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La concha de caracol más antigua del mundo suena por primera vez en 18.000 años

El instrumento, encontrado en la cueva de Marsoulas, perteneció a cultura magdaleniense y produce un sonido similar al de una trompa

Proyección de la sombra de una persona mientras sopla la concha encontrada en la cueva decorada de Marsoulas, en Francia.
Proyección de la sombra de una persona mientras sopla la concha encontrada en la cueva decorada de Marsoulas, en Francia.
Juan Miguel Hernández Bonilla

No hay sociedad sin canto. No hay, tampoco, ritual, fiesta o ceremonia sin música. En eso coinciden los arqueólogos y antropólogos que estudian la producción de sonidos en comunidades antiguas. Carole Fritz, del Centro Nacional Francés de Investigación Científica, y Gilles Tosello, científico del Centro de Investigación de Arte Prehistórico de Toulouse, han recuperado una concha de caracol marino de hace 18.000 años que confirma la primitiva e inseparable relación entre el sonido y los seres humanos. Este instrumento, descubierto en la cueva decorada de Marsoulas, en Francia, perteneció a la cultura magdaleniense, uno de los últimos grupos del Paleolítico superior en Europa occidental, y es el cuerno de concha de caracol más antiguo conocido hasta ahora.

Para comprobar el posible uso musical de esta concha blanca, de 31 centímetros de largo y 18 de ancho, los investigadores le pidieron ayuda a un músico especializado en instrumentos de viento, que fue capaz de reproducir el sonido de esta especie de trompeta en tres notas distintas que casi coincidían con los tonos de C, D y C agudo en la nomenclatura musical moderna (Do, Re y Do sostenido). Tosello, prehistoriador y especialista en arte parietal, explica que fue la primera vez “desde hace más o menos 18.000 años que la concha sonó”. “Nuestro músico trató de producir notas, como lo hace con su instrumento, y lo logró. Sin embargo, nada nos confirma que los instrumentistas de esa época tocaran notas fijas, ni que existieran los tonos y los semitonos”, dice Tosello.

Los hallazgos de la investigación de Tosello y Fritz, que se publican este miércoles en la revista Science Advances, arrojan luz sobre una dimensión musical hasta ahora desconocida en las sociedades europeas del Paleolítico. “Este trabajo permite poner sonidos sobre una época que conocemos solamente con dibujos y objetos. No tenemos ninguna información sobre el idioma hablado, sobre los cantos o sobre el contexto acústico de esa cultura. Con esta concha podemos escuchar cómo sonaba ese momento de la historia”, dice Tosello.

El cuerno fue encontrado por primera vez en 1931, pero el descubridor inicial sospechó que servía simplemente como una taza ceremonial para beber agua. Como no observó ninguna modificación humana, lo guardó en la colección del Museo de Historia Natural de Toulouse y no lo volvió a estudiar. Varias décadas después, Fritz, Tosello y otros investigadores analizaron la concha con técnicas de imagen avanzadas y determinaron que los magdalenienses que habitaron la cueva de Marsoulas habían modificado cuidadosamente el caparazón para instalar una boquilla. “Estos antiguos artesanos también eliminaron los bordes de la cresta acampanada que se extiende hacia afuera desde la abertura principal de la concha y adornaron el exterior con diseños de pigmentos de color rojo ocre que coinciden con el estilo del arte mural que se encuentra dentro de Marsoulas”, explican los investigadores.

Carole Fritz cuenta que ella y Tosello llevan 20 años trabajando en la cueva para estudiar el arte rupestre. “Para nosotros es fundamental estudiar lo que está pintado en las paredes y los objetos encontrados alrededor. Fue revisando las colecciones de la cueva que redescubrimos la concha”. Los científicos utilizaron fotogrametría, la técnica que define con precisión la forma, dimensiones y posición en el espacio de un objeto cualquiera, para resaltar modificaciones exteriores que no se ven fácilmente a simple vista. Luego, utilizaron tomografías computarizadas para visualizar el interior del caparazón, y encontraron que se habían cortado dos orificios adicionales en las capas espirales debajo del vértice de la concha, tal vez para acomodar la extensión del tubo largo de la boquilla. “Todo este trabajo se hizo con el objetivo de caracterizar minuciosamente las huellas de la intervención humana”, explica la científica.

Esta concha blanca mide 31 centímetros de largo y 18 centímetros de ancho y perteneció  un gran caracol marino de la especie Charonia lampas.
Esta concha blanca mide 31 centímetros de largo y 18 centímetros de ancho y perteneció un gran caracol marino de la especie Charonia lampas.Carole Fritz

Fritz y Tosello reconocen que distintas investigaciones previas han documentado la presencia de flautas y pitos de hueso en yacimientos arqueológicos del Paleolítico superior, pero insisten en que los instrumentos fabricados con otros materiales como esta concha, que perteneció a un gran caracol marino de la especie Charonia lampas, son muy escasos. “Sabíamos que los cazadores-recolectores de la época podían hacer música. Conocemos las flautas desde los auriñacienses de hace 35.000 años. La concha es ciertamente más reciente, de 18.000 años, pero confirma que las poblaciones de la vertiente norte de los Pirineos entraron en relación con la costa Atlántica”, dice Fritz. Y continúa: “Sabemos que los magdalenienses de Marsoulas tenían vínculos con los magdalenienses de la costa cantábrica. El caparazón consolida estos contactos. Llevan el mar hacia el interior, al fondo de la cueva”.

De acuerdo con los científicos, esta concha también muestra la capacidad de los antiguos grupos humanos para transformar un objeto complejo en un instrumento de viento. “Aún debemos meditar sobre la función del sonido en el Paleolítico, pero podemos decir que la relación entre la música y el simbolismo humano es muy fuerte. En Marsoulas es difícil no establecer el paralelismo entre el sonido y el arte rupestre. Las caracolas han servido como instrumentos musicales, dispositivos de llamada o señalización, y objetos sagrados o mágicos según las culturas”, escriben los autores. Y concluyen: “Hasta donde sabemos, el caparazón de Marsoulas es único en el contexto prehistórico, no solo en Francia sino a la escala de la Europa Paleolítica y quizás del mundo”.

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Sobre la firma

Juan Miguel Hernández Bonilla
Periodista de EL PAÍS en Colombia. Ha trabajado en Materia, la sección de Ciencia de EL PAÍS, en Madrid, y en la Unidad Investigativa de El Espectador, en Bogotá. En 2020 fue ganador del Premio Simón Bolívar por mejor reportaje. Estudió periodismo y literatura en la Universidad Javeriana.

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