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El príncipe que sale en los libros de texto

Escritores y políticos celebran en Madrid los 50 años del grupo editorial Santillana

En la escuela, los príncipes estudian con libros en los que salen sus abuelos, sus padres y los amigos de sus padres. Ha de ser una sensación particular, extraña y familiar a la vez. "Seguramente, la mayoría de los que estamos aquí los hemos manejado [los libros de Santillana] en algún momento de nuestra formación", dijo el príncipe Felipe en la Casa de América durante la celebración, presentada por Iñaki Gabilondo, del medio siglo de vida del grupo Santillana. Cuando él nació, hacía ocho años que Jesús de Polanco y Francisco Pérez González habían fundado la editorial que lleva ese nombre. Como él mismo, es muy posible que su esposa, la princesa Letizia, de 38 años, presente en el acto, se topase en el colegio La Gesta de Oviedo con una lección del libro de ciencias sociales -"conocimiento del medio" al cambio actual- ilustrada con la foto de un niño que ve a su padre jurar como rey en la tribuna del Congreso de los Diputados.

Lo que en 1960 era un sello que echó a andar con 600.000 pesetas de la época -unos 4.000 euros actuales- hoy es un conglomerado editorial transatlántico que ingresa 650 millones de euros y que, el año pasado, produjo más de 6.000 novedades para un catálogo de 31.000 títulos. Los números los recordó Emiliano Martínez, presidente del grupo Santillana, pero la tarde fue, sobre todo, de letras.

Javier Marías, el único que improvisó su discurso, recordó cómo teniendo veintipocos años fue invitado a participar en unos consejos de lectura de Alfaguara en los que había "seriedad sin solemnidad". Él mismo rompió la propia de un cumpleaños con príncipes cuando recordó que en aquellas reuniones, además de hablar de literatura -libros de Modiano, Bernhard, Walser salieron de allí- también "se comía, se bebeía... y se fumaba". La carcajada fue general y más de uno buscó en el bolsillo un paquete de tabaco prohibido entre cuatro paredes.

Marías recordó los tiempos de Jaime Salinas como editor de Alfaguara y José Manuel Blecua, director de la Real Academia Española, recordó una frase de su padre, el poeta Pedro Salinas: "La mejor manera de recordar un libro es leerlo con amor". Así leyeron él y sus colegas académicos el Diccionario panhispánico de dudas, salido de la colaboración entre Santillana y la RAE, y la edición conmemorativa de Cien años de soledad, otro fruto de la misma alianza. Tan llena de variantes estaba la obra de García Márquez que este, recordó Blecua, "tuvo que fijar el texto de cada una de las páginas y mandarlas firmadas a la RAE para su edición definitiva". La publicó Alfaguara.

Si el recuerdo de los fallecidos Jesús de Polanco, su hija Isabel y Francisco Pérez González fue constante, también lo fue la evocación de la temprana aventura americana de Santillana. La última gran estación de ese viaje, que todavía dura, es Brasil, y de ella habló Paulo Renato Souza, ministro de Educación en los dos mandatos del presidente Fernando Henrique Cardoso. Souza, además, aprovechó para reflexionar sobre la extensión de la educación pública -la gran revolución "en el desarrollo de la civilización occidental en los dos últimos siglos"- y los retos a los que se enfrenta en la era digital. "Es inútil poner todas las esperanzas en los cambios en las formación de los nuevos maestros", dijo. "Ello es importante, pero tomaría un largo tiempo del que no disponemos". ¿La solución? La actualización, la "formación continuada".

"El conocimiento hoy", afirmó el ex ministro brasileño, "se hace obsoleto cada cinco o diez años. Nuestros abuelos y nuestros padres vivieron un mundo muchísimo más estable". José Manuel Blecua había dicho que estaba seguro de que la celebración del centenario de Santillana merecerá palabras mucho más elogiosas que las que se oyeron en la Casa de América. Es posible, así, que dentro de 50 años, otro príncipe (o una princesa) recuerde el primer día en que, en un libroweb de Santillana -este curso se han puesto en marcha-, vio a un antepasado suyo leyendo un discurso en un viejo soporte llamado papel.