Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La experiencia editorial y el dulce de batata

El mundo editorial es un mundo raro. Es un mundo de locos y de gente extremadamente cuerda. De la combinación razonable de esos elementos surge ese mundo raro que, una vez que te pica, ya forma parte de tu sangre. Por razones que la vida puso en suerte, estuve unos años en ese universo de locos y de cuerdos, y la fortuna quiso que fuera precisamente en Santillana, la editorial que ahora cumple medio siglo, donde recibí las lecciones que se aprenden entre editores verdaderos.

La gratitud es una experiencia, de modo que ahora que atesoro esos once años y pico de mi vida como parte insustituible de mi propio aprendizaje humano, debo decir que en pocos lugares como en el mundo editorial aprendí respeto por el otro, por sus grandezas y por sus rarezas; aprendí también honor y puntualidad, que son palabras imprescindibles en este universo. Los editores basan su trabajo en la confianza que se ganan en los autores, en los libreros, en los distribuidores, en los medios, de modo que cuando dan una palabra la cumplen; las consecuencias del incumplimiento son severas. Y los editores son puntuales: acuden cuando dicen, generan a su alrededor un clima confortable de rigor y de gentileza.

Esas cosas parecen poco importantes, pero en ese universo de múltiples detalles, y todos ellos imprescindibles, nada es superfluo. Ahora ando por algunos países de Europa encontrándome, para un trabajo periodístico, con algunos editores veteranos, y en todos ellos he hallado, otra vez, siete años después de que dejara el oficio, la atmósfera que vi la primera vez que me senté en un despacho en Santillana, trabajando para Alfaguara. Había sigilo y silencio; había personas, como Amaya Elezcano, que ha sido directora del sello hasta hace poco, y Marta Donada, que ejerció allí de secretaria de dirección antes de ser llamada a otras actividades editoriales en el mismo grupo, que me enseñaron precisamente a formar parte de esa atmósfera. Los periodistas somos un poco atrabiliarios: creemos que la gente deduce por qué no has respondido una llamada, o por qué no hemos acudido a una cita; los periodistas creemos, incluso, que podemos ser groseros, que podemos dejar a la gente con la palabra en la boca. Nosotros creemos que no cumplir un compromiso se perdona en seguida.

Esas compañeras de trabajo, que me acogieron sabiendo que yo era un elefante en una cacharrería, me enseñaron, cada una a su modo, ese esmero con el que debía conducirme por la vida si verdaderamente iba a ser un editor, "uno de los nuestros". Tuve otras suertes, pero me gustaría crear un marco para una experiencia que desgraciadamente no se prolongó en el tiempo: la de trabajar con Isabel Polanco, que fue una fuerza singular, una personalidad inolvidable, en la que se daban de manera nítida esos valores que se reclaman para ser un buen editor. Cumplía sus compromisos, era atenta a lo que le proponían (los de arriba y los de abajo, los autores grandes y los autores chicos), y jamás dejaba a nadie con la palabra en la boca, siempre creía que el otro tenía cosas mejores aún que proponerle.

Murió Isabel muy pronto; un día me preguntó Miguel Delibes: "¿Es Isabel Polanco o es la hija de Polanco?" La ironía del gran autor, que además era amigo de la familia Polanco, sabía ya que era Isabel Polanco, que ni en el grupo ni en la calle ejerció jamás de hija de, sino que fue siempre una mujer esforzada a la que nunca se le vio vanagloriarse del tremendo esfuerzo que hizo al frente de Santillana.

Uno de esos esfuerzos de Isabel Polanco, el que le costó más horas de vuelo y, probablemente, más horas de salud, fue su pasión por América. América fue una vocación heredada de su padre y de Pancho Pérez González, y ella la ejerció con denuedo e incluso con ingenuidad. Creó un premio, el premio Alfaguara, cuyo primer galardón fue doble (en dinero y en autores), y fue a parar, por decisión del jurado que presidió Carlos Fuentes, a Sergio Ramírez, cuyos lectores potenciales en Nicaragua eran poco más de dos mil, y a Eliseo Alberto, cuyos lectores potenciales en Cuba eran cero lectores. Ella aceptó el reto, como aceptó, y cumplió, el reto de prolongar Santillana en Brasil, donde ahora el grupo tiene uno de sus bastiones más sólidos... Todo eso lo hizo Isabel Polanco como se comportan los editores: con firmeza, cumpliendo los compromisos, usando la mano izquierda para salvar escollos y usando la mano derecha para crear amigos.

La verdad es que ha sido, fue, porque ya no soy editor, una experiencia emocionante, mezclado en un mundo raro del que sigo aprendiendo justamente ahora. Y estos días, hablando con Arturo Pérez-Reverte, he recordado una de las más notables lecciones que aprendí del oficio y que me dio un joven editor que entonces tenía 22 años y aprendía el oficio en Uruguay. Era Fernando Esteves, y esto ocurrió hace veinte años. Arturo estaba de gira por el Cono Sur, almorzábamos con Mario Benedetti y al autor de La piel del tambor le apeteció dulce de batata, delicatessen uruguaya que pidió desde que nos sentamos. No había. Al final, sin embargo, el camarero declaró que tenía dulce de batata. Fue Fernando. La había encontrado en algún despiste nuestro y la había traído a la despensa del restaurante. Han pasado los años y él ha tenido otras experiencias de editor (ahora es el director general de Ediciones Generales de Santillana en España) pero a nosotros, a Arturo y a mi, aquel gesto le valió el carácter de símbolo de lo que el editor es en algún momento de su trabajo.

He contado esta anécdota muchas veces. Ahora acabo de escucharle a Inge Felitrinelli, uno de los mitos editoriales de Europa, que un editor es aquel que, con delicadeza y prontitud, es capaz de convertir la vida en un mundo feliz para el autor que tiene a su cargo. No hay códigos escritos, hay miradas entre el autor y el editor, y si esas miradas coinciden hay un éxito previo a cualquier éxito: el éxito de vivir confortablemente juntos en pos de un objetivo común, ser felices con libros. A veces lo consigues con dulce de batata; debo decir que un detalle a veces vale más que un anticipo, porque vale para toda la vida.

Ahora Santillana cumple medio siglo. Mucha otra gente tiene que ver con esa trayectoria que por tantas razones están ahora cargadas de emocionada gratitud. Me he querido fijar en esas personas y en esos sucesos como símbolo de lo que vi en ese mundo raro del que sigo aprendiendo tanto.