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La impotencia carcome al Open Arms

El barco, que ha rescatado a miles de inmigrantes en el Mediterráneo, lleva retenido en el puerto de Barcelona desde el 8 de enero

José Carlos Miranda, de 52 años, golpea con fuerza la pintura que está reemplazando en la cubierta. Victor Aginada, de 63 años, cocina el almuerzo a la tripulación. La rutina continúa en el Open Arms. Pero una calma tensa invade el barco humanitario, que ha salvado miles de vidas en el Mediterráneo. Hay un abogado a bordo, también una inspección sanitaria. La llamada zona de rescate, donde en diciembre se hacinaron más de 300 inmigrantes, está vacía. Languidecen colgados en sus sitios los cascos de los socorristas, los chalecos y los prismáticos para avistar la desesperación de náufragos a punto de morir ahogados. El buque lleva casi dos meses retenido en el puerto de Barcelona. Le rodean yates, cruceros y un hotel de lujo frente a la playa.

“Estamos desmoralizados porque nos dan una fecha y luego nos dicen otra. Siempre estamos esperando una contestación [de las autoridades]”, dice Miranda, encargado de mantenimiento del Open Arms. Durante un rescate, tras haber recibido coordenadas sobre una balsa a la deriva, él sube a lo más alto del barco para tratar de localizarla y luego acciona el descenso de dos lanchas que se lanzan a por los inmigrantes. No encontrarlos se traduce en noches en blanco. “Yo soy marinero, estoy hecho para estar en el agua, no para estar en el puerto, y un barco de rescate, peor. Mientras estamos aquí, muere gente”, denuncia.

Proactiva Open Arms, la ONG catalana propietaria del buque, calcula que más de 500 inmigrantes —ocho al día— han muerto en el Mediterráneo desde el 8 de enero cuando la Capitanía Marítima de Barcelona denegó el retorno de la embarcación a las aguas frente a Libia. Desde su fundación en 2015, la organización asegura haber salvado a 59.706 personas mediante tres barcos de rescate. Es la segunda vez que el Open Arms está retenido: lo estuvo un mes en Italia el año pasado tras ser acusado de favorecer la inmigración irregular.

Capitanía Marítima, dependiente del Ministerio de Fomento, atribuye el bloqueo a incumplimientos de convenios internacionales, como no haber desembarcado a inmigrantes en los puertos más cercanos, aunque esos asuntos no dependen del Open Arms sino del rechazo de países como Italia y Malta a permitir la entrada. “No prohibimos que vayan barcos a rescatar, es que se deben de garantizar las condiciones para poder hacerlo”, esgrimió en el Congreso la secretaria de Estado de Migraciones, Consuelo Rumí, sobre la embarcación catalana y otra, Aita Mari, retenida en Guipúzcoa.

Oscar Camps, el fundador de Proactiva Open Arms, lo achaca a una “decisión política”. El barco, alega, cumple todos los requisitos. Teme que el bloqueo dure años e ironiza con si cambiará tras las elecciones generales del 28 de abril. “Evitar que este barco esté en aguas internacionales es evitar que salvemos vidas y aquí el Gobierno está cogiendo un compromiso con la muerte”, dice en el comedor del navío. “Vamos a salir ahí de una manera o de otra”, avisa.

Camps acusa al presidente Pedro Sánchez de gobernar en base a una “campaña de márketing” y sostiene que, aceptar el pasado junio a los 629 inmigrantes rescatados por el barco Aquarius, buscaba mandar un mensaje que, desliza, ahora se contrarresta con la retención del Open Arms.

Con la llegada de unas 64.000 personas, España se convirtió el año pasado en la principal puerta de entrada europea de la inmigración irregular a través del Mediterráneo. El Gobierno pretende reducir a la mitad las llegadas este año en un plan que también incluye impedir la salida de barcos de ONG y presionar a Italia a abrir sus puertos. Apenas hay ahora buques humanitarios en el Mediterráneo central, víctimas de una campaña de hostigamiento espoleada por Roma —que apuesta por reforzar a la guarda costera libia— e incómodos testigos en los últimos años del drama migratorio ante los titubeos de la Unión Europea.

Los debates sobre la inmigración eran algo lejano para Aginada, el cocinero voluntario del ‘Open Arms’, que nunca había navegado hasta que el año pasado se reinventó tras jubilarse como instructor de la policía vasca. Presenciar rescates le ha cambiado la vida. “Nunca pensaba que ayudar a gente desconocida era tan gratificante”, cuenta. “Muchas veces nos quejamos de vicio”. Tras un mes en el barco, pasa otro mes con su familia a las afueras de Bilbao. Allí los rescates son noticias que duran “cinco minutos”. Para él, no: “Cuando hay 300 personas, te están contando lo que han vivido hasta poder llegar a ser rescatados y es muy duro”.

“Antes era más materialista”

En puerto, el Open Arms tiene una tripulación fija de seis personas: un capitán, dos oficiales de puente, un marinero, un cocinero y un jefe de máquinas. Este último, que prefiere no dar su nombre, admite que la “incertidumbre” sobre el bloqueo del barco monopoliza las conversaciones, aunque no afecta a su función. “La experiencia me hace crecer, considero que ahora debo estar aquí”, dice el mecánico, de 32 años, que lleva dos años en el ‘Open Arms’ tras otros dos en otro barco de rescate de una ONG. “Antes era más materialista, no me importaba tanto la gente, era más egoísta. Ahora mismo vivo con poco”, explica.

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