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Amor
Tribuna

¿Ya no nos enamoramos?

La respuesta correcta debe atender a un gran número de variables, pero es muy posible que la causa principal sea que tenemos muchas más opciones y alternativas que en tiempos pretéritos

Cientos de personas reunidas en un medio espacio público.Alexander Spatari (Getty Images)

La consulta realizada por el CIS, titulada Sexualidad: hábitos y opiniones, publica una gran cantidad de datos interesantes sobre las relaciones sexo-sentimentales. Las numerosas conclusiones dejan una incómoda sensación general: en el mundo actual encontramos dificultades para establecer un vínculo de pareja satisfactorio. Parece ser que los españoles, y con toda probabilidad ocurrirá igual en la gran mayoría de las sociedades occidentales, sentimos que tenemos más problemas para enamorarnos que en el pasado (y seguramente sea cierto).

¿Por qué tenemos más problemas para enamorarnos que antes? La respuesta correcta debe atender a un gran número de variables, pero es muy posible que la causa principal sea que tenemos muchas más opciones y alternativas que en tiempos pretéritos, aunque parezca contradictorio. Comprender cómo se desencadena ese singular fenómeno de caer seducido por otra persona, sea correspondido o no, nos puede ayudar a conjeturar qué puede estar ocurriendo en la sociedad contemporánea.

Veamos: para que nuestro encuestado imaginario se enamore, es necesario que se cumplan dos requisitos. El primero es que su cuerpo esté en un estado adecuado fisiológicamente, que esté cargado de determinadas hormonas. Por diversas razones, no todos los días, semanas o años tenemos en nuestro cuerpo las hormonas orientadas en la dirección óptima, pero pasemos por alto este detalle. El segundo, y principal, requisito es que en el camino del futuro enamorado se cruce una persona que se asemeje a un ideal que tiene su cerebro escondido en algún lugar recóndito. Ese ideal no es una imagen concreta; se asemeja más a una especie de lista de la compra de exigencias.

Es importante aceptar que ninguno sabemos cómo es la Helena de Troya que nos hará perder la cabeza hasta que no aparece. Aunque tengamos una idea vaga de qué tipo de personas nos gustan, nuestra mente no nos permite tener acceso consciente a los elementos que conforman esa lista imaginaria de características que ha de tener la persona elegida.

La razón por la que un día entramos en una reunión monótona pensando en las ganas que tenemos de salir a tomar café y, antes de terminar, caemos enamorados, es porque allí aparece alguien que satisface muchos de los ítems de nuestra lista mental inconsciente y nuestro cerebro lo detecta y se pone a trabajar. No debemos imaginar la lista como una sucesión de rasgos físicos.

En las profundidades del cerebro se almacena información sobre olores, gestos, ideologías, sensaciones, sonidos, etcétera, que pueden formar parte de las características que exigimos a una potencial pareja (de manera inconsciente, insisto). Además, es un inventario cambiante y creciente a lo largo de la vida, que tiende a mutar en función de nuestras vivencias y aprendizajes, por lo que puede albergar caprichos o novedades que, incluso, nos sorprendan (¿cómo me he podido enamorar de este/a idiota?, podemos preguntarnos por esta razón).

Si algo caracteriza al mundo occidental presente es su opulencia, la disponibilidad, sin duda excesiva e innecesaria, de elementos de elección. Hoy en día, uno puede escoger elementos impensables hace unos años, en que solamente se elegía la comida el día señalado en que uno iba a un restaurante. Actualmente, de manera cotidiana, elegimos desde tarifas de la electricidad, bancos o compañía telefónica, hasta plataformas audiovisuales, variedad de marcas de leche, zumo, yogur, pañales, o el punto de la carne, el tipo de la leche y la temperatura exacta del café. Nos hemos acostumbrado de manera natural a que nada sea fijo o inmóvil y a que todo sea variable. Ni siquiera nos ceñimos a las exigencias más básicas de la naturaleza y cualquier edad es buena para tener hijos o correr una maratón.

Vivimos en una permanente elección para optimizar nuestras decisiones, que siempre encuentran una posible mejoría en la oferta siguiente. A veces pasamos más tiempo escogiendo una serie o una película que viéndola, porque la oferta es tan abrumadora que siempre corremos el riesgo de equivocarnos. Todo es susceptible de ofrecer una alternativa y la pareja, sin ninguna duda, es de los productos más mejorables, casi por definición.

Por supuesto, sería inocente pensar que el exceso de oferta es la única causa que explica las dificultades actuales en la elección de pareja. No podemos obviar tampoco que vivimos en una sociedad sofisticada en la que supone un conflicto interno establecer con sencillez nuestras prioridades, lo cual sin duda también emborrona nuestra lista mental. Asimismo, nos encontramos rodeados de recursos tentadores, desde videojuegos a otros idilios con mundos virtuales, que conducen a historias de aislamiento que dificultan lo más básico: hacer coincidir a nuestro encuestado con otros congéneres, o que le invitan a atender a otros reclamos digitales aparentemente más seductores que a aquello que pueda ofrecer cualquier simple ser humano.

En perfecto reflejo con esta situación de opulencia, de estrés por la permanente insatisfacción y de aislamiento individualista, cabe esperar que nuestra lista mental sea singular, compleja y ridículamente larga, y que casi nadie pueda hacer encajar sus limitadas características en nuestras interminables exigencias, inconscientes, pero nuestras. Helena de Troya debía de ser fantástica, pero quizá Paris no se habría fijado en su presencia si hubiera sabido que toma el café con leche de soja (o hubiera dedicado su tiempo a mirar compulsivamente stories en el móvil).

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