Los dilemas del coronavirus

El neurocientífico Mariano Sigman señala algunas preguntas existenciales que nos plantea la pandemia

Una pareja se abraza en el aeropuerto internacional de Ezeiza, en Buenos Aires, antes de embarcar hacia Alemania, el 23 de marzo.
Una pareja se abraza en el aeropuerto internacional de Ezeiza, en Buenos Aires, antes de embarcar hacia Alemania, el 23 de marzo.Victor R. Caivano / AP

Soy neurocientífico y hace años hago experimentos para entender el comportamiento humano. Y en este camino, muchas veces, la literatura o el cine han sido la única forma de imaginar como reaccionaríamos frente a situaciones extraordinarias: grandes desamores, invasiones, pandemias. Y de repente, la ficción se hizo real. Y aquí, cada uno en su casa, en medio de una ciudad desolada, no dejamos de hacernos preguntas. Para descubrir los rincones más fantásticos de la condición humana, pero también los más ridículos y mundanos.

Por ejemplo, las salidas desesperadas para comprar montañas de papel higiénico. Estos comportamientos que parecen (y son) absurdos, reflejan una lógica inconsciente. El foco está más en la contundencia de la reacción, que en su relevancia. Es como el futbolista que corre desesperadamente una pelota a la que sabe que no llega. Y es que fracasar con la sensación de que se ha hecho un gran esfuerzo da cierto alivio.

También nos es propio buscar explicaciones y causas para lo que sucede. En este caso, el Gobierno chino, en solo diez días, no solo descubrió el virus que producía esta enfermedad sino que hizo público su genoma. Y esto nos dio al resto mundo meses de anticipación que desaprovechamos por otro principio de la psicología humana: el sesgo optimista. La misma ceguera que hace que muchos usemos el teléfono mientras conducimos, pensando que a nosotros no nos va a pasar nada (el riesgo es solo para los otros, este es el sesgo optimista) ha hecho que muchos políticos pierdan una gran oportunidad de actuar a tiempo.

Pero, en general, buscamos explicaciones morales y sociales. ¿Por qué esta pandemia sucede ahora y a nosotros? Y, lamentablemente, estas preguntas suelen terminar en estigmas o culpables. Durante la peste bubónica se culpó a los judíos en Europa y a los chinos en San Francisco. Y así, buscando culpables, se les escapó ver que la ciudad se convertía en un cementerio de ratas que eran las verdaderas portadoras de la enfermedad. En esta pandemia, las mascarillas son útiles sobre todo para que los enfermos no contagien. Pero si solo las llevan los enfermos se vuelven una suerte de cruz distintiva, que los marca. Para evitar esto, en Japón se decidió que todo el mundo las use. En primer lugar porque también evita el contagio de aquellos que están enfermos y no lo saben. Pero, sobre todo, porque cuidar al enfermo sin discriminarlo, es una buena forma de cuidarnos a todos.

¿Por qué esta pandemia sucede ahora, y a nosotros? Lamentablemente, estas preguntas suelen terminar en estigmas o culpables

Quizás estos días nos enseñen que tenemos una capacidad de cambiar mayor de lo que imaginamos. Persistimos en nuestras tradiciones, vicios y costumbres, no tanto porque no podamos cambiarlas sino porque no hay una verdadera motivación para hacerlo. Se dijo durante décadas que la educación era la única actividad humana que no cambiaba. En tres días la hemos cambiado. Todos los niños aprenderán durante un buen tiempo de su casa. Todavía no sabemos las consecuencias de esto, pero sabemos que estamos dispuestos a hacerlo. Y el mundo sigue girando.

Cambian también, por supuesto, nuestros juicios y valores. Hace apenas dos meses, se cuestionaba a China porque privaba libertades individuales, controlando y confinado poblaciones. Meses después, lo que era horrible parece prioritario. Y sobre esta idea, quiero proponerles el siguiente dilema como experimento mental para pensar el futuro:

Quizás estos días nos enseñen sobre todo que tenemos una capacidad de cambiar mayor de lo que imaginamos

“Supongamos que retrocedemos el tiempo al comienzo de la pandemia, en enero del 2020. Los gobiernos, Naciones Unidas y la OMS tienen la tecnología para conocer nuestros movimientos y a quienes hemos contactado. También datos de nuestra intimidad corporal como temperatura, frecuencia respiratoria, carga viral... Aquellos que presenten riesgos, por ley, serán confinados, en cuarentenas, en su casa. Supongamos que esto acota enormemente la pandemia sin tanto costo porque se elige quién se queda en cuarentena y quién no. Nada es gratis por supuesto, nadie nos garantiza que no habrá usos nocivos y conspirativos de esta información.”

Si pudieses volver en el tiempo, ¿te parecería bien hacer esto?

Elegí este dilema porque creo que refleja la tensión inevitable que existe entre la privacidad y la libertad individual, que son pilares fundamentales de nuestra cultura, y las soluciones colectivas que son las más efectivas para controlar epidemias.

¿Cuál será, cuando pase todo esto, el equilibrio que encontremos para sentirnos a la vez cuidados y libres?

Podemos pensar que ceder parte de nuestros datos es como vacunarnos. Es una concesión que hacemos de una de nuestras muchas libertades como parte de un pacto social. Para cuidarnos… A nosotros y a todos. Para el VIH, que en su momento también fue un jaque a la libertad, encontramos un buen compromiso. Sexo con preservativo. ¿Cuál será, cuando pase todo esto, el equilibrio que encontremos para sentirnos a la vez cuidados y libres?

¿Acaso volarán menos aviones en el cielo, acaso nos saludaremos de manera distinta, o quizás aceptemos compartir parte de nuestros datos como un bien público, para cuidarnos? No lo sabemos. Pero en el encierro en casa podemos aprovechar para pensar, más libremente que nunca, cuál queremos que sea el sexo con preservativo del coronavirus.

Este texto está inspirado en una charla realizada por Mariano Sigman para TEDxRíodelaPlata.

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