se trata de literatura sentimental, no quería que la gente sintiera compasión", explica Ena, mientras juguetea con su móvil. Geda resume el concepto con un término más propio de la ingeniería: "La resiliencia es la capacidad de un material de doblarse sin partirse. Los niños la tienen mucho más que los adultos".

El resultado, tras nueve meses de grabaciones y borradores es un cuento de hadas moderno y tremendamente real, donde los ogros son los traficantes de personas y la selva peligrosa es una caminata agotadora de 26 días por las montañas fronterizas entre Irán y Turquía. Pocas son las pinceladas de contexto histórico y religioso. Es la experiencia de un niño, pura y dura. "Quedábamos y Ena empezaba a contarme. Yo escribía y luego le pasaba el texto. Y poco a poco se iba acordando de más detalles", explica Geda. Salvo los diálogos, que están algo dramatizados, todo lo que viene en el libro ocurrió, por increíble que parezca. También un viaje de tres días en el doble fondo de un camión de 50 centímetros de ancho, que es uno de los recuerdos más significativos para Ena: "Sabía que podía morir, pero estaba encantado de poderme esconder. Me gustaría poder enfrentarme con esa felicidad a todos los peligros de la vida".

Afganistán, ayer y hoy

Todo el mundo recuerda qué estaba haciendo el 11 de septiembre de 2001. Ena trabajaba en las obras en Ishafán, en el centro de Irán. Fue este el punto de partida para darle a su recorrido un orden cronológico. Importaba lo que pasó, no con quién. "Las relaciones de su viaje eran superficiales en el sentido de que el mismo tipo con el que hablaba en un camión o en un barco igual en cinco minutos estaba muerto", afirma Geda. Lo mismo valía para los que le ayudaron: "Recuerdas la mano que te ofreció comida, no de quién era. Es la mano universal de cualquiera que se porte así". O de los que, esperan los dos autores, empiece a portarse así tras leer el libro. "Los mejores mensajes que hemos recibido son los de la gente que nos cuenta que se ha quedado tan impresionada que se ha dado al voluntariado", aseguran.

A lo largo de su camino, Ena encontró algunas de estas manos. Ahora vive con una familia italiana, habla ese idioma con fluidez y este año termina el bachillerato como trabajador social. Ha encontrado cierta estabilidad y se le ha reconocido el estatus de refugiado. El mismo que, por otro lado, le impide volver a su país. "Echo de menos Afganistán, pero el que conocí, no el de ahora", revela Ena. Exportación de la democracia es la definición dulce de la invasión estadounidense, pero imperialismo es el término más acertado, según el afgano. "Si finalmente los estadounidenses de verdad cumplieran su misión, por mi pueden quedarse otros 10 años. Pero si dejan el país tal y como está ahora, será peor que antes. Karzai es un títere. Y en muchas regiones los niños no pueden ir a la escuela", afirma. Geda cita a este propósito un estudio de Save the Children que sostiene que entre 2006 y 2008 los colegios afganos sufrieron 2.450 ataques, lo que convierte a ese país en uno de los más peligrosos para los niños.

Pese a todo, Ena cree que el mensaje del libro al fin y al cabo es que "siempre hay esperanza". Y si lo dice un chico que no sabe cuántos años tiene pero que perdió el padre cuando era muy pequeño, ha escapado a los talibanes, ha visto morir a varios compañeros y ha cruzado el mar Egeo con un bote que a duras penas flotaba, hay que hacerle caso.