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El último paseo hasta el Bracafé

Cada día llego antes al diario porque cada vez me quedan menos sitios en los que detenerme desde que va desapareciendo Barcelona

Froi y Carmen, el pasado 31 de agosto, día en que cerró el Bracafé. Ampliar foto
Froi y Carmen, el pasado 31 de agosto, día en que cerró el Bracafé.

Al mirar el reloj, sorprendido por la quietud de la redacción, apagados los televisores y sin que suene un solo móvil, me doy cuenta de que cada día llego antes al diario, y no es que corra más sino que me quedan menos sitios en los que detenerme desde que va desapareciendo Barcelona. Hoy camino por un paseo sin interés, etiquetado, uniformado y despersonalizado, aunque se siga llamando Passeig de Gràcia, continuación de Gran de Gràcia, punto de partida de un peatón como yo que vive cerca de la calle Vic.

Apenas queda el nombre de la Camisería Pons. El local está vacío, no se alquila ni se vende, como si esperara el regreso de José Maria Sirvent, seguramente el periodista que mejor vestía de la ciudad, un amigo del alma que perdí en vida y recuperé cuando se moría por la bondad de su esposa Carolina. Nadie da la luz en el local y me cuesta advertir a alguien que tenga el buen gusto de mi añorado Jose si no paso por delante de Santa Eulalia, tienda de prendas elegantes que evoca las telas de Casa Torres o Gratacós, tan apreciadas por sastres y modistas como mi suegra Gracieta.

Las máquinas de coser son hoy una reliquia y hasta Gratacós se ha tenido que mudar a la Riera de Sant Miquel. Hay 190 locales en el Passeig de Gràcia y 120 son de moda, leo en El Periódico. Las firmas internacionales arramblaron hasta con el Bulevard Rosa, punto de encuentro de la gente de casa y de fuera; núcleo de pequeños comercios, algunos exquisitos, muchos creativos; el recurso a menudo para dar con un regalo complejo, hoy víctima también de las macrotiendas que engullen Barcelona.

También se derritieron pastelerías como La Colmena, cuyo escaparate me servía para saber si estábamos en Pascua, Navidad o Todos los Santos, por las monas, los turrones o los panellets, tal que fuera el huerto de mi padre, espejo de las estaciones del año, hoy también desaparecidas, porque el calor y el frío nos han dejado sin primavera ni otoño, estrenado el pasado domingo 23. Ahora se impone mirar el calendario y la agenda de actividades para saber si al llegar al pirulí de la Diagonal vale la pena asomar la cabeza por la última exposición del Palau Robert.

Antes, en tiempos de estudiante, se alcanzaba previamente el Cinc d’Oros, nombre de la plaza que evoca a una librería tan llorada como Catalònia. También desviaron la francesa Jaimes hasta la calle València. Hoy manda la Casa del Libro y cuando quiero actualizar el escritorio no tengo más remedio que desviarme de mi ruta hasta llegar a Konema o Raima. Ya no está Vinçon, cuya oferta me fascinaba tanto que pasaba de querer comprarlo todo a no llevarme nada, comportamiento generalizado según leo en la columna En el barrio tienes de todo, de Quim Monzó.

Vinçon fue una perdición para los clientes y una ruina para sus dueños porque nadie salía del asombro ni sacaba la cartera, petrificados todos, satisfechos algunos si acaso con la compra del calendario o una bolsa exclusiva para dejar constancia del paso por la bucólica casa de diseño de Barcelona. Un detalle visible de Vinçon siempre quedaba bien junto a la mesa del restaurante de la zona elegido para comer cuando no llegaba hasta El Roure, en Luis Antúnez, cerca de Specchio Mágico, cerrado tiempo después de una de las últimas cenas entre Rijkaard y Laporta.

Muchos periodistas se han pasado por un local en el que se celebraban muchos consejos de redacción

Me gustan las casas de comida y también los bares, pocos como el Bracafé, sobre todo el que estaba en Caspe. Los martes íbamos con Sique Rodríguez y Carmen nos ponía la caña sin preguntar; Froi sabía que si aparecía a medio día quería un vichy; y Paqui me servía un café por la mañana y un carajillo si era por la tarde; las copas y los whiskies ya pasaron a la historia desde la última analítica revisada por el doctor Pedrós. Mi barriga se llenaba de cerveza, y más si aparecía un conversador como Juan, de la Boquería.

Hablábamos de boxeo, de pelota y del Barça, mientras desfilaban personajes de película por el Bracafé. Allí se sentaba aquella señora que saboreaba una copa de cava y se fumaba un puro mientras un hombre se pegaba un enorme transistor a la oreja sin que nadie supiera qué emisora escuchaba cuando tenía al lado a Ràdio Barcelona. Nos queda Jordi, que nos conoce a todos y nos pasa revista: te saluda, te pregunta, te pide un euro —cinco si se trata del cura, Josep Maria Alimbau, que se pasa los domingos— y se interesa por el día y la hora en que juega el Joventut.

La gente de la calle, los trabajadores de la radio, cuantos acuden al Tívoli y antes los reunidos en el Novedades, asomaban por el Bracafé. Hubo un día en que en medio de la calle aparcaron los matones de Maradona porque querían zurrar a Botines mientras se reía Borderías. Tiempos en que Ràdio Barcelona estaba cerca de Radio Nacional. Habría que pedirle a Jordi Martí, un periodista como la copa de un pino con voz de actor de doblaje, que cuente la manera como Jordi Pujol pedía el croissant del Bracafé o en qué mesa se sentaban Javier Solana o Pasqual Maragall.

Hay quien vio entrar a Javier Bardem y son muchos los que hacen memoria sobre la vez que se tomó un cortado Robert de Niro. Actores, políticos y muchos periodistas se han pasado por un local en el que se celebraban muchos consejos de redacción y se han pensado algunas de las mejores secciones, como Ir al fútbol con, de Guillem Martínez. “Quizá seáis la última generación que vivís del periodismo”, me advierte Fonsi Loaiza, con quien quedo para hablar de un oficio que tuvo su fuerza motriz en bares sin puertas como el Bracafé.

Hoy ya no queda ni el cartel de un local que espera la piqueta para abrir un parking y son los obreros los que chillan entre los encofrados mientras llego hasta el ordenador antes que nunca porque ya no tengo donde parar; nada me interesa más que leer la última crónica de Toni Vall y cruzarme con un señor como Lluís Permanyer para pedirle que me lleve de viaje por aquella Barcelona que soñé siendo niño en Perafita y nunca pude acabar de ver de mayor desde Gràcia. Ahora que tengo tiempo, quiero pasear sin reloj para que los ilustres ciudadanos me cuenten las historias que a mí se me acabaron sin el Bracafé.

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